Durante años, Davos fue el escenario natural para celebrar el comercio global, las cadenas de valor extendidas, los acuerdos multilaterales y la cooperación. Era el espacio que sostenía un conjunto de reglas compartidas que -con sus defectos- traían cierta previsibilidad. Pero en Davos 2026 el tono cambió a tono con el escenario global. El entusiasmo de la integración como destino inevitable está siendo reemplazado por una tensión propia de un mundo que se fragmenta.

En los discursos ya no domina la palabra cooperación, sino seguridad. Seguridad energética. Seguridad industrial. Seguridad alimentaria. Seguridad tecnológica. Estados Unidos volvió a hablar en clave “America First”; Europa respondió con alarma frente a un mundo que percibe “sin reglas”; y China insistió en advertir sobre unilateralismo y proteccionismo. En un foro que nació para celebrar la interdependencia, lo que se escucha ahora es otra música: bloques, presión, soberanía y seguridad.

Ese giro ya se ve en decisiones concretas: relocalización industrial, nearshoring, friendshoring, subsidios estratégicos, control tecnológico, presión regulatoria y competencia abierta por materias primas y territorios. La economía mundial se está reconfigurando, y la consigna que asoma no necesita demasiadas explicaciones: primero lo nuestro, después lo de nuestros aliados -y sólo si conviene, el resto. ¿O acaso, en realidad, siempre fue así, solo que ahora dejó de disimularse?

La preocupación ya no pasa por cómo crecer juntos, sino por cómo garantizar abastecimiento y control de recursos en un contexto donde las alianzas se vuelven frágiles y la confianza deja de ser automática. El contexto actual de incertidumbre empuja a los países a blindar su acceso a recursos estratégicos. Ya no se compite por precios, se compite por garantizar energía confiable, logística estable, suministro de insumos críticos, trazabilidad, resiliencia climática y capacidad industrial frente a shocks.

En este mundo fragmentado, la sostenibilidad -entendida como gestionar negocios y proyectos considerando de forma real sus impactos sociales y ambientales- deja de ser un tema de reputación corporativa o de “buenas prácticas” y pasa a ser infraestructura crítica de soberanía.

En un tablero donde lo que domina es la seguridad, la sostenibilidad se vuelve condición de acceso a mercados, a capital y a cadenas de valor. Y, a la vez, se transforma en una ventaja competitiva concreta: ordenar el perfil de riesgo y financiamiento para evitar que la incertidumbre encarezca el capital, construir confianza, demostrar continuidad operativa y ganar resiliencia desde logística hasta suministro energético.

Litio, cobre, níquel y otros insumos se convirtieron en la base del nuevo ciclo tecnológico por tres fuerzas que se retroalimentan: la electrificación (vehículos, redes, almacenamiento), la digitalización de la economía y el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial.

El rally de precios en metales como el oro y la plata de los últimos meses lo ratifica: en contextos de volatilidad, los metales vuelven a funcionar como refugio y termómetro de incertidumbre, incluso más allá de la transformación tecnológica.

La IA no es virtual, sino que se sostiene sobre infraestructura física intensiva en energía. Los centros de datos, las redes y la transmisión eléctrica requieren capacidad instalada y materiales en escala. Por eso la competencia global no pasa solo por el software o los chips, sino por asegurar energía, infraestructura y minerales que hacen posible esa nueva economía. Detrás de la innovación hay una realidad material que sigue requiriendo de energía, minerales y logística.

Para las empresas argentinas, este nuevo contexto implica oportunidades concretas. Argentina tiene energía diversificada, minerales críticos (como litio, cobre y otros), alimentos, biodiversidad y talento; activos que el mundo necesita y que ganarán valor.

Pero en un tablero donde se buscan proveedores estables, el desafío también es claro. No alcanza con producir, sino que también hay que demostrar origen, trazabilidad, cumplimiento, sostenibilidad y estabilidad. Demostrar capacidad de entregar en tiempo y forma. Demostrar continuidad frente a shocks. Y, sobre todo, construir confianza.

Argentina ya vivió ciclos de abundancia de recursos sin traducirlos en desarrollo. Por eso, el punto no es “tener recursos”, sino cómo se gestionan y capitalizan. En este mundo fragmentado, el país puede resignarse a exportar naturaleza barata o puede construir una propuesta de valor que se basa en nuestra riqueza de recursos, pero también incluye cadenas de valor integradas, estándares, trazabilidad, hoja de ruta e institucionalidad. Y sobre todo, en la capacidad de transformar esa riqueza en mejor calidad de vida para su gente.

Fuente: EPA/KEYSTONEMICHAEL BUHOLZER

El viejo orden no va a volver, pero eso no es necesariamente una tragedia. Es, sobre todo, una invitación a tomar decisiones con el mundo tal como es. Para Argentina, el riesgo no está en el cambio, sino en repetir el reflejo de siempre de vender recursos sin estrategia, discutir en corto e improvisar. El desafío está en ser capaces de construir confianza, sumar valor y capacidades, profesionalizarse y convertirse en un proveedor serio en un tablero donde lo que se compra no es solo producto, sino estabilidad.

Este mundo de inestabilidad y volatilidad es, en algún sentido, un mundo “argentinizado”. Cambian las reglas, se alteran los escenarios, aparecen shocks. La planificación lineal se vuelve una fantasía. Y si algo sabemos hacer los argentinos es adaptarnos. Si logramos transformar esa habilidad en estrategia, podemos pasar de sobrevivir a crecer. A partir de la fractura, todavía es posible construir algo mejor.