El décimo aniversario del fallecimiento de Arturo Frondizi, quien presidiera la Argentina entre mayo de 1958 y marzo de 1962, ha generado notable cantidad de merecidos reconocimientos. Es difícil exagerar cuando se habla a favor de Frondizi, pero llevados por el entusiasmo algunos son propensos a no entender por qué sus adversarios actuaron como lo hicieron.
Admiro en Frondizi su coraje intelectual, porque cuando se vio teniendo que asumir máximas responsabilidades ejecutivas, y que con la Declaración de Avellaneda (de 1945) y Petróleo y Política (de 1954) no llegaba ni a la esquina, las dejó de lado y se puso a buscar con qué presentarle batalla al subdesarrollo. Esto, que muchos califican como traición, para mí es realismo, y fue planteado durante la campaña electoral.
Admiro en Frondizi su coraje personal, porque un mediocre o un timorato se hubiera paralizado frente a los 30 y tantos golpes militares, comenzados desde el mismísimo día en que asumió. Me hace acordar a Winston Churchill, otro que arremetió contra las circunstancias.
Admiro en Frondizi haber tomado al mundo como es, no como le hubiera gustado que fuera. Conoció Estados Unidos siendo presidente, no obstante lo cual deslumbró al Congreso de dicho país, con discursos bien preparados y elocuentemente pronunciados. Su relación personal con el presidente Kennedy fue totalmente desproporcionada a la relación entre los PIB de Estados Unidos y la Argentina.
Ahora Frondizi es el único que integra la lista de grandes presidentes argentinos del siglo XX, pero que en su momento fue muy discutido, y después que fuera derrocado no te digo nada.
El desarrollismo tiene que ser analizado profesionalmente, no simplemente como una bandera para emocionarnos o criticar. De dicho análisis, más que un planteo general, lo que tiene que surgir es el método de implementación de las políticas, el cual tiene muchísimo que ver con la personalidad de Rogelio Frigerio (conocí a otros dos compatriotas tan fogosos como él: Justiniano Allende Posse, director de Vialidad en la década de 1930, y Domingo Felipe Cavallo).
Es fácil diagnosticar que si las exportaciones no pueden crecer, y las importaciones aumentan con el PIB, cualquier estrategia de desarrollo pasa por la sustitución de importaciones; que si más de 30% de las importaciones son de petróleo, la batalla tiene que comenzar por ahí; y que si encima se extrae petróleo y se le vende a YPF a precios inferiores a los de importación, el negocio para el país es redondo. Privilegiando la inversión directa, nacional o extranjera. Pero sólo la personalidad de Frigerio explica la velocidad, y la forma, en que se negociaron, firmaron e implementaron los contratos petroleros.
Mucho más discutible es la manera en que se introdujo la fabricación de autos. Veinticuatro firmas se instalaron, sobre la base de una protección efectiva altísima. Aun con criterios de la época, muy probablemente se exageró. La industrialización se planteó discrecionalmente, desde el punto de vista sectorial y regional.
No es faltarle el respeto a Frondizi, mirar sin entusiasmo la desprolijidad de ciertos aspectos de la política económica. Como tampoco es faltarle el respeto, indicar que no ayuda a entender lo que pasó, sugerir que todos aquellos que no estaban de acuerdo con él eran brutos o formaban parte de una conspiración al servicio del atraso.
Pongámonos en los pantalones de un militar argentino. 1958, menos de 3 años después de la Revolución que echó a Perón, llega a la presidencia alguien... porque hizo un pacto con Perón. Encima, la eminencia gris detrás de Frondizi había sido comunista en su juventud. Y como si esto fuera poco, a los pocos meses de iniciado el gobierno, en Cuba llega Fidel Castro, quien comienza a fusilar militares. Califique a los militares como le parezca, pero pensemos que la tensión se alimentaba de los dos lados, y sobre todo de las circunstancias.
Lo mismo Perón. ¿Qué necesidad tenía de poner a Andrés Framini como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en los comicios que precipitaron el golpe de Estado contra Frondizi? Si hubiera puesto a alguien potable, hubiera comenzado el peronismo sin Perón, y esto era demasiado para quien vivía en Madrid. Otra vez, las circunstancias.
Lo que tenemos que hacer, a propósito del décimo aniversario del fallecimiento de Frondizi, es imitarlo en elevar la puntería. Analicemos su período como parte de la tragedia argentina, donde los actores muchas veces son presas de las circunstancias. Y dentro de ello apreciemos su coraje personal e intelectual, que intenta superar una coyuntura estableciendo un rumbo importante.
Leamos sus jugosísimos discursos, y también biografías suyas, separando lo circunstancial de lo permanente, no temiendo puntualizar aspectos donde –quizás con más información o algo de prudencia– las cosas podrían haberse implementado mejor.
Proponen colocar su nombre a una calle. Merece una flor de avenida.
¡ nimo!