
Luego de las diatribas lanzadas por Javier Milei contra el mandatario brasileño en territorio paulista, el presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva respondió en un acto público: “Brasil no tolerará que nadie meta sus narices en donde no le incumbe, porque Brasil sabe cuidarse solo”.
El presidente argentino se desquitó con descalificaciones personales de todo tipo y color que alcanzaron al líder del Partido de los Trabajadores (PT), pero también a Alexandre de Moraes, uno de los jueces principales del Supremo Tribunal Federal, que condenó al expresidente Jair Bolsonaro a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado.
El viaje de Milei al país vecino fue seguido con especial atención por diplomáticos, académicos y empresarios de ambas naciones. La singularidad de la cita anticipaba que el tono del jefe de Estado argentino se parecería al que utilizó en ocasión de sus visitas a España para participar de convenciones del partido de ultraderecha Vox, con la mira puesta en otro de sus antagonistas internacionales, el primer ministro Pedro Sánchez.
En este caso, su asistencia se amparaba en el apoyo a la nominación de Flavio Bolsonaro como candidato a presidente por el Partido Liberal (PL), el principal contendiente de un “Lula” que hoy lidera los sondeos de intención de voto para las elecciones del 4 de octubre. Poco queda de esos momentos de la gestión en los que los excancilleres Diana Mondino y Gerardo Werthein intentaban bajarle el tono a los dichos presidenciales.

Aquí, el canciller Pablo Quirno fue testigo privilegiado de una flagrante intromisión en los asuntos internos de nuestro principal socio comercial, lo que reduce su legitimidad como interlocutor diplomático válido ante la escalada de pedidos de explicaciones que emanan de Itamaraty.
Esta no es la primera vez que tenemos un conflicto con un país de la región por cuestiones ideológicas, a las que Milei les asigna un peso central en la definición de su agenda de política exterior. Episodios de fricciones similares con mandatarios ocurrieron con el colombiano Gustavo Petro y con el chileno Gabriel Boric.
Sin embargo, ninguno de esos antecedentes equipara la gravedad de la agresión directa al presidente de un aliado estratégico del Mercosur, en el contexto de una visita que quebró todo tipo de protocolos desde el inicio. De acuerdo con reportes de la prensa brasileña, ni siquiera hubo una notificación formal al gobierno de Brasil de cuándo y cómo sería el arribo de Milei, algo que suele realizarse incluso cuando el viaje es de carácter privado.
En los tiempos que corren, el análisis de la política exterior exige incrementar la relevancia asignada al factor psicológico del líder, que está inmerso en un determinado mundo de ideas y trae consigo ciertos rasgos de personalidad que lo sesgan y lo condicionan. En este sentido, es necesario reponer la relevancia de la irascibilidad en la figura política del Presidente de la Nación.
Esta dimensión de su carácter ha sido puesta de manifiesto de manera pública en sus años en el poder, en parte como expresión realmente existente de un débil control de sus impulsos y, en cierto otro modo, como herramienta para marcar una diferenciación con la “casta”, más apegada a lo “políticamente correcto” según el relato libertario.
En la confrontación con Lula existe, también, una intención de exhibirse mundialmente como referente económico liberal (Flavio Bolsonaro lo esperó con unas tijeras enormes, en una involuntaria referencia a Eduardo Angeloz, que llenaron el lugar de la ausente motosierra) y fuente doctrinaria de la “batalla cultural” contra el progresismo.
A falta de dirigentes de la política local que lo pongan en aprietos, como consecuencia de la dispersión organizacional y de ideas que caracteriza a la oposición al gobierno libertario, en especial al peronismo, Milei se pone a discutir con su par brasileño porque su personaje se alimenta de la confrontación permanente.

Este accionar no viene libre de potenciales riesgos, en tanto la agudización del sesgo ideológico personal amenaza con afectar notablemente una arquitectura de alianzas bilaterales construida pacientemente a lo largo de décadas.
Los costos pueden ser estratégicos, más allá de lo económico: Argentina necesita del apoyo de Brasil para reforzar su reclamo por la soberanía de Malvinas y podría beneficiarse, si las energías estuvieran mejor direccionadas, de una política de defensa integrada en el Mercosur, en un mundo cada vez más tendiente a la proliferación de conflictos bélicos.
El primer mandatario tendrá unos días por delante en los que seguirá estrechando las afinidades personales con otros líderes de la derecha regional: asistirá a las tomas de posesión de Keiko Fujimori en Perú y de Abelardo de la Espriella en Colombia. No está para nada claro que la apuesta por el hijo de Bolsonaro pueda culminar de la misma manera.
Encuestas recientes marcan que Lula viene ganando terreno en la contienda presidencial, con mejoras en la evaluación de su gestión, pero también con una imposición exitosa de su narrativa de acusación a la familia Bolsonaro por los aranceles impuestos por Donald Trump.
Nada de esto implica, necesariamente, un deterioro inmediato de los vínculos económicos entre ambos países. Las decisiones empresariales suelen responder mucho más a las oportunidades de negocios que a las desavenencias entre líderes políticos y, cuando existen condiciones para invertir o comerciar, las empresas tienden a hacerlo. No obstante, sería un error concluir que las formas son irrelevantes.
El tono presidencial, la personalización de los conflictos y la disposición a trasladar las disputas ideológicas al plano de la relación bilateral terminan incidiendo sobre la reputación internacional de la Argentina y sobre la percepción de la calidad de su clima de negocios.
Argentina y Brasil podrían convivir durante varios años con los mismos presidentes si Milei y Lula logran la reelección, un escenario de no muy baja probabilidad de ocurrencia. En cualquier caso, tarde o temprano, la relación bilateral deberá recuperar un cauce de normalidad compatible con la dimensión y la profundidad del vínculo entre los dos países más relevantes de América del Sur.








