Donald Trump recibirá a Xi Jinping en la Base Conjunta Andrews, en las afueras de Washington, el miércoles, en una ruptura con seis décadas de protocolo que muestra un enorme respeto hacia el líder de la única otra superpotencia.

Será la primera vez que un comandante en jefe de EE.UU. reciba a un líder mundial en la base desde que John F. Kennedy se encontró con el primer ministro británico Harold Macmillan en la pista en 1962. En mayo, Xi ni siquiera fue al aeropuerto de Beijing a recibir a Trump.

La ocasión marcará un momento histórico en la relación de Trump con Xi, a quien elogió reiteradamente como un “gran líder”.

Pero la deferencia de Trump hacia el líder chino esta semana pone de relieve cómo, tras 20 meses de aranceles vertiginosos contra China seguidos de una frágil tregua, el presidente estadounidense frenó la ambición de los halcones de su administración, que buscaban un renovado esfuerzo para contener al mayor rival geopolítico de EE.UU.

Desde su regreso a la Casa Blanca el año pasado, Trump frustró una y otra vez a los funcionarios que esperaban que reviviera la postura agresiva hacia China que había mostrado en 2020.

En el último año de su primer mandato, mientras culpaba a Beijing por la pandemia de Covid-19, Trump les dio vía libre a los halcones y les permitió tomar medidas que venían queriendo impulsar desde hacía tres años. Fue una anomalía que no se repitió.

“Trump nunca fue el halcón puro frente a China que algunos imaginaban”, dijo Julian Gewirtz, historiador de la Universidad de Columbia que fue alto funcionario para China en la administración Biden.

“Cuando irrumpió en escena como fuerza política, su retórica rompió el molde al decir que China estaba estafando económicamente a EE.UU. Pero nunca le importaron demasiado los derechos humanos en China ni las cuestiones de seguridad tradicionales en el Pacífico occidental”.

Incluso los halcones que sabían que Trump estaba más enfocado en el comercio que en la seguridad se llevaron una gran sorpresa. Mientras Trump le daba más peso a la necesidad de tener buenas relaciones con Xi, China se había preparado para su regreso.

Al principio, Beijing tenía motivos para desconfiar. Trump había designado a críticos de China en cargos clave de seguridad, entre ellos Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Waltz como asesor de Seguridad Nacional y John Ratcliffe como director de la CIA. Ivan “Lizard” Kanapathy, instructor retirado de pilotos de combate de Top Gun, asumió el principal cargo para Asia en el Consejo de Seguridad Nacional.

Las posiciones del secretario de Defensa, Pete Hegseth, eran menos claras, pero no se lo consideraba blando con China. Elbridge Colby, un halcón, quedó a cargo de la política del Pentágono. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, era considerado más duro con China que sus predecesores. El representante comercial de EE.UU., Jamieson Greer, era igualmente firme en comercio y seguridad.

En los primeros meses, Trump lanzó una avalancha de medidas relacionadas con China en materia de comercio, seguridad económica y defensa. Luego llegó el quiebre: la guerra comercial global de Trump.

La ofensiva del presidente contra el orden comercial mundial en abril de 2025 incluyó fuertes nuevos aranceles a China. Beijing —a diferencia de otros socios comerciales de EE.UU.— respondió con dureza. La situación se descontroló: Trump, furioso, elevó los gravámenes a China al 145%, lo que desencadenó más represalias de Beijing.

Los mercados globales retrocedieron, y la turbulencia llegó a los bonos del Tesoro de EE.UU. Bessent advirtió que los altísimos aranceles llamados recíprocos equivalían a un embargo comercial de facto.

Pero China tenía un arma aún mayor en su arsenal. Ante la necesidad de ejercer más presión sobre Washington, ralentizó la exportación de los metales críticos que se usan para fabricar desde teléfonos celulares hasta misiles.

Bessent minimizó la jugada de China y dijo que estaba jugando una mala mano con “un par de dos”. Pero las empresas estadounidenses se quejaron de que las restricciones las estaban dejando sin imanes críticos y otros materiales. La maniobra había expuesto una vulnerabilidad de EE.UU., y marcó un momento decisivo para los halcones de Washington.

“En los primeros dos meses, parecía que estaba retomando su enfoque duro con China de 2020”, dijo Liza Tobin, que trabajó en el NSC durante el primer gobierno de Trump. “[Ahora] por primera vez Trump se enfrentaba a un adversario dispuesto a paralizar la industria estadounidense. Retrocedió mucho y pareció decidir que Washington no se enfrentaría cara a cara con China”.

Evan Medeiros, profesor de la Universidad de Georgetown, dijo que Beijing había empezado a construir una “nueva caja de herramientas de armas económicas de precisión” en 2018, después de que Trump lanzara su primera guerra comercial contra China. Con los controles sobre las tierras raras, China ahora desplegaba esas armas “a escala y a gran velocidad”.

