

Una casa. La casa. Aquella de los recuerdos. De la infancia. De la enfermedad. De esa hepatitis lapidaria que, a sus 15 años, le prodigó una injusta unción de los enfermos. De los secretos. De los amores. Y de los temas que los adultos entendían de un modo tan dispar a la atenta, pura e ingenua mirada juvenil. Magdalena Ruiz Guiñazú presentó su tercer libro, La casa de los secretos, una novela que combina algunos hechos de ficción con un fuerte contenido autobiográfico.
"¿Por qué ocurrió esto? Es seguramente una pregunta que todos, en algún momento, nos hemos formulado. En especial cuando la vida comienza a ser una larga historia que se mira con perspectiva. Por mi parte, me lo he preguntado muchas veces. Sentía horror por la casa. Estaba infectada de recuerdos angustiantes y de esa sensación casatriste que atenazó mi adolescencia", comienzan así las primeras líneas del relato.
De un modo ameno y ágil, Ruiz Guiñazú hilvana con destreza una historia intimista, cuya trama se entrelaza con las cuestiones sociales y políticas que dominaron la época. La muerte de Eva Perón, la Revolución Libertadora y el bombardeo a Plaza de Mayo, la quema de las iglesias, entre otros episodios, son algunos de los temas históricos entre los que se enmarca la trama. "No percibir la enorme influencia de Perón y el peronismo en la vida política argentina sería desconocer la historia de nuestro país. Más allá de lo ajenos que puedan resultar sus postulados, ignorarlos no cabe en ningún análisis político". Y allí, delante de esta historia, siempre aparece la casa. Ese lugar donde Ruiz Guiñazú vivió durante aquellos jóvenes años y al que, cuatro décadas después, regresó para verlo reconvertido en un céntrico hotel boutique.
"- Hija mía, ya lo sé y mi responsabilidad es mucho mayor que la suya. Sin embargo, Úrsula, usted pertenece a la Iglesia Católica y la Iglesia no acepta el divorcio usted está cometiendo una desobediencia de tanta gravedad como el pecado que implica", dice el sacerdote a una de las mujeres protagonistas. Amores, e-namoramientos, pasiones y separaciones son, también, algunos de los puntos tratados. "La ley de divorcio proclamada por Perón (que fue derogada en 1955/56) ya existía en varios países latinoamericanos, como Uruguay por ejemplo. Incluso, en la novela se menciona que 'antes había que ir a Montevideo para divorciarse'", comenta.
A través de su mirada, la periodista describe una sociedad porteña en la que las pasiones solían disimularse en aras de una moral conservadora mientras el mundo atravesaba los tiempos de posguerra. "Las presiones sociales y religiosas que aparecen en la novela no pertenecen a estos tiempos. Creo que su anacronismo es parte de un cierto encanto en estas historias que son, por eso mismo, irrepetibles", describe.
El cuerpo narrativo va y viene. Y las figuras femeninas -algunas fuertes y valientes, otras distantes y complejas- ganan natural espacio dentro de las páginas. Y las historias que se tejen como trasfondo abren una puerta que permite repensar cómo se reconfiguró el rol de la mujer en las familias argentinas en los últimos 50 años. "Las mujeres seguimos siendo importantes en la configuración familiar. Lo maravilloso de estos tiempos es que la pareja es la que hoy comparte infinidad de situaciones que antes sólo estaban referidas a la mujer", observa. z we









