Visto desde Londres, Nueva York o Bruselas, el mundo ha recorrido la mitad de una década perdida. Cinco años después de que la crisis subprime congelara el mercado de dinero y provocara una contracción del crédito global, Inglaterra otra vez está en recesión, Europa tomaría el mismo camino y el crecimiento de EE.UU. es pésimo.
Los operadores han respondido pasando frenéticamente de la esperanza por el futuro al temor por la realidad actual. En el proceso crearon un ambiente de negociaciones donde todo, desde las acciones y los bonos hasta las monedas y los commodities, se mueve al unísono, por lo que es aún más difícil ganar dinero.
En estos últimos cinco años los inversores aprendieron una dura lección. Buscan desenfrenadamente la seguridad que brindan los de bonos soberanos y las acciones defensivas, o salen a cazar rendimiento, es decir dividendos y bonos corporativos.
Las autoridades mundiales en forma lenta y a regañadientes está reconociendo la realidad. El Banco de Inglaterra redujo sus proyecciones para el crecimiento del Reino Unido con dos años de anticipación. Ahora pronostica una expansión de 2,1%, frente al 3,4% que preveía hace tan sólo seis meses.
Es fácil reírse de los pronósticos económicos. Si se examinan las anteriores proyecciones se podría pensar que los economistas, tal como dijo un ex funcionario del Banco de Inglaterra, no entienden nada.
Pero los pronósticos importan a los inversores porque están implícitos en cualquier decisión de compra o venta. La estrategia de invertir en acciones baratas da buen resultado durante un auge, cuando el crecimiento de la economía permite que las compañías débiles se vean saludables. Las grandes empresas que fabrican las cosas que todos usan se desempeñan mejor en una recesión. Al elegir una u otra los inversores están haciendo su propio pronóstico, lo sepan o no. La elección entre acciones y bonos, o entre oro y metales básicos, requiere aún mayor habilidad para predecir el futuro.
Los rendimientos de los bonos repuntaron en el último mes en EE.UU., Japón, Alemania, Inglaterra y otros países seguros. Pero aún así se mantienen en niveles asombrosamente bajos, con cifras negativas en muchos bonos de corto plazo, porque en la práctica le cobran los inversores por estacionar su dinero en un lugar seguro.
Japón ofrece una guía útil sobre el tiempo que le lleva a los economistas despertar a la realidad pos-burbuja. Recién en 1993, en medio de una recesión y dos años después del estallido de la burbuja de Japón, el FMI proyectó que el crecimiento de largo plazo promediaría 4% anual. El consenso del sector privado es hoy de 0,9%, una depresión semi permanente.
Los inversores que piensan que Occidente sigue el mismo camino que Japón deberían estar comprando bonos, incluso al 1,65% que se ofrece en EE.UU. Con los rendimientos del bono japonés a diez años a esos niveles en 1998, muchas administradoras de hedge funds y corredores pensaron que no podrían caer más. Se equivocaron, y las apuestas contra los bonos japoneses fallaron tantas veces que fueron apodados los fabricantes de viudas. Los inversores que se mantuvieron ganaron 47% en los catorce años siguientes, y los rendimientos del bono nipón ahora son de sólo 0,8%.
Hay muchas diferencias entre EE.UU. ahora y el Japón de entonces. Japón tenía deflación, bancos zombis y una población que envejecía mucho más rápido. Pero también hay muchas semejanzas. Los sectores público y privado de Japón estaban excesivamente endeudados, tal como ocurre hoy en Occidente.
Los políticos japoneses buscaron una salida fácil, elevando la deuda del gobierno aún más. Los gobiernos occidentales ahora están recibiendo presiones para que relajen los planes de austeridad, mientras que el mundo entero parece listo para una intervención monetaria más agresiva.
Es difícil ver cómo esto podría llevar a un crecimiento más firme, y está el persistente riesgo de una crisis de bonos al estilo español. Puesto así, la década perdida de Japón ya no parece tan mala.
