La palabra geopolítica expresó, durante décadas, una forma de resolver las pujas de intereses entre grandes potencias o bloques de naciones. Su base fue la disuasión o el control del espacio a través del uso de la fuerza militar. Hoy los mismos actores ponen en juego otras fuerzas. Así nació la geoeconomía.
Desde su origen, la geopolítica siempre apuntó al control de territorios como forma de ejercer un dominio político o capturar recursos naturales. La geoeconomía, en cambio, usa como armas los flujos de bienes y servicios.
Lo que hay que subrayar es que no todos los países tienen la misma fuerza para ejercer ese accionar, ya que hace está atado al poder que les dan sus mercados. Por esa razón Estados Unidos y China son los principales actores (antagónicos, desde ya) de esta batalla económica.
La Argentina quedó involucrada este fin de semana en uno de esos movimientos de pinzas. Después de que Donald Trump renovara el viernes pasado aranceles de 10% a las exportaciones de 60 países, pero manteniendo beneficios ya otorgados para nuestro país, el presidente Javier Milei hizo una jugada política en Brasil: viajó para apoyar la candidatura del derechista Flávio Bolsonaro y de paso le dedicó duros acusaciones a su par Lula Da Silva.
El chisporroteo diplomático que se produjo después, previsible, demostró que los cruces fueron más fuegos de artificio que el inicio de un conflicto bilateral.

Milei sabe que puede moverse en el tablero global siempre que se mantenga en sintonía con Trump. Recordemos que EE.UU. le aplicó a Brasil aranceles que llegan a 37%. Nuestro vecino se convirtió en el principal exportador mundial de granos, desplazando al agro americano de ese sitial. Y desde ese lugar, es proveedor privilegiado de China y competidor de la Argentina por sus mercados.
Que el presidente Xi haya hablado con Lula el domingo para darle su apoyo (potenciando un posible acuerdo del gigante asiático con el Mercosur) también le pone un límite a las agresiones de la Argentina, cuyos lazos económicos y financieros con China imponen prudencia. Las palabras (incluso los insultos), pueden ir y venir. Los intereses se defienden en otro terreno.





