La economía crece, pero no alcanza. En enero el nivel de actividad alcanzó un máximo histórico. Sin embargo, se profundiza el deterioro en indicadores productivos y sociales.
Esta ambivalencia dificulta el debate público: mientras el Gobierno destaca los datos positivos, otros hablan de crisis terminal. La clave, probablemente, está en distinguir entre crecimiento y desarrollo. Y es en este último donde aparecen las mayores dudas.
Empecemos por la producción. Efectivamente, en enero la actividad económica alcanzó su pico más alto desde que se inició la serie que publica INDEC. La clave estuvo en la recuperación de sectores abocados al mercado interno como el comercio, la industria y la construcción, junto con otros que ya venían liderando como el financiero y la minería.
Ahora bien, es relevante observar que este indicador ajustado por cantidad de habitantes se ubica un 6,8% por debajo del pico alcanzado en septiembre de 2011 y levemente por encima del promedio prepandemia. Por otro lado, febrero no trae buenas noticias: el índice líder de actividad que elaboramos en Analytica marca una nueva contracción mensual.
Un indicador más robusto de la recuperación económica es la variación anual del PIB. En 2025 el crecimiento fue del 4,4% anual luego de dos años seguidos de recesión. De esa forma alcanzó también un valor máximo para la serie al superar en 1,1% al nivel del 2022.

Sin embargo, al igual que en la medición mensual, el PIB anual medido per cápita quedó lejos de su máximo, 8% respecto a 2011. Que la economía vuelva a crecer es, evidentemente, una buena noticia, pero aún no alcanza para compensar el crecimiento poblacional y eso impacta en indicadores que reflejan más directamente el bienestar.
Sin ir más lejos, la tasa de desocupación en los últimos tres meses del 2025 creció hasta 7,5% desde 6,4% un año atrás. Si lo traducimos en puestos de trabajo hubo una pérdida neta de 93.000, producto de la caída de 189.000 puestos formales y la creación de 96.000 en la informalidad. La tasa de desempleo se mantiene por debajo de la alcanzada entre 2018 y 2020 en igual trimestre pero es superior al resto de los años desde 2021 inclusive.
El dato más relevante es que en 2025 el crecimiento de la economía no alcanzó para cubrir la demanda de empleo de los argentinos. Y quizás es la principal alarma que se encendió en los últimos meses. Entre otras cosas, porque los sectores que más aumentaron su producción también expulsaron mano de obra.
El empleo asalariado registrado cayó el año pasado tanto en el sector financiero, en la minería, en hoteles y restaurantes y también en agro y ganadería. De 15 sectores únicamente en 5 creció, destacándose comercio por ser la mayor suba con 1,4% y dado que concentró un quinto del empleo asalariado registrado.
La pérdida de empleo se ve acompañada por una caída en los salarios. En el segmento privado registrado, si bien comenzaron el 2025 con una fuerte recuperación en su comparación anual, fue desacelerándose hasta volverse negativa a partir de octubre. En consecuencia, el último trimestre del 2025 mostró un ostensible deterioro en el mercado de trabajo, con menos cantidad de empleos y salarios más bajos.
El impacto sobre el consumo del deterioro es directo. En enero las compras en supermercados volvieron a ubicarse en mínimos de la actual administración: excluyendo el dato de noviembre, se trata del nivel más bajo desde abril de 2024. En términos interanuales, también se observa una caída del 1,2% frente a enero de 2025 y, excluyendo enero de 2024, se trata del peor enero de toda la serie iniciada en 2017.
Los datos son contundentes. Los crecientes niveles de producción, principalmente en sectores asociados a la extracción de materias primas, se disocian de mejoras en la calidad de vida en una proporción relevante de la población. Un resultado que también se observa en el salto de la morosidad crediticia tanto en los bancos, asociados al sector formal de la economía, como en las Fintech más relacionadas con créditos al informal/cuentapropista.
El diagnóstico es claro. Más allá de los diferentes posicionamientos no estamos en una crisis terminal, pero si en un deterioro que se agrava mes a mes y aún faltan señales de que el gobierno puede revertirlo. Un objetivo que va de la mano de sostener a una de sus principales banderas: el superávit en las cuentas públicas. El deterioro del mercado interno se traduce a marzo en ocho meses consecutivos de caída interanual en la recaudación de impuestos y marca la dificultad de aumentar el superávit primario hasta 2,2% este año y 2,5% desde el próximo según indican los compromisos con el FMI.
La solución no es pensar en políticas aisladas. Lo primero es revisar el seteo de las variables a nivel macro. La discusión sobre el tipo de cambio empieza nuevamente a ganar centralidad. En particular porque el dólar mayorista promedió $ 1400 en marzo al igual que en septiembre pasado, mientras en ese tiempo la inflación acumuló 18%. La apreciación del tipo de cambio presiona negativamente sobre la competitividad de la producción local a la par de incentivar el consumo de bienes y servicios del exterior.
A su vez, no permite una mayor acumulación de dólares por parte del sector público con desafiantes vencimientos de deuda en moneda extranjera este año y el próximo aún. Desde inicio de año el sector público logró un saldo neto a favor de u$s 1200 millones, aún queda un largo camino por recorrer.
Por su parte, en la política fiscal y monetaria el margen de maniobra es más acotado, atentos a la caída en la recaudación y la necesidad de evitar que un salto en la liquidez aumente la dolarización de activos, pero eso no significa mantener el status quo.
El desafío no es menor: balizar un sendero decreciente de la inflación y, al mismo tiempo, reconstruir un puente entre producción, empleo y bienestar. Crecer es aumentar la producción, desarrollar es que así aumenten el empleo, los salarios y las libertades efectivas de cada argentino. Al final del día, la gran deuda de la política argentina es que la próxima generación viva mejor que la anterior.









