

Después de capturar a Nicolás Maduro en Venezuela y de llegar a un acuerdo favorable para Estados Unidos por el tema Groenlandia, Donald Trump puso la mirada sobre el régimen teocrático de Irán.
Días atrás, en una publicación en su cuenta de Truth Social, el republicano reiteró que una “armada masiva” al Golfo y agregó que “se está moviendo rápidamente, con gran poder, entusiasmo y propósito”.
También advirtió que cualquier ataque sería mayor que los bombardeos estadounidenses contra tres instalaciones nucleares iraníes en junio.
El punto de partida de este nueva escalada de tensión fue su rechazo frontal al acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA). Trump considera que el pacto firmado por la administración Obama es“defectuoso en su esencia” y demasiado indulgente. Su argumento central es que el acuerdo solo ofrecía una solución temporal (debido a las cláusulas de caducidad) y no garantizaba que Irán jamás obtuviera un arma nuclear.
Además, criticó severamente que el levantamiento de sanciones permitiera al régimen acceder a miles de millones de dólares que, según su visión, no fueron invertidos en la población iraní, sino desviados para financiar conflictos en el extranjero.
En segundo lugar, la administración Trump puso el foco en las actividades “malignas” de Teherán que no estaban cubiertas por el acuerdo nuclear.
En la Casa Blanca buscan frenar la influencia regional de Irán, acusándolo de ser el “principal estado patrocinador del terrorismo”. Esto se refiere al apoyo financiero y militar que el régimen brinda a una red de milicias y grupos armados en Medio Oriente (como Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen y milicias chiitas en Irak).
Finalmente, el tercer pilar fue el programa de misiles balísticos y el reordenamiento geopolítico. Trump alineó su estrategia estrechamente con los intereses de Israel y Arabia Saudita, rivales regionales de Irán que se sentían amenazados por el arsenal de misiles de la República Islámica, un tema que el acuerdo de 2015 había dejado fuera de la mesa.
De hecho, en las últimas horas en Washington recibieron a altos funcionarios de defensa e inteligencia de ambos países para mantener conversaciones sobre el tema.
Los israelíes viajaron para compartir información de inteligencia sobre posibles objetivos dentro de Irán, mientras que los funcionarios saudíes trataron de ayudar a evitar una guerra regional más amplia presionando para que se llegue a una solución diplomática.
Aceptar las demandas de Trump o prepararse para una intervención
Ante este panorama, el líder supremo de Irán, Ali Jameneí, debe decidir si bebe el “cáliz envenenado” y acepta las demandas del presidente estadounidense Donald Trump o si hace frente a una eventual intervención militar, en el que es, quizás, uno de los momentos más difíciles de la República Islámica.
La expresión “beber un cáliz envenenado” se remonta a 1988 cuando el fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruholá Jomeiní, aceptó a regañadientes un alto el fuego de la ONU para poner fin a la guerra con Irak afirmando que no tenía más elección que beber ese veneno.
Ahora, Jameneí, de 86 años y 36 de ellos en el poder, se enfrenta a una disyuntiva aún mayor con el portaaviones estadounidense Abraham Lincoln y su grupo de escolta compuesto por tres destructores cerca de aguas iraníes y, sobre todo, las amenazas de Trump.
La República Islámica se encuentra en el que es quizás su punto más bajo en décadas tras aplastar hace semanas las protestas más violentas en su contra desde su fundación con al menos 6.221 muertos según la ONG Hrana, una galopante crisis económica y su peor sequía en décadas.
Trump afirmó ayer que la flota enviada “está lista, dispuesta y capacitada para cumplir rápidamente su misión, con rapidez y violencia, si es necesario”, comparó la situación con Venezuela, donde apresó a Nicolás Maduro, y exigió a Irán a cerrar un acuerdo.
No dio detalles del acuerdo que busca, pero según el New York Times consta de tres exigencias: el fin al enriquecimiento de uranio y la eliminación de sus reservas actuales; la limitación del alcance y el número de sus misiles balísticos, y el fin del apoyo a grupos regionales de Hamás, Hizbulá y los hutíes del Yemen.
Unas condiciones que ya fueron rechazadas por Irán durante las negociaciones que mantuvieron ambos países el año pasado y que llegaron a su fin con la guerra de los 12 días, iniciada por Israel y en la que EE.UU. participó con el bombardeo de las principales instalaciones nucleares iraníes.

Ahora, las autoridades iraníes mantienen el rechazo de “cuestiones irracionales” y de negociar bajo presiones militares.
“Si quieren que las negociaciones tomen forma, ciertamente deben abandonar las amenazas, las demandas excesivas y el planteamiento de cuestiones irracionales”, dijo ayer el ministro iraní de Exteriores, Abás Araqchí.
El jefe de la diplomacia iraní aseguró además que las Fuerzas Armadas del país “tienen los dedos en el gatillo” para responder a cualquier agresión.
Ali Shamkhani, asesor político y representante de Jameneí en el Consejo de Defensa del país, fue más lejos y aseguró que si es atacado Irán responderá con ataques a Tel Aviv y a todos los países que apoyen a Estados Unidos.
Analistas consideran escasas las posibilidades de que la República Islámica acepte unas condiciones que se acercan a una rendición.
Un asunto que quedó “en manos de Dios”
En estas circunstancias medios estadounidenses apuntan a varias posibilidades sobre la posible intervención militar, entre ellos que Estados Unidos lleve a cabo ataques contra objetivos militares de un alcance limitado o que, por otra parte, trate de eliminar al liderazgo iraní, incluido Jameneí, lo que abriría un escenario de consecuencias desconocidas.
Incluso, en las últimas horas, el Kremlin advirtió que el empleo de la fuerza contra Irán solo traerá caos y desestabilización a toda la región.
“Cualquier empleo de fuerza solo podría generar caos en la región y tener consecuencias muy peligrosas en términos de desestabilización de los sistemas de seguridad”, dijo el portavoz de la Presidencia rusa, Dmitri Peskov, en su rueda de prensa telefónica diaria.
“No creo que nadie pueda darte una respuesta sencilla sobre qué pasaría en Irán si el líder supremo y el régimen cayeran”, dijo por su parte ayer el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio.
“Aparte de la esperanza de que hubiera alguna posibilidad de tener a alguien dentro de sus sistemas, con quien se pudiera trabajar hacia una transición similar (a Venezuela)”, añadió el político.
Jameneí redujo sus apariciones públicas en los últimos meses y analistas consideran que se alejó de la gobernanza diaria, pero mantiene la autoridad final en las decisiones importantes, como sería un acuerdo con Estados Unidos.
Ayer publicó un mensaje en X con un vídeo de hace días en el que afirma que “la tarea del enemigo es asustar” y llama a no tener miedo.
“El asunto está en manos de Dios”, afirma en esa publicación.






