En el mundo de las acciones de tecnología, es febrero de 2000 al menos, según la medición del índice Nasdaq compuesto, el preferido de los inversores en tecnología. Hace una semana llegó a un nivel únicamente alcanzado durante el último mes de la locura puntocom antes de que esa burbuja explotase en marzo de 2000.

Para los escépticos, esto es signo de espuma en las acciones de alto crecimiento. Empresas como Facebook, Twitter, Arm Holdings, Tesla y el sector de la biotecnología están negociando a niveles que algunos no logran comprender. Facebook pagó

u$s 19.000 millones por WhatsApp, un precio de

u$s 345 millones por empleado. La cantidad de empresas de alto valor valuadas en más de 20 veces sus ingresos esperados y más de 10 veces sus ventas y valor libro es la más alta desde la crisis puntocom.

De modo que no llama la atención que las empresas quieran sacar tajada. Este año fue testigo del comienzo más potente de las cotizaciones estadounidenses desde 2000, según Jay Ritter, profesor de finanzas de la Universidad de Florida. Las empresas de biotecnología, en particular, se apresuraron a aprovechar la demanda pública de acciones especulativas, mientras que los minoristas de Internet están entre quienes cotizan en bolsa en Europa. A menudo, los fundadores y los partidarios de las acciones privadas apenas si quieren vender, mientras muchas empresas recaudan poco efectivo nuevo.

Existe amplio acuerdo en cuanto a la explicación: años de economías débiles dejaron a inversores sin las fuentes habituales de crecimiento del ciclo económico, con lo cual se apuntó a nuevas tecnologías a fin de aumentar el optimismo.

En la actualidad, los inversores prefieren esperar y soñar en vez de concentrarse en los riesgos paralelos, y esto naturalmente los encamina hacia la tecnología, sostiene Mark Haefele, jefe de inversiones de UBS Wealth Management.

Las esperanzas se concentran en cuatro áreas: medios sociales, biotecnología, venta minorista/pago por Internet y un puñado de tecnologías de hardware revolucionarias, en particular, los autos eléctricos de Tesla, la impresión 3D y los procesadores económicos de Arm.

Todos cuentan historias sólidas. Según los accionistas, esto no es una repetición de los años de la burbuja puntocom. Por entonces, las empresas que cotizaban en bolsa que simplemente agregaban .com a su nombre obtenían una ganancia promedio de 74% en 10 días, según un estudio llevado a cabo después de la burbuja. Los planes de negocios escritos en servilletas de mesa atraían a inversores de riesgo.

Por el contrario, las empresas de hoy tienen ingresos reales y crecen a expensas de empresas tradicionales lentas abrumadas por los viejos modelos de negocios. Las empresas que dominan el Nasdaq ahora que se acerca a sus 2000 máximos históricos ahora son negocios maduros. Incluso muchas empresas entre las que cotizan hace poco en bolsa, como Facebook, Arm y las biotecnológicas grandes, son muy rentables. Claramente el futuro de la venta minorista está en Internet. Las redes sociales son utilizadas por cientos de millones de personas. La biotecnología ya no es solo una simple promesa. El futuro de los autos eléctricos parece más prometedor que nunca desde comienzos del siglo XX.

Había una historia firme para contar sobre cada burbuja de la historia, desde los tulipanes holandeses en 1634 hasta la manía británica por los ferrocarriles en la década de 1840, las tierras de Florida en la década de 1920 o la seguridad de los seguros de cartera de 1987.

La burbuja puntocom también tenía su historia: Internet sin dudas demostró ser una tecnología revolucionaria. La pregunta es: ¿las acciones de hoy cosecharán beneficios suficientemente grandes a partir de la revolución? ¿O los inversores vuelven a estar sobreexcitados? El caso en contra es bastante simple. El dinero fácil fomenta la especulación. Los mercados emergentes fueron los primeros beneficiarios; los inversores y las empresas hasta empezaron a llamarlos mercados del crecimiento. Una mini burbuja infló las acciones de tierras raras cinco veces en 2010 (ahora valen la mitad que al principio). Apple y Samsung crecieron cuando los inversores se subieron al auge de los teléfonos smart y las tabletas, antes de quedar rezagados. Las acciones de nueva tecnología son apenas la última moda.

El mercado tiene sed de ideas de crecimiento, afirma Alain Bokobza, director global de asignación de activos del Société Générale. Volvimos a donde estábamos en 1996, 1997, cuando el mercado pasó a una nueva historia.

Esto no significa que todas las empresas saldrán perdiendo ni que todas están sobrevaluadas. Pierre Lagrange, cofundador del fondo de cobertura GLG de Londres, sostiene que muchas acciones revolucionarias, incluso las de Facebook, que desde su lanzamiento a la bolsa son propiedad de GLG, evidencian una subida masiva. Sin embargo, advierte que la cantidad de inversores que van tras temas como la ciencia de los grandes datos indica que cualquier empresa que defraude las expectativas de ingresos la pasará mal.

Muchas personas muestran interés por los grandes datos y hay pocas acciones, lo cual agrega un factor de peculiaridad, afirma. Hay dinero ocioso en algunas de estas acciones porque es temático.

Muchos gestores de fondos dejan de lado herramientas de valuación tradicionales y calculan aproximadamente de qué proporción de un mercado completo -publicidad, productos farmacéuticos, autos- una empresa puede hacerse en una década, en vez de concentrarse en tasas de crecimiento o ingresos.

Según un gestor de fondos de cobertura, si hay 10% de posibilidades de que Tesla obtenga 10% del valor de mercado de la industria automotriz, esto justifica su valor actual (Lagrange duda de esta metodología).

Un refrán frecuente dice que si una empresa puede crecer como Google, vale mucho más que el precio actual de sus acciones.

Las valuaciones implican que las acciones de nuevas tecnologías provocarán una terrible revolución en las empresas tradicionales, que estas no podrán contraatacar con eficacia y que, aún así, más emprendimientos no afectarán los nuevos modelos de negocios (como hizo Facebook con redes sociales previas). Algunas de estas acciones podrían ser el Google de la venta minorista o la fabricación de autos; otras tendrán el valor de un cartón de lotería perdedor.

¿Habrá personas que se despierten un día y se den cuenta de que dejaron que su codicia venciese su temor? Sin lugar a dudas, sostiene Haefele.