Aun con un tipo de cambio “poco competitivo”, el titular de Economia, Luis Caputo, logró hilar un ciclo completo de superávits comerciales que, sólo en el primer trimestre de 2026, superan los u$s 5500 millones.
Entre enero y marzo, las exportaciones rondaron los u$s 22.000 millones con un salto interanual de 17%. La cifra, positiva para acumular reservas y ordenar el frente macroeconómico, rompe con una idea casi incuestionable: sin un tipo de cambio alto, no hay exportaciones.
“Argentina está logrando algo que hasta hace poco parecía contradictorio: combinar superávit externo, exportaciones en fuerte crecimiento y un tipo de cambio real multilateral (TCRM) que se viene apreciando”, investigador senior de la Universidad Austral.
En este escenario heterogéneo, los especialistas advierten que la clave ya no es el precio de la divisa como único motor, sino una competitividad estructural que hoy descansa, principalmente, en los sectores con mayores ventajas comparativas.

El escenario actual está rompiendo los manuales. Lo relevante, según Pereira, es que el motor de las exportaciones no son los precios internacionales, sino las cantidades: Argentina está vendiendo más volumen físico de productos al mundo.
El fin del “castigo” al exportador
¿Cómo se explica esta paradoja? Para el investigador senior del del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones (CIG), la respuesta no está en la pizarra del Banco Central, sino en la limpieza del sistema regulatorio.
“Cuando se deja de castigar al que exporta, la actividad empieza a ser rentable, incluso si el tipo de cambio no juega a favor”, explicó.
Entre 2011 y 2024, el país acumuló un “sesgo antiexportador” compuesto por cepos, retenciones, trabas administrativas y permisos discrecionales. El desmonte de estas distorsiones en los últimos dos años ha funcionado como un resorte para el sector privado, compensando la pérdida de competitividad-precio con una mayor libertad operativa.
Una economía a dos velocidades
Aunque el panorama es alentador, la nota de cautela la pone la composición de estas ventas. El informe destaca que el crecimiento actual convive con un TCRM en niveles que, históricamente, se asociaron al “atraso cambiario”. Esto genera una división en el aparato productivo.
Por un lado, sectores de elite como las Manufacturas de Origen Industrial (MOI) —especialmente metales, químicos y transporte— están liderando el crecimiento, demostrando que la eficiencia y la innovación pueden ganarle a la inflación en dólares.
En cambio, a medida que el peso se fortalece, el margen de maniobra se achica para las empresas menos productivas y las PyMEs, lo que amenaza con concentrar el superávit en un puñado de grandes compañías vinculadas a recursos naturales.
El espejo de la Convertibilidad
El análisis de Pereira invita a mirar el pasado para entender el presente. Durante la Convertibilidad, con un dólar fijo y apreciado, las cantidades exportadas crecieron un 130%. En contraste, tras la devaluación de 2002, con un dólar “por las nubes”, el crecimiento fue mucho más modesto.

La lección es clara: la estabilidad macroeconómica, el acceso al crédito y la apertura comercial son factores más determinantes para el desarrollo que el simple valor de la moneda.
Aun así, el especialista advierte por los desafíos para que esta “buena foto” actual se convierta en una “película” de desarrollo sostenible.
En ese sentido apunta a frenar el deterioro del TCRM para evitar que la apreciación se vuelva insostenible; consolidar la desregulación y eliminar definitivamente cualquier rastro del sesgo antiexportador.
A la par, sugiere reconstruir la base de empresas exportadoras para diversificar la oferta y darle mas oportunidades de competir a las pymes.
Todo bajo una estrategia geopolítica que alinee la oferta argentina con los grandes centros de demanda global, donde hoy el país tiene poca presencia.

“Si la apreciación cambiaria persiste y no se corrigen las debilidades estructurales, el riesgo es consolidar una estructura exportadora cada vez más concentrada y menos diversificada", alertó Pereira.
En definitiva, el dólar ya no explica todo pero obliga a mirar más allá: a la productividad, a la innovación, a la inserción internacional y, sobre todo, a la calidad de las políticas públicas.
Porque, según el analista, la experiencia argentina muetsra que el tipo de cambio puede ser “la llave” pero la puerta del desarrollo exportador sostenible se abre con algo más complejo: una estrategia de largo plazo, estabilidad y construcción de competitividad estructural.






