En su barrio lo identifican como el Piano de los bichos. Es la manera que tienen de diferenciarlo de su hermano, Arturo, que vive en una quinta cercana en el Tortugas Country Club. El banquero es un emblema del sistema financiero argentino. Pero impresiona ahora a sus vecinos por haber montado un verdadero zoológico en su jardín. En 3.000 metros cuadrados, con tres lagunas y una catarata, conviven tortugas, monos, faisanes, tucanes, flamencos, víboras, palomas, patos, chuñas, garzas, cigüeñas, gallos y 70 pájaros. Cualquier bicho que aparece en el Tortugas es de Piano. Me llaman vecinos que están a cuatro cuadras diciéndome: Che, ¿a vos se te escapó un mono?, cuenta. Me gusta porque los animales tienen su vida propia. Se hablan y se conocen entre ellos. Saben lo que quiere uno, lo que quiere el otro. Se pelean por una mujer o por la comida. Igual que el ser humano, agrega.

Lo de Alfredo no es un refugio. Es un gusto permanente que se da, incluso, en su propia oficina. Cada uno que lo visita allí debe evitar distraerse con alguno de los seis pájaros que, durante una charla, pueden llegar a sobrevolar de un lado a otro del escritorio. Y esforzarse por hacer que su voz se escuche más que la fuente de agua que está incrustada en una de las paredes.

Este contacto diario que tiene Alfredo con la naturaleza revela en parte la sencillez que fue ganando con los años. A los 77, el Piano de los bichos busca estar desde el primer minuto de la jornada cambiaria apostado muy cerca del mostrador: Ya no me dedico a las grandes reuniones con banqueros. De eso se encarga mi hijo. Ahora me dedico al público. Me gusta ver lo que piensa y quiere la gente. Eso es espectacular, comenta.

Su padre fue el inmigrante portugués que creó el Banco en 1944. Mi familia, por asuntos de la Segunda Guerra Mundial, decidió irse de Lisboa cuando yo tenía 7 años. Nos vinimos a Brasil, en un barco que recién se inauguraba y que fue hundido cuando se volvió a Europa, cuenta. Su padre tenía en Lisboa un banco familiar. En Brasil empezó a desarrollar su actividad financiera durante un año y medio, hasta que visitó la Argentina y quedó encandilado por su similitud con Europa.

Alfredo abre aún más sus ojos cuando intenta describir la admiración que sintieron sus padres al ver por primera vez el Banco Central. Era una estructura inmensa, con containers de oro que iban desde el piso hasta el techo. Para pasar por esos pasillos había que andar de costado, comenta.

De su padre, dice, aprendió que la confianza en el otro era lo más importante en la vida de un banquero. Yo soy una copia de mi padre. Él era una persona que confiaba un disparate en el prójimo. Y en eso no le fue mal. Porque la gente en su época era más sana. Si uno quería venir a comprar u$s 10.000 y le alcanzaba sólo para 8.000, él le decía: No importa. Llevate diez y mañana me los pagás. Así nomás. Y le fue bien, destaca.

Alfredo se casó a los 19 años con Cristina Lacour. Como ella tenía apenas 17, antes de partir a su luna de miel en Lisboa debió esperar tres meses en el hotel para que cumpliera la mayoría de edad.

En su trayectoria tiene el mérito de haberle dado solidez a un banco familiar que está a punto de cumplir los 60 años. Él atribuye su éxito a esforzarse por buscar márgenes muy pequeños, en una gran cantidad de movimiento cambiario. El negocio se hace con diferencias de cambio muy chiquitas, a gran escala, explica.

Otra de las enseñanzas que dice haber recibido de su padre es la irrefutable verdad de que la gente trae más gente. Una casa de cambio, dice, es como un restaurante: Si vos ves que hay gente adentro, entrás; si está vacío, no, asegura. Y recuerda que su padre, en los inicios de la compañía, le pedía a los cajeros que dejaran de pagar por un rato para que se agolpara la gente en el mostrador. Si no, la gente no entraba, se convence. Hoy ya toman contacto con la entidad entre 12.000 y 15.000 personas por día.

Por su trato diario con la gente Alfredo no duda en asegurar que, desde la época de Martín Redrado, la forma en la que se fue llevando el dólar es extraordinaria; con un dólar tan bien mantenido, la gente se va desprendiendo de la idea de que el dólar es lo que sirve. El dólar sube, pero en forma moderada, sin sacudones. La Argentina siempre ha tenido problemas con el dólar. Pero eso está desapareciendo, concluye.