Hace un siglo, el economista Frank Knight sostuvo en un libro que, mientras algunos períodos históricos están marcados por riesgos medibles, otros están atravesados por una incertidumbre insondable.
Es una distinción que sobrevoló esta semana al Foro Económico Mundial. Las élites de Davos suelen ser hábiles para medir riesgos económicos y financieros. Algunas también modelan riesgos ambientales, como los fenómenos climáticos extremos. Pero pocas se sienten preparadas para la actual incertidumbre interna y geopolítica, que además se ve agravada por un cambio tecnológico sin precedentes.
Basta repasar lo ocurrido en los últimos días: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empezó amenazando con invadir Groenlandia y aplicar aranceles; luego pareció dar marcha atrás; y ahora presentó una desconcertante “Junta de la Paz”.
“No vemos ningún final para este caos”, se lamentó el responsable de riesgos de una gran farmacéutica. “De hecho, esperamos que se intensifique”.
¿Cómo pueden entonces los directores ejecutivos o los inversores descifrar semejante incertidumbre? A juzgar por los pasillos de Davos —que a menudo parecían una sesión de terapia para la alta dirección— hay cuatro lecciones clave.
La primera, y más evidente, es atender la advertencia de Mark Carney, quien afirmó esta semana que enfrentamos una “ruptura” geopolítica. En la práctica, eso implica el regreso de las tres “P”: populismo, proteccionismo y patriotismo extremo (o nacionalismo), de un modo que recuerda a los convulsos años de entreguerras, como señaló Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ante el WEF.
Esto ya provocó un reordenamiento de las cadenas de suministro, dado el fuerte impacto del proteccionismo sobre el comercio. Pero el nacionalismo también podría afectar a las finanzas. La historia muestra que las guerras comerciales suelen derivar en guerras de capital, como observó esta semana Ray Dalio, fundador de Bridgewater.
Los mercados de consumo también podrían cambiar. Una nueva encuesta del grupo de relaciones públicas Edelman, por ejemplo, muestra que los consumidores globales confían cada vez más en las marcas nacionales que en las extranjeras.

La segunda lección es prepararse para una mayor intervención estatal, enmarcada como capitalismo patriótico y populista. Trump lo ejemplifica: aunque el tema Groenlandia acaparó la atención de su discurso en Davos, llamó la atención que celebrara planes para imponer nuevos controles sobre la inversión inmobiliaria en Estados Unidos y las comisiones de las tarjetas de crédito.
Esto se suma a recientes movimientos de la Casa Blanca para intervenir en el mercado de títulos respaldados por hipotecas, así como en los sectores minero, energético y de defensa, por razones populistas y de seguridad nacional.
“Esto es capitalismo de Estado al cuadrado. ¡Nos estamos volviendo como China!”, se queja el economista Nouriel Roubini, quien sostiene que esto supera incluso lo prometido por Zohran Mamdani, el autodenominado alcalde “socialista” de Nueva York.
Europa todavía no imita del todo a Trump. Pero esta variante de capitalismo patriótico y populista podría expandirse con facilidad. Por eso, las empresas necesitan con urgencia saber cómo obtener tanto una “licencia gubernamental” como una “licencia social” para operar, como explica Ngaire Woods, directora de la Blavatnik School of Government de la Universidad de Oxford.
La tercera lección para los CEO es que nadie puede darse el lujo de quedarse en una cómoda cámara de eco. Un ejemplo es el caso de los aerogeneradores. En 2021, el presentador del movimiento Maga Tucker Carlson lanzó un documental que los atacaba como una malvada invención europea.
Pocos en las élites liberales prestaron atención o siquiera lo supieron; hoy nuestros sistemas de información son tribales. Pero el miércoles Trump arremetió contra esos aerogeneradores, sorprendiendo a los presentes. ¿La lección? No ignorar nada de lo que dicen los dirigentes políticos, por extraño o desagradable que parezca.
O, como vuelve a señalar Woods: aunque en tiempos inciertos los seres humanos tienden a refugiarse entre pares, necesitamos hacer lo contrario y abrazar más diversidad intelectual, no menos.
La cuarta lección, sin embargo, es no dejarse consumir por el pesimismo, otra reacción humana habitual ante la incertidumbre. Para ejecutivos e inversores, ignorar los escenarios positivos puede ser tan peligroso como subestimar los negativos.
Tomemos nuevamente a Estados Unidos. Cuando Trump desató una “ruptura” de políticas hace un año, proliferaron los pronósticos sombríos. Sin embargo, como se jactó el presidente en Davos, la economía estadounidense está en auge en 2026, gracias a una combinación de estímulos monetarios, fiscales y regulatorios.
Más llamativo aún, funcionarios estadounidenses dijeron al auditorio de Davos que el crecimiento anual pronto superaría el 5%. Puede ser un exceso de optimismo; muchos CEO ya murmuran sobre una desaceleración hacia fin de año. Pero el patrón muestra los riesgos de ignorar los escenarios favorables.
Por eso, casi ningún ejecutivo con el que hablé esta semana planea alejarse de Estados Unidos, más allá de lo que piense de la política. Y por eso grandes inversores me dicen que no abandonarán el dólar, aunque se cubran con oro.
Dicho de otro modo: la única respuesta racional al torbellino desatado por Trump esta semana en Davos es diversificar al máximo, salir de la cámara de eco y ejercitar la imaginación sobre el futuro. Y luego volver a Risk, Uncertainty and Profit para recordar que no es la primera vez que la humanidad enfrenta este desafío —y sobrevive—.




