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La Argentina está dejando atrás la etapa de la estabilización defensiva para entrar, a distintas velocidades, en la etapa de la creación de valor. Durante meses la prioridad fue responder si el programa económico podría sostenerse. Esa respuesta empieza a estar descontada por los mercados. La pregunta relevante ahora es otra: si esa estabilidad será capaz de activar un círculo virtuoso de inversión, productividad y crecimiento.

Los datos de junio muestran una macroeconomía que comenzó a traccionar. La Argentina recuperó algo que no tenía hace más de una década: capacidad de financiar su propio crecimiento. El riesgo no desapareció, pero cambió de naturaleza. Ya no es el ciclo, es el tiempo.

Empecemos por lo que funciona, porque es mucho. En junio la inflación núcleo perforó el 2% mensual, un umbral psicológico y contractual que modifica la forma en que las empresas planifican, fijan precios y toman crédito.

El riesgo país cayó a 426 puntos básicos, con una hoja de ruta más creíble hacia el mercado voluntario de capitales, y las garantías del Banco Mundial y del BID bajaron el costo de financiamiento privado. El regreso del deal flow confirma la señal: Telecom y Telefónica reconfiguran el mapa de las telecomunicaciones, Louis Dreyfus compromete USD 400 millones en agroindustria, Tesla e YPF exploran proyectos de movilidad eléctrica. Cuando los estrategas mueven fichas, votan con el balance.

Esa es la primera velocidad. La financiera. Que se haya movido primero no es un problema: es exactamente el orden en que ocurren las recuperaciones sostenidas.

La mejora de las variables financieras antecede a la recuperación de la economía real.
La mejora de las variables financieras antecede a la recuperación de la economía real.

Dónde se juega la conversión

El desafío empieza abajo. La inversión acumula cuatro trimestres consecutivos de caída, el EMAE volvió a retroceder y el crecimiento del primer trimestre estuvo impulsado casi exclusivamente por el agro, la minería y las finanzas, mientras la industria, el comercio y la construcción todavía no acompañan.

La lectura convencional dice que la macro va más rápido que la micro y que en algún momento derrama. Es correcta en la dirección, pero incompleta en el mecanismo porque supone que la economía real está esperando. No está esperando, está adaptándose y el modo en que lo hace define cuánto de la recuperación va a poder capturar.

Lo que se observa no es solamente una desaceleración del consumo. Es una sustitución de calidad. Hogares, comercios y empresas reorganizan sus decisiones para gastar menos, aun cuando eso implique resignar calidad, formalidad y productividad. El consumidor baja de marca y de canal. Los comercios recortan estructura, surtido y servicios.

Muchas firmas priorizan el margen antes que la expansión: postergan mantenimiento, achican plantel calificado, reemplazan proveedores por otros más baratos y menos confiables, informalizan tramos de la cadena. La economía logra adaptarse, pero lo hace resignando valor agregado: exactamente lo contrario de la etapa que se busca inaugurar.

Visto desde arriba el sistema funciona: los volúmenes caen poco, los precios se ordenan, las empresas no quiebran en masa. Es una capacidad de adaptación notable. Pero tiene un precio asimétrico: una desaceleración se revierte cuando vuelve la demanda; una sustitución de calidad hay que reconstruirla. El equipo técnico que se fue no vuelve solo porque mejore el segundo semestre. El proveedor que salió del circuito formal no se regulariza solo.

De ahí surge la oportunidad concreta del momento: cuanto antes llegue la conversión, menos hay que reconstruir. Cada trimestre en el que la primera velocidad alcanza a la segunda es capital organizacional preservado. Ese es el retorno, hoy accesible de acelerar.

Las empresas buscan preservar capacidades mientras esperan una recuperación de la demanda.
Las empresas buscan preservar capacidades mientras esperan una recuperación de la demanda.Shutterstock

Hay sectores donde la conversión ya está ocurriendo. El agro, la minería, la energía y las finanzas no crecen por casualidad ni por suerte de precios: crecen porque ahí la estabilidad macro se encontró con reglas previsibles, horizontes largos y estructuras capaces de sostener proyectos de maduración lenta. Son condiciones exigentes, y no todas se replican por decisión de política. Pero muestran que la conversión es posible en la Argentina y, sobre todo, qué es lo que hace falta para que ocurra.

La brecha del momento no es entre la macro y la micro: es entre una economía que ya recuperó capacidad para financiar el crecimiento y otra que todavía no recibió las condiciones para producirlo. La primera está resuelta. La segunda es una agenda y las agendas se ejecutan.

Continuidad y Ejecución

La matriz de decisión de las compañías necesita anclarse en la continuidad del modelo, ni en el ciclo electoral. Ahí también hay avance concreto. En ABECEB seguimos la probabilidad de reversión con un indicador que integra cuatro dimensiones —político-social, institucional-regulatoria, normalización macro y adaptación microeconómica—. Entre principios de 2024 y junio de 2026 esa probabilidad cayó 25%. Las dos dimensiones que aún no acompañan, robustez regulatoria y transición de la estructura micro, son justamente las que definen la segunda velocidad. El trabajo pendiente no está en sostener lo logrado, sino en extenderlo.

El contexto internacional agrega urgencia y también premio. La Argentina ya no compite contra su pasado, sino contra otros países que buscan el mismo capital para energía, minería e infraestructura. Cuando todos ofrecen ventajas macro, la diferencia se construye en la capacidad de ejecutar.

Y ejecutar es la tarea más gobernable de esta etapa: depende menos de los mercados y más de decisiones propias. El campo de batalla ya no está en las grandes leyes, está en las reglamentaciones, la seguridad jurídica efectiva, la velocidad de los permisos, la infraestructura logística. Nada de eso exige un nuevo consenso fundacional, requiere gestión.

El reloj ya no mide la resistencia del programa económico. Mide su capacidad de convertir estabilidad en prosperidad. Es un examen más exigente que el anterior, pero también mucho mejor: por primera vez en años, el resultado depende sobre todo de nosotros.