“China no tenía un par de dos, tenía una escalera real”, dijo Medeiros. “Esas vulnerabilidades persisten hoy y le hacen más difícil a la administración Trump tomar medidas de seguridad duras contra Beijing”.

En mayo, Xi ni siquiera fue al aeropuerto de Beijing a recibir a Trump.
En mayo, Xi ni siquiera fue al aeropuerto de Beijing a recibir a Trump.EFE/Roman Pilipey

El mayor revés para los halcones fue en los controles a las exportaciones, en particular sobre los chips avanzados para IA. En mayo de 2025, mientras la guerra comercial escalaba, Jeffrey Kessler, el funcionario del Departamento de Comercio a cargo de los controles a las exportaciones, dijo en una conferencia en Washington que la administración estaba lista para apuntar contra China con muchos más controles a las exportaciones que la administración Biden.

Su equipo había reunido una batería de medidas. Pero el arma de las tierras raras de China también las frustró. En cuestión de semanas, la Casa Blanca le ordenó al Departamento de Comercio dar marcha atrás. Los funcionarios también estaban ansiosos por evitar descarrilar una reunión entre Trump y Xi. Los controles a las exportaciones previstos se diluyeron.

“Trump dice que EE.UU. debe ganarle a China la carrera de la IA. Después les vende los chips y les alquila el resto, mientras deja abiertos todos los resquicios para que Beijing los aproveche”, dijo un ex funcionario estadounidense. “No hay estrategia ni columna vertebral de la administración en materia de controles a las exportaciones. Es una liquidación para Beijing”.

La postura laxa continuó: la administración Trump casi no introdujo controles a las exportaciones dirigidos a China. Un alto funcionario estadounidense lo rebatió y dijo que la administración Trump mantuvo los controles de la era Biden sobre chips avanzados y además tomó muchas más medidas de aplicación contra infractores, entre ellas la imposición de más multas y el inicio de varias acciones judiciales.

El Departamento de Comercio dijo que su Oficina de Industria y Seguridad (BIS) bajo Trump supervisó un aumento de 18 veces en las multas, hasta u$s 324 millones en 2025 respecto del año anterior, y que amplió su unidad de control en un 52% este año, incluida la duplicación del número de agentes en el exterior.

Un vocero de la BIS dijo que también había concluido “casos de aplicación históricamente grandes relacionados con exportaciones ilegales a China”, entre ellos contra el fabricante de equipos para chips Applied Materials y el diseñador de software para chips Cadence. Agregó que la oficina también había encabezado una investigación sobre un caso de contrabando de chips por u$s 2.500 millones que derivó en acusaciones formales y arrestos de ejecutivos del fabricante de servidores Super Micro.

La dinámica se agravó hacia fines de 2025 —cuando se estaba gestando una cumbre Trump-Xi en octubre para discutir la guerra comercial— y los halcones volvieron a verse frustrados.

En una jugada que sorprendió a algunos funcionarios de la Casa Blanca, el Departamento de Comercio anunció todavía más controles a las exportaciones dirigidos a miles de empresas chinas. Una Beijing enojada amenazó con restricciones aún más amplias sobre las tierras raras.

Con las amenazas de fondo, Trump y Xi se reunieron en octubre en Busan, Corea del Sur, y acordaron una tregua de un año en su guerra comercial. EE.UU. suspendió sus nuevos controles a las exportaciones y China postergó su medida sobre las tierras raras. La tregua, que vence el 10 de noviembre, todavía debe ser prorrogada.

Desde Busan, los halcones de Washington respecto de China tuvieron que moverse con cautela para no descarrilar la distensión.

Su influencia también viene menguando por otros motivos. Incluso antes de Busan, Trump despidió a Waltz y a otros funcionarios del NSC que querían adoptar una línea dura con China, una purga que siguió a la presión de la provocadora del movimiento Maga Laura Loomer.

Rubio sucedió a Waltz sin dejar de ser secretario de Estado. En el Senado, estaba entre los principales críticos de China. Pero ahora su foco está en cumplir la agenda de Trump y mantener las relaciones con Xi.

Personas familiarizadas con las posiciones de Rubio dicen que él y otros halcones sabían que trabajar para Trump implicaría hacer concesiones sobre China, al menos en público.

“Rubio es más halcón con China de lo que parece. Sigue impulsando controles a las exportaciones y se asegura de que trabajemos a puertas cerradas con nuestros aliados y socios para contrarrestar la agresión china”, dijo un ex funcionario estadounidense. “Pero en público tiene cuidado de darle a Trump el margen que quiere para mantener su buena relación con Xi”.

Josh Cartin, ex funcionario del NSC en el primer gobierno de Trump, dijo que una de las razones por las que los halcones eran menos agresivos era que habían demostrado con éxito durante el primer mandato que la política de acercamiento, pensada para promover la interdependencia económica como factor estabilizador, había “llegado al final de su utilidad”.

