En 1787 se firmó en Filadelfia la Constitución de los Estados Unidos. Lo que la convirtió en la carta magna escrita más longeva del mundo fue una costumbre que se consolidó con los años: la ley se cumple, aún cuando moleste. John Adams lo había resumido antes: un gobierno de leyes, no de hombres.

En 1974, Nixon entregó las cintas de Watergate tras perder ante la Corte sabiendo que eso era su fin. En 1981, Reagan despidió a más de 11.000 controladores aéreos que habían ido a una huelga prohibida por la ley federal. Los romanos tenían una frase para eso: “dura lex, sed lex”. La ley es dura, pero es la ley.

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Ayer varios metrodelegados fueron detenidos por liberar molinetes. La respuesta del gremio fue paralizar las seis líneas del subte y el premetro durante más de cinco horas.

Cientos de miles de usuarios quedaron a pie hasta que los detenidos recuperaron la libertad, cerca de las 15. Néstor Segovia, el titular del gremio, calificó de “medio raro” que los llevaran presos. Lo raro, en cualquier país con imperio de la ley, sería lo contrario.

La Ley de Modernización Laboral declaró a la educación un servicio esencial con prestación mínima del 75% en días de huelga. Durante el último paro, el Ministerio de Capital Humano a cargo de Sandra Pettovello fiscalizó 274 escuelas. En 205 encontró la puerta cerrada. En 82, directamente no dejaron entrar a los inspectores. Prohibieron la entrada para fiscalizar el cumplimiento de la ley en PBA.

Donde sí pudieron ingresar, faltaba el 72% del personal. Funcionaba apenas el 14% de las aulas. El ministerio inició el procedimiento sancionatorio contra gremios.

El imperio de la ley, la clave.