Durante su primer año y medio de gobierno, Javier Milei se ha caracterizado por tener dos prioridades: la política económica y la exterior. Hasta la elección de octubre del año pasado, se trató de una combinación efectiva que recuerda en alguna medida al menemismo.
Durante los noventa, la búsqueda de una alianza con Estados Unidos por ambas vías -irónicamente denominada “cheek to cheek”- fue la característica principal de aquella realidad política. En esa etapa también, en lo militar, se desarrollaron fuerzas de paz por pedido de Estados Unidos a través de la ONU. Es en este enfoque que la política de ambos presidentes se asemeja, aunque tengan sus particularidades.
Pero en materia de política interna sí hay diferencias. Como recordó recientemente Jorge Raventos en una nota publicada en el diario La Prensa, si bien Menem tenía el enfrentamiento entre los “rojo punzó” y los celestes, siempre se trató de un conflicto político interno que mantuvo bajo control. Los “rojo punzó” eran dirigentes alejados de la estructura política tradicional, como el caso de Alberto Kohan, que se habían sumado al “menemismo” sin un pasado peronista.
Como representante de la segunda línea puede mencionarse a Eduardo Menem, con trayectoria partidaria y una visión un tanto distinta a la del nuevo peronismo que representaba la otra línea.

Menem supo manejar esta puja con equilibrio y sin que se vaya de las manos. Fue más un juego que un enfrentamiento, en el que el equilibrio era el factor más importante.
También existen algunas semejanzas entre ambos gobiernos en materia de política exterior y de defensa. Tanto Menem en los años noventa como Milei en la actualidad buscaron una alineación estrecha con Estados Unidos, combinando esa estrategia con un discurso económico de apertura y reformas de mercado. Pero si en ese terreno pueden encontrarse paralelos, la diferencia aparece con mayor claridad en la política interna, donde el manejo de las tensiones y el equilibrio entre líneas de poder resultan decisivos para la estabilidad del Gobierno.
En las últimas semanas esa tensión volvió a hacerse visible con una intensidad inusual. La disputa entre el sector que responde a Karina Milei y los Menem, por un lado, y el núcleo que tiene como referencia a Santiago Caputo, por el otro, dejó de ser una interna en sentido clásico y pasó a expresarse públicamente, incluso a través de las redes sociales y de áreas sensibles del Estado. El enfrentamiento ya no se limita a diferencias de estilo o de influencia, sino que abarca espacios concretos de poder dentro del oficialismo: el armado político de cara a 2027, el Congreso, la comunicación y hasta el área de inteligencia. La interna dejó así de ser un fenómeno subterráneo para convertirse en una muestra del funcionamiento del Gobierno.
Lo llamativo es que, a diferencia de Menem, que administraba estas disputas internas sin dejar que alteraran el equilibrio general del gobierno, Milei parece optar muchas veces por una posición de arbitraje parcial o de equilibrio inestable, sin cerrar del todo los conflictos ni definir claramente una línea de autoridad debajo suyo. El poder aparece fuertemente concentrado en la cúspide, pero con tensiones entre quienes disputan influencia en el entorno presidencial. Lo que emerge es una competencia por espacios de poder sin que medie ninguna diferencia ideológica profunda, y eso termina proyectando hacia afuera una imagen de desorden que el oficialismo todavía no logra encauzar.
La diferencia aparece entonces claramente. Menem logró administrar sus tensiones internas sin que afectaran el funcionamiento general del gobierno y manteniendo siempre su autoridad como árbitro final del conflicto.
En el caso de Milei, en cambio, el poder aparece concentrado en el llamado “triángulo de hierro”, pero con una segunda línea atravesada por peleas y tensiones cada vez más evidentes, las cuales el oficialismo todavía no termina de ordenar. Esta es, quizás, la diferencia política más marcada entre ambos procesos.






