

Sobró pizza y al día siguiente el dilema es siempre el mismo: el microondas la deja blanda y gomosa, el horno tarda demasiado y gasta energía. Sin embargo, hay un tercer camino que los cocineros recomiendan cada vez más y que no requiere ningún electrodoméstico especial: una sartén y una tapa.
El problema de los métodos tradicionales tiene una explicación técnica. El microondas actúa sobre la humedad de la masa y termina ablandándola en lugar de calentarla de manera uniforme. El horno, aunque da mejores resultados, consume más tiempo y tiende a resecar los bordes.
La sartén, en cambio, combina dos efectos simultáneos: calor directo en la base, que la vuelve crocante, y vapor en la superficie, que funde el queso sin arruinar los ingredientes.
El procedimiento es simple. Se coloca la porción en una sartén antiadherente a fuego medio-bajo, sin aceite. Después de unos minutos, cuando la base empieza a ponerse firme, se agregan unas pocas gotas de agua en un costado de la sartén, nunca encima de la pizza, y se tapa de inmediato. El vapor que se genera en ese espacio cerrado es lo que hace la diferencia.

La clave está en el control del fuego: si la temperatura es demasiado alta, la base se quema antes de que el queso llegue a fundirse. Por eso los expertos insisten en mantener una intensidad media-baja durante todo el proceso y no apresurarse.
El resultado, según quienes aplican esta técnica, se acerca bastante al de una pizza recién hecha: masa con algo de crunch, queso derretido y bordes que no se endurecen. Todo en menos tiempo que encender el horno y sin el efecto chicloso del microondas.
Un dato extra para quienes no tienen tapa del tamaño justo: puede reemplazarse con la tapa de una olla de diámetro similar. Lo importante es que el vapor quede contenido dentro de la sartén durante el calentamiento.




