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El 1 de enero de 2000, un grupo de voluntarios llegó a un valle casi sin árboles en el sur de Escocia y plantó apenas 100 ejemplares. No sabían entonces que aquellas primeras plantas serían el comienzo de una de las experiencias de restauración ecológica comunitaria más importantes del Reino Unido.

Más de 25 años después, ese mismo valle cuenta con alrededor de 750.000 árboles nativos. El lugar es Carrifran Glen, en las Moffat Hills, en el sur de Escocia.

Allí, durante siglos, el pastoreo de ganado había transformado el paisaje hasta hacer desaparecer casi todos los árboles y dejar las laderas fuertemente degradadas.

La recuperación del valle en Escocia.ChatGPT

Cómo empezó la recuperación del valle

El objetivo de quienes impulsaron el proyecto era recuperar un ecosistema parecido al que había existido allí antes de la intensa intervención humana. La iniciativa tomó forma durante la década de 1990, liderada, entre otros, por el zoólogo Philip Ashmole.

Para comprar las aproximadamente 660 hectáreas del valle, los impulsores recurrieron a una campaña de financiación colectiva que reunió a unas 600 personas, muchas de las cuales aportaron algunos cientos de libras. La gestión quedó después vinculada a la organización conservacionista Borders Forest Trust.

El proyecto no se limitó a plantar árboles. También se apoyó en estudios de suelo, vegetación y muestras de turba que permitieron reconstruir cómo había sido el paisaje miles de años atrás, con el fin de usar especies nativas y recuperar distintos ambientes, desde bosques hasta zonas de turbera.

Las claves principales de mover a las ovejas de lugar.Fuente: ShutterstockShutterstock

Por qué fue clave retirar a las ovejas

Una de las decisiones centrales, y quizá la más determinante, fue eliminar la presión del pastoreo. Plantar árboles no bastaba: mientras el ganado siguiera pastando, la vegetación joven no tenía ninguna posibilidad de establecerse.

Al retirar las ovejas, los brotes de árboles y arbustos pudieron por fin arraigar y expandirse con mayor facilidad. La combinación entre las nuevas plantaciones y esa recuperación natural permitió que flores, matorrales y árboles fueran ocupando progresivamente el terreno.

Ese mismo cambio favoreció la recuperación de las turberas y el regreso de la fauna. Donde antes solo había laderas desnudas, empezaron a verse águilas reales sobre los acantilados, y el valle se convirtió en refugio para una diversidad de especies cada vez mayor.

¿Qué demostró el proyecto 25 años después?

A un cuarto de siglo de aquella primera plantación, Carrifran Glen superaba los 750.000 ejemplares nativos. El paisaje pasó de mostrar laderas erosionadas a un mosaico de bosques jóvenes, matorrales y zonas palustres en plena recuperación.

Antes de esta experiencia, muchos científicos dudaban de que un ecosistema tan degradado por siglos de pastoreo pudiera recuperarse. Carrifran demostró que, al eliminar la presión humana y reintroducir especies clave, la naturaleza recupera su equilibrio con una rapidez asombrosa.

El caso se convirtió así en un ejemplo de restauración ecológica comunitaria, basado en la planificación, la financiación colectiva y el manejo adaptativo. Una prueba de que, a veces, la mejor forma de recuperar un paisaje no es intervenir más, sino dejar de presionarlo.