El Papa Benedicto XVI nunca estuvo destinado a ser un innovador. Su visión de la Iglesia Católica era profundamente espiritual y fuertemente conservadora que rememoraba prácticas pasadas, en vez de anhelar reformas. Aunque su decisión de renunciar por "falta de fuerzas" puso en duda su liderazgo, el Papa Benedicto XVI avanzó más en la transformación del papado de lo que muchos esperaban.
Es una decisión valiente. Desde 1294 ningún sumo pontífice había abandonado voluntariamente la Santa Sede. Pero el Papa Benedicto XVI hace bien en tratar de evitar una repetición de la parálisis que se produjo en los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, cuando su frágil estado mental afectó su desempeño.
Sin embargo, el legado de Benedicto será variado. No logró brindarle a la Iglesia el liderazgo firme que necesitaba en la fuerte polémica por el abuso de menores. Si bien se ajustaron los procedimientos contra sacerdotes pedófilos, el Vaticano tardó en actuar contra los obispos que los protegían.
Pese a su compromiso hacia las relaciones ecuménicas, Benedicto XVI también consiguió ofender a musulmanes y judíos (a los primeros refiriéndose al Islam como el mal, y a los segundos, aceptando nuevamente en la Iglesia a negadores del Holocausto que habían sido excomulgados. Por último, con el escándalo por las finanzas del Vaticano surgieron dudas sobre su control de la organización.
La renuncia del Papa Benedicto ofrece la posibilidad de que reciban atención esas y otras cuestiones. Los riesgos de división dentro de la Iglesia nunca fueron tan elevados. Si bien los tradicionalistas redescubrieron su voz, los católicos liberales están cada vez más enemistados. Esta división es un tema que cualquier Papa nuevo tendrá que abordar.
Sin embargo, quienes tengan la esperanza de que el nuevo Papa sea un gran reformista probablemente se decepcionen. Juan Pablo II y Benedicto XVI garantizaron a través de sus designaciones un profunda preferencia conservadora en el Colegio de Cardenales.
También habrá algunos que estarán a favor de un candidato proveniente del mundo en desarrollo. Eso sería histórico. Pero la geografía no debería ser un factor determinante. La Iglesia Católica necesita un sumo pontífice con suficiente juventud y energía (de hecho, un severo CEO) capaz de guiar a 1.200 millones de fieles en un mundo que está cambiando a gran velocidad. Si el cónclave de cardenales convierte este objetivo en su prioridad, la Iglesia terminará con el líder que necesita.
