Hasta hace muy poco tiempo atrás, más precisamente hasta septiembre de 2008, era común que los analistas de EE.UU. se autoconvencieran, frente a la incertidumbre de la crisis financiera, de la imposibilidad de que se derrumbara alguno de los grandes bancos estadounidenses. Bear Stearns ya había sido “digerido por el JPMorgan Chase, pero todos eran “demasiado grandes para caer (“too big to fail ), según los especialistas.
A pesar de los antecedentes de compañías gigantescas que habían quebrado en EE.UU., como la aerolínea PanAm o la energética Enron, nadie se imaginaba un escenario similar en Wall Street.
Hasta que Lehman Brothers desapareció de la faz del sistema financiero, como si fuera el Titanic chocando contra un iceberg. Y en cuestión de un par de días corrió la noticia de que la aseguradora AIG (American International Group) podía seguir los pasos de Lehman.
El rumor fue tan fuerte que el gobierno de Barack Obama no tuvo más remedio que salir a rescatarla con 3 paquetes de ayudas, que juntos alcanzaron los u$s 180.000 millones, el doble de las pérdidas registradas por la aseguradora durante 2008 (el cuarto trimestre fue el peor de todos: según el Wall Street Journal, ¡la empresa llegó a perder u$s 475.000 por minuto!).
AIG, que hasta el comienzo de la crisis era la aseguradora más grande del mundo y uno de los emblemas del capitalismo estadounidense, se encontró de repente en un escenario de pesadilla, con la mayor parte de su compañía nacionalizada, con un nivel de pérdidas récord, con una acción que casi llegó a valer cero en marzo de 2009 y con una estructura desmesuradamente grande para sobrevivir y ser rentable.
Sin “selección natural
En un país donde históricamente se privilegió la iniciativa privada como motor de la economía y el riesgo como mecanismo de “selección natural de las empresas eficientes, aceptar que haya compañías que no jueguen con estas reglas genera un impacto muy fuerte en el inconsciente colectivo. Y sobre todo si las nuevas reglas son financiadas con el dinero de todos los contribuyentes, que en el caso de AIG, alcanza a u$s 85.000 millones (casi dos veces las reservas internacionales declaradas de la Argentina).
Para el gobierno, el costo político de mantener con respirador artificial a este elefante es muy alto.
Pero como sostuvo en su momento Timothy Geithner, secretario del Tesoro, “visto y considerando el riesgo sistémico que todavía genera AIG y la actual fragilidad de los mercados, el costo potencial para la economía y el contribuyente de una falta de acción por parte del gobierno sería extremadamente elevado .
Porque la aseguradora tiene en su balance unos u$s 300.000 en CDS (Credit Default Swaps), que son instrumentos financieros que sirven, para quien los compra, como garantía frente al riesgo de incobrabilidad de un deudor.
Y como AIG vendió estos productos en todo el mundo y, a diferencia de los seguros tradicionales, no se previsionan, si cae la compañía colapsaría todo el sistema financiero mundial. En pocas palabras, AIG es “too big to fail .
Pero el instinto de supervivencia del gobierno estadounidense le indica que la única salida para que la aseguradora no quiebre consiste en financiar su resultado negativo (en el primer trimestre de 2009 perdió “solamente u$s 4.300 millones), mientras se le aplica cirugía mayor para quitarle todo lo que pueda ser vendido y sirva para achicar la deuda y rentabilizar la compañía.
En esta “feria americana en que se convirtió el desguace de AIG, hay absolutamente para todos los gustos.
Desde la venta de la sede de la aseguradora en Nueva York, al lado de Wall Street, por la suma irrisoria (para lo que valió el edificio durante la burbuja inmobiliaria) de u$s 100 millones, hasta la cancelación del contrato publicitario con el club inglés Manchester United (de u$s 23 millones por año) para sponsorear la camiseta del equipo de fútbol.
Ya se desprendió de otro edificio emblemático en Tokio, por el que recibió u$s 1.200 millones, comprado por su competidor Nippon Life (una humillación para el líder mundial en seguros hasta hace poco).
También le entregó su división de seguros para autos a Zurich Financial Services a cambio de u$s 1.900 millones, y espera obtener otros u$s 1.000 millones por su reaseguradora Transatlantic Holdings.
Fuera de su negocio principal, el grupo tiene pensado poner en venta la flota de más de 1.000 aviones que posee en su controlada ILFC (International Lease Financial Corporation), que es el mayor servicio de alquiler de aviones del mundo y el principal cliente del fabricante europeo Airbus. Si no consigue comprador para la compañía, la idea que se baraja es vender los aviones de a uno.
Y como prueba de que el gobierno estadounidense está buscando dinero hasta debajo de las piedras, en los últimos días se anunció la venta de la división de créditos al consumo de AIG en la periférica Argentina, entregados al Banco Galicia y el Grupo Pegasus por u$s 44 millones. Si hubiera conocido a Tita Merello, hoy probablemente Geithner estaría cantando “¿dónde hay un mango, viejo Gómez? Los han limpiao con piedra pómez .