

Un funcionario argentino que interactúa con el gabinete de Donald Trump, advierte que la estrategia comercial del presidente estadounidense no debe ser entendida como una bravuconada. A primera vista, se parece a la guerra de egos que desplegó con el jefe de estado norcoreano Kim Jong-Un (hasta que le propuso reunirse y empezar un diálogo normalizador), pero detrás de esas declaraciones hay una de las burocracias más eficientes del mundo trabajando para darle sustento.
"La Casa Blanca sabe bien dónde apretar y dónde soltar, tiene objetivos bastante claros", agrega la fuente consultada. Por eso la escalada que empezó con el acero y ahora sigue con China es vista por los países más como un ajedrez (o damas chinas, para seguir con la alegoría) que como una pulseada. El problema es que la percepción del mundo y los inversores no siempre identifica esta situación con la misma tranquilidad.
Trump anticipó anoche la intención de aplicarle aranceles por otros u$s 100.000 millones a China (el doble de los anunciados originalmente), como represalia a las tasas que Beijing le aplicó a la importación de soja, maíz y autos, entre otros bienes.
La Argentina, como otros países, están pendiente de que puedan surgir oportunidades en el fragor de este intercambio. Si las hay, serán transitorias, hasta tanto las barreras prometidas no se vuelvan permanentes, y la producción local pueda ajustarse a nuevos flujos de demanda.
Donde si hay riesgo es en el contagio de esta pelea comercial al mercado financiero, sobre todo a Wall Street, porque es donde se mide el costo de endeudamiento soberano. Con ese frente alterado, se entiende entonces por qué tanto la Nación como las provincias y las empresas se volcaron a tomar fondos en pesos, aprovechando el atractivo de las tasas con un dólar controlado.













