La economía mexicana empieza a mostrar señales claras de agotamiento, pero basta encender la televisión o escuchar por radio a los voceros del régimen para descubrir que, aparentemente, México vive una época dorada. Todo marcha bien. Todo es histórico. Todo es transformación. Y si algo sale mal, siempre existe una explicación lista: el neoliberalismo, los conservadores, los gobiernos pasados o algún enemigo imaginario convenientemente reciclado para la ocasión.

Sin embargo, la realidad económica es mucho menos generosa con el discurso oficial. El PIB de México cayó 0.8% durante el primer trimestre de 2026 y el crecimiento anual apenas alcanzó 0.2%, cifras que reflejan una economía prácticamente detenida. La industria retrocedió, el sector servicios perdió dinamismo y la inversión continúa mostrando señales de cautela frente a un entorno donde la incertidumbre política pesa más que los discursos triunfalistas.

Pero mientras la economía se desacelera, el gobierno continúa defendiendo sus grandes obras como si fueran símbolos sagrados que no admiten cuestionamientos. El problema es que las cifras terminan desmontando la narrativa épica.

Tomemos el caso de la Refinería Olmeca en Dos Bocas. Cuando fue anunciada, el costo estimado rondaba los 8 mil millones de dólares. Hoy, distintos análisis financieros y reportes internacionales estiman que el proyecto supera ya los 20 mil millones de dólares. Más del doble. Y aun así, la refinería continúa operando muy por debajo de las expectativas prometidas. México no alcanzó la autosuficiencia energética, pero sí logró construir una de las obras más costosas y opacas de las últimas décadas.

El Tren Maya tampoco escapó a la lógica del despilfarro. Originalmente se anunció con un costo cercano a los 140 mil millones de pesos. Actualmente, diversas estimaciones ubican el gasto total por encima de los 500 mil millones de pesos. Una diferencia monumental que los defensores oficiales intentan justificar hablando de “beneficio social”, aunque hasta ahora la rentabilidad financiera siga siendo incierta y las pérdidas operativas dependan del subsidio permanente del gobierno federal.

Y luego está el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, presentado como la gran alternativa austera frente al cancelado aeropuerto de Texcoco. Sin embargo, el costo total del AIFA ya supera los 116 mil millones de pesos considerando obras complementarias, conectividad y adecuaciones posteriores. Todo para una terminal que continúa operando muy por debajo de la capacidad prometida y cuya conectividad sigue siendo uno de sus principales problemas estructurales.

La pregunta incómoda es evidente: ¿dónde termina realmente todo ese dinero? Porque mientras el gobierno insiste en hablar de combate a la corrupción, las megaobras acumulan sobrecostos gigantescos sin consecuencias políticas relevantes ni explicaciones suficientemente claras. El discurso de austeridad desaparece misteriosamente cuando se trata de proyectos emblemáticos del régimen.

Los defensores de la llamada Cuarta Transformación responden con una devoción casi automática. No importa si los costos se triplican. No importa si las pérdidas aumentan. No importa si la economía se desacelera. La prioridad parece ser proteger la narrativa política antes que revisar los resultados reales.

El problema es que los datos económicos no responden a consignas. Pemex reportó pérdidas cercanas a los 46 mil millones de pesos en el primer trimestre del año. La deuda pública sigue creciendo. El gasto en subsidios aumenta. Y aunque el gobierno presume estabilidad macroeconómica, cada vez existe menos margen fiscal para sostener un modelo basado en transferencias sociales, obras monumentales y empresas estatales financieramente debilitadas.

Durante los últimos años, la popularidad presidencial ha funcionado como un escudo político capaz de contener cualquier crítica. Pero la economía tiene una característica brutal: tarde o temprano aterriza en la vida cotidiana de las personas. El ciudadano puede tolerar discursos polarizantes, mañaneras interminables, espectáculos “gratuitos” en las principales plazas públicas y propaganda gubernamental a través de una sonrisa tan falsa como un billete de 300 pesos, pero difícilmente ignora el aumento en los precios, la falta de crecimiento económico o la precariedad laboral.

Ahí comienza el verdadero desgaste de un proyecto político que convirtió la lealtad ideológica en sustituto de resultados. Porque defender lo indefendible puede funcionar en una mesa de debate, pero no alcanza para sostener una economía debilitada ni para explicar por qué las grandes obras del régimen terminaron costando cientos de miles de millones de pesos adicionales y como los elegidos del señor totalmente palacio han llenado sus bolsillos, en algunos casos incrementando sus fortunas y en otros tantos creando la nueva clase oligárquica del país.

La fe política podrá mover voluntades. Pero nunca ha logrado cuadrar las finanzas públicas.

*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.