Agregó que, dado que la relación entre EE.UU. y China era “como mínimo competitiva y como máximo adversarial”, la tarea de los responsables de políticas ahora era “evitar que esta competencia estructural derive en una hostilidad abierta”.

Pero los halcones no están totalmente paralizados y Trump les dio cierto margen en cuestiones de seguridad.

“Todavía hay lugar para patadas por debajo de la mesa, pero hay límites sobre qué tan fuertes pueden ser y dónde pueden darse”, dijo Ryan Hass, director del centro sobre China de la Brookings Institution.

Algunas de esas patadas vinieron de la Comisión Federal de Comunicaciones, que bajo la presidencia de Brendan Carr creó una unidad de seguridad nacional enfocada en China y prohibió varios productos chinos en EE.UU., entre ellos drones.

“Rubio es más halcón con China de lo que parece."
“Rubio es más halcón con China de lo que parece."EFE/EPA/JIM LO SCALZO

Algunos halcones señalan en privado que la administración tomó varias medidas que enojan a China. A principios de este año, por ejemplo, el Pentágono incluyó a varias empresas de alto perfil, entre ellas Alibaba y BYD, en una lista negra de grupos con presuntos vínculos con el Ejército Popular de Liberación. El FT obtuvo en noviembre pasado un memo de la Casa Blanca que acusaba a Alibaba de ayudar al EPL a llevar adelante “operaciones” contra objetivos en EE.UU., algo que la empresa negó.

El Tesoro de EE.UU. también impuso sanciones a refinerías chinas que importaban crudo de Irán, una fuente significativa de petróleo para China.

Pero incluso entre las agencias, el enfoque fue desparejo. Un mes después de Busan, el Departamento del Tesoro frenó los planes de sancionar al Ministerio de Seguridad del Estado de China por espionaje cibernético para no alterar la tregua comercial de Trump.

Matt Turpin, ex funcionario del Pentágono y del NSC en el primer gobierno de Trump, dijo que los críticos que presentaban al presidente como blando con China pasaban por alto medidas que había tomado para enfrentarla.

“Trump aumentó los aranceles a China y le ordenó al Pentágono hacer mucho en el Pacífico occidental”, dijo Turpin. “Puede que el Pentágono no pronuncie la palabra ‘China’ en voz alta, pero está haciendo cosas claramente enfocadas en China”.

Turpin señaló que los ejercicios conjuntos anuales de EE.UU. con Filipinas de este año incluyeron una cantidad récord de aliados y maniobras que le recordaron a Beijing que Washington y sus socios estaban reforzando los esfuerzos para disuadir a China en el Pacífico.

“Hacer pruebas de misiles de crucero antibuque en el patio trasero de China menos de una semana antes de que Trump aterrice en Beijing... no es algo que el secretario de Defensa Pete Hegseth autorice a menos que tenga un respaldo total del presidente”, dijo Turpin.

Varios funcionarios de países del Indo-Pacífico agregaron que EE.UU. estaba ampliando la cooperación militar con aliados en Asia.

Pero después está Taiwán, sobre el que Trump adoptó posiciones contradictorias.

Melanie Hart, experta en China del Atlantic Council, señaló que apenas menos de dos meses después de Busan, Trump aprobó un paquete récord de armas para Taiwán por u$s 11.100 millones, pese a que los funcionarios chinos entendían que la tregua implicaba que ninguna de las partes le daría sorpresas a la otra.

“EE.UU. intentó justificar la medida diciéndole a China que la tregua de Busan solo cubría cuestiones económicas y comerciales, y que Bessent, que encabeza las negociaciones con China, no estaba involucrado en el tema de las armas para Taiwán”, agregó Hart. “Los chinos dijeron: ‘¿Qué diablos?’, pero fue... una diplomacia hábil”.

Pero a principios de este año, Trump suspendió un paquete de armas aún mayor para Taiwán, de u$s 14.000 millones, después de que China advirtiera que eso podía obligar a Beijing a cancelar la cumbre de mayo.

Luego, tras reunirse con Xi en Beijing, Trump dijo que las ventas de armas a Taiwán eran una “buena ficha de negociación”, lo que generó alarma en Taipéi.

Muchos expertos en China creen que Xi presionará a Trump para que modifique la política de EE.UU. sobre Taiwán de maneras que serían un anatema para los defensores de Taipéi en Washington.

Pero si los halcones quieren conservar influencia más allá del ámbito comercial —donde el propio Trump es posiblemente el actor más agresivo—, tendrán que seguir sorteando a su cambiante presidente y su relación con Xi.

Jon Czin, ex experto en China de la CIA, dijo que Trump estaba tan “empeñado en evitar cualquier acción o comentario que arruine su pacto de caballeros con Xi” que los halcones respecto de China tendrían que elegir sus momentos.

“Es como tener una tapa sobre una olla hirviendo”, dijo Czin. “La energía sigue ahí y de vez en cuando se filtra en medidas de seguridad puntuales contra China, pero solo cuando los halcones sienten que están fuera del ojo de Sauron”.