América Latina, que además de denominación geográfica es una singularidad de política internacional, tendrá en 2018 una agitada agenda. El año se inicia con la visita del Papa Francisco a Chile. Durante 2018, el 75 % de la población de la región participará en elecciones presidenciales. Es el caso de Brasil, México, Colombia, Paraguay, El Salvador, Costa Rica y eventualmente Venezuela.
También en el 2018 asume el nuevo gobierno en Chile y en Honduras y dejará la presidencia de Cuba Raúl Castro probablemente en manos del vicepresidente Miguel Díaz Canel. Las elecciones en México y Brasil son las que más expectativas despiertan atento que su rumbo político y económico afecta al resto de la región (son el 60% del PBI de América Latina). Las de Colombia por representar coyunturas sociales únicas en la región y Venezuela por encontrarse en el abismo democrático.
Este cronograma, al que se podrían sumar las campañas para las elecciones presidenciales de Argentina, Bolivia y Uruguay en el 2019, plantea un panorama de expectativas en la conformación del futuro mapa geopolítico de la región. También en las estrategias regionales para encarar los variados desafíos económicos y comerciales comunes. Las perspectivas pueden ser prometedoras ya que diversos indicadores macro económicos señalan que en 2018 América Latina crecerá a una tasa del 2,2% basada en la estabilización de la situación en Brasil y la recuperación en Argentina. Este dato, de confirmarse, sería el de mayor crecimiento de la región en cinco años.
Estas circunstancias proyectan una América Latina más diversa y quizás diplomáticamente más intensa. También sin los mismos hegemonismos conocidos del pasado en particular de las corrientes promovidas por el chavismo. En este contexto, uno de los mayores próximos desafíos será la de articular un mejor y más eficiente sistema regional de integración que reduzca vulnerabilidades e incluya una mayor apertura al mundo. Esto implica, entre otras cuestiones, despolitizar los esquemas existentes, ampliar y simplificar las preferencias arancelarias al interior del área latinoamericana y avanzar en la liberación del comercio y en la armonización de los distintos acuerdos comerciales.
El hemisferio tendrá la oportunidad de iniciar aproximaciones en la VIII Cumbre de las Américas, que reúne a los principales Jefes de Estado del continente, que se celebrará en abril en Lima con el lema la democracia frente a la corrupción. Los ejes temáticos incluyen, entre otros, la cooperación internacional y a las alianzas público privadas. En un mundo con multiplicidad de actores relevantes y con un impasse en la OMC, se debería empezar a diseñar una nueva diplomacia hemisférica que incluya la visión de regionalismos renovados capaz de fijar una agenda más dinámica conforme a los variados intereses comunes. La reciente Cumbre del Mercosur ha sido alentadora a ese respecto.
Otra reunión relevante será el segundo foro de la Celac con China en particular por los índices de recuperación regional que, según la Cepal, siguen siendo objetivo de las inversiones chinas en América Latina enfocadas en nuevos sectores de la economía regional. En 2017 las fusiones y adquisiciones de empresas por parte de China, sobre todo en Brasil, alcanzaron u$s 10.000 millones.
La presidencia pro tempore de Argentina del G20 en 2018 será otra ocasión central para que América Latina se incorpore con mayor energía en el mapa global para diversificar sus relaciones comerciales y abrir nuevos mercados. También para fijar una presencia regional más acorde con las necesidades de gobernanza global. Es hora que América Latina adquiera un peso específico en el mundo de mayor trascendencia económica y política. Es de esperar que 2018 sea el año del relanzamiento de la diplomacia latinoamericana.