

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que se nos juraba que este gobierno jamás endeudaría al país. Austeridad, honestidad y buena vibra: con eso, decían, el dinero alcanzaba y sobraba. Hoy la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados avala una Ley de Ingresos 2027 que autoriza en números cerrados 1.7 billones de pesos de deuda interna. Billones, con be, por si alguien creía que era un error de dedo, más 13,500 millones de dólares de deuda externa, sin olvidar la deuda adicional autorizada para Pemex y CFE.
La promesa fundacional de la 4T, sostenida primero por Andrés Manuel López Obrador con la convicción de no heredar déficits y continuada por la administración de Claudia Sheinbaum bajo el mandato de la austeridad republicana, choca hoy con la cruda aritmética del Paquete Económico.
Pongamos el tamaño en perspectiva. El Paquete Económico proyecta una deuda de 21.7 billones, 55% del PIB, y 160 mil pesos por habitante, nueve mil más que este año. Y viene lo mejor: el costo financiero, es decir intereses y comisiones, será de 1.575 billones. Dicho en cristiano, casi todo lo que se pide prestado se va en pagar lo que ya se debe. El CIEP lo expresa con más elegancia: el costo financiero, 4% del PIB, ya supera el nuevo endeudamiento, de 3.9%. Es la deuda como rueda de hámster: mucho movimiento, cero avance.
Y no, ese dinero no va a infraestructura, salud, educación o seguridad. La inversión pública prevista es de 1.13 billones, menos de lo que cuestan los intereses. De cada 100 pesos de gasto, según México Evalúa, 39 van a pensiones y costo financiero y 35 a desarrollo humano y crecimiento. Los programas sociales, orgullo del régimen, hacen fila detrás del banquero. Qué paradoja: el gobierno que se dice de los pobres tiene a sus acreedores como primeros beneficiarios.
¿Y las cuentas alegres? Conviene ser preciso, porque la precisión es el único lujo que nos queda. No hay prueba de que Hacienda oculte la deuda; lo que hay es una vieja costumbre de optimismo. IMCO documentó que, entre 2008 y 2023, Hacienda proyectó en 12 ocasiones más crecimiento del que hubo, y con crecimiento imaginario vienen ingresos imaginarios. En 2025 el ISR superó lo programado, pero el IVA se quedó corto y los ingresos totales no llegaron a lo estimado. Para 2027, hay que concederlo, el propio CIEP reconoce un marco más realista. Presumir sobriedad después de años de pronósticos color de rosa merece un aplauso discreto, no una ovación.
Queda entonces un dilema que no es mío sino de la aritmética: o Hacienda calcula con lentes rosas, o los legisladores del régimen aprueban sin leer. Con Morena y sus aliados alistando el trámite exprés en el Senado, la segunda hipótesis no suena descabellada. ¿Y el techo de endeudamiento? Hay quien sostiene que en 2025 se rebasó el externo; Hacienda responde que todo estuvo dentro de los límites. Que alguien con calculadora y autoridad lo aclare, porque “dentro de la ley” suena mejor cuando viene con el dato.
Sobre la promesa, la hemeroteca es generosa. En 2020, López Obrador dijo que no quería endeudar al país para no heredar deudas; en 2023, con déficit en la mesa, aseguraba que su presupuesto no era endeudamiento. Tal vez la explicación esté en algún libro del expresidente; yo no la encontré. En la hemeroteca, en cambio, está completísima.
Ahora, el riesgo. Fitch califica a México en BBB-, un escalón arriba del bono basura, y describió como “relativamente modesta” la consolidación planeada. No existe un umbral mágico de 60% del PIB, pero sí un camino conocido: si la confianza se debilita, el capital se va, las tasas suben, el peso sufre, la inflación reaparece y la crisis entra por la puerta de enfrente. No es profecía, es el manual de cualquier país que se confió. Tampoco hace falta el peor escenario para que duela: basta con que el dinero cueste más, y ese costo lo cubre el mismo presupuesto que ya anda corto.
Mientras tanto, el termómetro social marca fiebre y el nivel de deuda con la falta de recursos puede incrementarla rápidamente. Los trabajadores del IMSS rechazaron un aumento global de 6.8% y exigen 10%. El Sindicato Mexicano de Electricistas marchó el 12 de octubre al Zócalo por su reinserción laboral. Las madres buscadoras pidieron, para buscar a sus hijos, la misma voluntad y los mismos recursos que se invirtieron en el Mundial. Y mientras la beca para jóvenes iguala el salario mínimo, 9,582 pesos mensuales, los trabajadores de base reclaman que su aumento no alcanza ni para la inflación.
Llamemos las cosas por su nombre, que es lo único que no sube de precio: endeudamiento irresponsable, juicio de quien escribe. Menos dinero, más deuda y un coro de reclamos que no cabe en el Presupuesto. Y cuando llegue la factura, no se la cobrarán al discurso, sino a quien paga IVA, ISR y la despensa. La transformación prometió sacarnos de la fila de los deudores; terminó formándonos en la de los que pagan intereses.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.
















