Los números de las encuestas parecen ser todos coincidentes: estamos frente al peor momento de Javier Milei frente a la opinión pública en todo su ciclo. Se trata de una extraña coyuntura para el Gobierno si pensamos que 6 meses atrás el Gobierno ganaba la elección legislativa con claridad, y con ese triunfo se disparaba un efecto positivo para el oficialismo en las encuestas, con mejoras en todos sus indicadores de desempeño y valoración.
Aun siendo extraña, la coyuntura no parece inexplicable. En los últimos 40 días se sucedieron novedades peligrosamente comprometedoras para el Gobierno en materia de causas de corrupción (LIBRA, Adorni, ANDIS, créditos del Banco Nación, etc.), que involucran a altísimos funcionarios (los Milei, Adorni, etc.), que se combinaron con un deterioro de las expectativas económicas de una sociedad que siente que las mejoras macroeconómicas no se terminan de traducir en mejoras en su economía doméstica.
En el medio de esta coyuntura, el Presidente publicó un tweet en el que reconoció “que estos últimos meses fueron duros” y que no todos están mejor que en 2023, pero donde defendió la afirmación de que “la Argentina está mucho, MUCHO mejor que en 2023”. La explicación que Milei da para explicar esa aparente incongruencia (la Argentina mejor, pero los últimos meses fueron duros), es que se trató de las consecuencias “de las bombas que dejaron los irresponsables psicópatas kirchneristas que intentaron hacer volar la economía por los aires el año pasado”.
Lo interesante del posteo es su metamensaje: antes de emitir un juicio de valor sobre la realidad del país, era necesario poner “primero los datos”. De hecho, así arranca el posteo. Milei viene afirmando que los datos le dan la razón y que mirándolos no hay forma de concluir que la Argentina está peor que cuando él recibió el Gobierno. Y en muchos aspectos, uno puede reconocer que muchos datos de la economía argentina hoy muestran un mejor desempeño que en 2023.

Pero esta discusión que está teniendo el Presidente con la opinión pública a través de este posteo, obliga a analizar dos dimensiones que se vuelven necesario abordar si uno pretende entender este desalineamiento de la percepción que quiere transmitir el presidente y la que tienen muchos argentinos sobre el devenir de la realidad económica. Una dimensión es si se está hablando de la economía de la Argentina o de la economía de los argentinos. Y la otra dimensión es si se está hablando de datos o de percepciones, que muchas veces corren por andariveles distintos.
La primera dimensión se vuelve relevante porque pareciera estar allí buena parte de la divergencia que se expresa entre la mirada de Milei y la opinión de la gente. Una cosa es analizar la realidad de la economía del país, y otra la de la economía de la gente. El país puede mostrar toda una serie de mejoras en materia macroeconómica, empezando por la situación fiscal, la dinámica inflacionaria, el riesgo país, etc. Pero si uno se detiene en las variables que tienen mayor impacto sobre la percepción que el público tiene del rumbo económico (empleo e ingresos), esos indicadores no reflejan mejoras.
Se podría decir que Milei habla de la economía de Argentina, mientras que la gente en las encuestas está hablando (con su opinión) de la economía de los argentinos. Y esas dos dimensiones muestran hoy realidades muy diferentes.
El otro aspecto relevante para analizar de la forma en que el presidente encara esta discusión para defender su gestión es si efectivamente van “primero los datos”. Es cierto que si uno quiere construir una narrativa que ayude a alimentar una percepción pública, ayuda tener datos para fortalecer la argumentación. Pero aún así, será necesario que los datos sean creíbles a la percepción pública. Si yo le digo a la gente que la inflación está bajando, pero la gente no percibe que la inflación esté bajando, los datos dejarán de ser un elemento determinante para construir la percepción deseada.
Este es un gobierno integrado mayormente por los profesionales más preparados para torturar los datos y hacerlos hablar: los economistas. Y Milei y sus funcionarios economistas han hecho gala de mostrar números favorables a sus intereses. Exagerando el recurso de anualizar datos cuando conviene, o de tomar registros intermensuales o interanuales dependiendo la conveniencia, o de mostrar comparaciones ventajosas de indicadores clave, o incluso de postergar actualizaciones de metodologías según la conveniencia.
Pero por más que se torturen los datos, estos no podrán alterar una percepción (la del público en general) que se construye más con sensaciones que con mediciones. La mayoría de la gente no tiene herramientas de econometría para poder evaluar el proceso económico, la mayoría de la gente siente y experimenta sensaciones todo el tiempo sobre su realidad económica. Y estas, impactan sobre la percepción que cada uno se construye sobre lo que lo rodea.
Y esas sensaciones están recibiendo el impacto de los datos que el gobierno decide no mostrar u ocultar en su discurso. En general, los salarios tienen menos ingreso disponible que el que tenían en noviembre de 2023, los trabajadores de los sectores más mano de obra intensiva ven que la actividad en sus lugares de trabajo está complicada, y la gente percibe que los costos fijos de sus hogares han crecido muy por encima de la inflación, y muy por encima de lo que crecieron sus ingresos.
Adicionalmente a ello, el gobierno ha abusado del recurso de apalancar expectativas avisando que “lo peor pasó”. Lo viene haciendo desde mediados de 2024, y ese recurso ya parece agotado para extraer más paciencia del público.
Por todo ello las encuestas dicen una cosa, y Milei dice otra, porque el público siente y percibe una cosa distinta de lo que los datos de Milei muestran. Y siempre es bueno saber que en política, los datos no construyen la percepción, sino que es la percepción la que decide qué datos importan.








