Un hombre toma una serie de malas decisiones que lo dejan en una situación crítica: tiene grandes deudas, su ánimo empieza a decaer, su hija debe dejar la Universidad, su trabajo pende de un hilo y tiene un bulto en el cuello que abre la posibilidad de una enfermedad terminal. Malas rachas tiene cualquiera, y Alan Clay, el protagonista de Un holograma para el rey (RHM), último libro de Dave Eggers, parece representar la decadencia de una clase que se creía poderosa pero que la crisis económica norteamericana arrastró a la incertidumbre del abismo financiero.
Un holograma para el rey relata la decadencia de un señor de cincuenta años como consecuencia del hostil contexto económico, y que termina desmoronando todos los ámbitos de su vida. Como si la volatilidad del sistema, del que nunca había dudado antes, hubiera desintegrado todo.
Clay viaja a una misión comercial a la ciudad de Yida, en Arabia Saudita, y su objetivo es lograr que la empresa de tecnología para la que trabaja sea proveedora de IT para un nuevo desarrollo inmobiliario: una ciudad construida en el medio del desierto por un rey que quiere pasar a la posteridad como uno de los modernizadores de las conservadoras constumbres saudíes.
En los días que Clay pasa en Arabia Saudita, envuelto en el calor y en las reglas rígidas de un país difícil para los occidentales, el personaje se va cruzando con personas y conociendo, de esta manera, las grietas en la rigidez del país oriental. La apuesta de Eggers de hilvanar su relato en función de los quiebres en las estructuras -tanto occidentales como orientales- es quizá lo más interesante del libro.
La insatisfacción del personaje, que vertebra también todo el relato, se vuelve agobiante. “Tenía que haber una razón por la que Alan estaba allí. Por la que estaba en una carpa a más de 100 kilómetros de Yida, sí, pero también por la que estaba vivo, en la tierra. Muy a menudo no lo entendía. Muy a menudo necesitaba profundizar. En sentido de su vida era una escurridiza veta de agua a cientos de metros por debajo de la superficie y, periódicamente, Alan bajaba un cubo al pozo, lo llenaba, lo subía y bebía de él. Pero no lo saciaba durante mucho tiempo”, escribe Eggers, una descripción de la desazón ante la caída del sistema.
Las complejas relaciones que Eggers va tejiendo a lo largo de la novela caen abruptamente en el final, lo que deja una sensación de interrupción forzada de la trama de la historia.
Un holograma para el rey es el noveno libro de ficción de este escritor norteamericano quien, con 44 años, ya escribió un bestseller (Una historia conmovedora, asombrosa y genial) por el cual quedó finalista en los Premios Pullitzer en el 2000.