¿Quiénes celebran el Día del Periodista?

Mientras las felicitaciones transitan aún ida y vuelta por el ciberespacio a raíz del Día del Periodista, que se celebró el martes, valdría la pena preguntarse quiénes son exactamente los homenajeados.
La respuesta parece sencilla, pero en una época en que la información emana y se difunde por múltiples bocas y cuando 140 palabras en twitter presumen ser todo cuanto uno necesita para considerarse informado, las líneas de demarcación mediática entre quiénes son los periodistas y quiénes no lo son se vuelven cada vez más imprecisas.
El taxista que cuenta sus aventuras en La Nación, ¿es un periodista? Los expertos en cualquier disciplina, desde la economía a la jardinería, que escriben columnas en diarios y revistas o aparecen por televisión, ¿son periodistas?
Los deportistas, las vedettes, los políticos, los funcionarios, los filósofos, los psicólogos, los parricidas que son invitados a escribir, a comentar o a opinar, ¿también son periodistas?
Los charlatanes radiales, los humoristas sin gracia, los verseros del micrófono, los agoreros meteorológicos, los astrólogos, ¿también ellos son periodistas?
Los bloggers, los opinadores de todo, los críticos improvisados, los twitteros obsesivos, los foristas analfabetos, los desahuciados con laptop, ¿también ellos son periodistas?
Los propagandistas, los militantes, los escribas alquilados, los bajadores de línea, los censores, los comisarios de cultura, los desinformadores, ¿son también periodistas?
¿Puede el paraguas de la profesión contenerlos a todos? ¿Somos todos colegas?
Una profesión que no puede definirse no es una profesión sino una bolsa sin fondo donde entran todos sin tamiz. Si es posible explicar qué es un arquitecto, un ebanista, un cocinero o un albañil, ¿por qué resulta tan difícil precisar qué es un periodista?
Justamente porque existe tal confusión es que nadie siente demasiada simpatía por los periodistas.
Y el fenómeno no es nuevo.
Ya Homero cantó en la Ilíada: Ilustradme ahora, O Musas, habitantes del Olimpo. Porque sois vosotras diosas, estáis dentro de todo y lo sabéis todo. Pero nosotros, mortales, solo escuchamos las noticias y no sabemos nada de nada.
Balzac escribió un virulento tratado contra los periodistas de su tiempo, denunciando su vanidad venal, la mutabilidad de sus juicios y la influencia abusiva que ejercían sobre los gobiernos. Y otro tanto hizo Kart Kraus, maestro de Elías Canetti, quien sentenció No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista.
Schopenhauer pensaba que los periodistas son como perros: ladran cuando cualquier cosa se mueve. Y Abbot J. Liebling, un célebre colaborador de la revista The New Yorker, ironizó: La libertad de la prensa está limitada a aquellos que son dueños de una.
Y sin embargo, juzgar al periodismo por sus lacras es igual que juzgar a la música por las charangas de circo. Hubo y hay grandes periodistas que han señalado dónde la radica la excelencia de la profesión, cómo debe practicarse y cuáles son sus valores éticos. Al mismo tiempo, han cambiado muchas veces el curso de la historia, preservado la democracia y denunciado la injusticia, la opresión y la corrupción.
Pero tampoco ellos han gozado de gran simpatía por parte de los gobiernos y sus cohortes en la época que les tocó actuar, porque para aquellos en el poder, no hay nada más peligroso que la independencia. Pueden tolerar la mentira, la venalidad y la traición, porque están acostumbrados a practicarlas. Pero la independencia les resulta inaprensible, como un pan de jabón mojado.
Todos los intentos por convertir al periodismo en un instrumento de persuasión fracasan, porque la mentira tiene patas cortas. Joseph Goebbels puede haber pensado que si uno repite una mentira por suficiente tiempo, la gente termina creyéndola. Pero la historia ha demostrado que la premisa es efímera. La gente no necesita de la prensa para ser convencida: inventa sus propias teorías y busca corroborarlas.
Quienes piden un periodismo militante y comprometido, están pidiendo un periodismo que milite y se comprometa con las causas que ellos preconizan. Están pidiendo un espejo que no refleje.
No creo que el taxista de La Nación sea periodista; creo que es un buen contador de anécdotas que maneja un taxi. Tampoco creo que lo sean los expertos, los deportistas, los políticos, las vedettes y los chupamedias.
Si quieren una celebración, deberían buscarse otro día.

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