Cuando se habla de igualdad, casi siempre pensamos en repartir mejor lo que ya existe. Hay otra forma de igualar, menos discutida: darle a quien empieza desde atrás las herramientas para crecer. El crédito, bien usado, cumple exactamente esa función. Y para aprovecharlo hace falta algo que seguimos enseñando poco y tarde: educación financiera.

Empecemos por el tamaño del problema. El crédito al sector privado en la Argentina equivale hoy a alrededor del 12,7% del PBI, contando pesos y dólares. En Brasil ronda el 70%. En Chile supera el 100%. Paraguay y Bolivia están cerca del 60%. Somos el último puesto de la región, y ni siquiera es nuestro peor registro: a comienzos de 2024 el ratio había tocado un piso cercano al 5%, y en los años noventa llegó a superar el 25%. La recuperación de los últimos dos años es real y bienvenida, pero conviene saber desde dónde venimos y hacia dónde deberíamos ir.

Ese número explica más de lo que parece. Un sistema financiero de ese tamaño no financia proyectos: financia consumo de corto plazo. En 2019, cuando el Banco Central midió la penetración de cada instrumento, el 32% de los adultos tenía financiación con tarjeta de crédito y apenas el 0,7% un crédito hipotecario. Un país entero pagando en cuotas la heladera y prácticamente nadie financiando una casa. No es una preferencia cultural. Es lo único que el sistema podía ofrecer.

Y conviene ser preciso sobre por qué. No hay hipotecas porque durante décadas no hubo moneda: sin una unidad de cuenta que preserve valor, nadie presta a veinte años ni nadie se anima a tomarlo. Un banco que capta depósitos a treinta días y presta a dos décadas está tomando un riesgo que ninguna regulación seria le permitiría. La inflación no encareció el crédito hipotecario: lo hizo inexistente.

La segunda razón es igual de concreta. Un mercado de crédito largo necesita inversores de plazo largo, y eso significa fondos de pensión. En 2008 la Argentina eliminó los suyos: los casi 100.000 millones de pesos de entonces —unos u$s 30.000 millones— que administraban las AFJP pasaron al Fondo de Garantía de Sustentabilidad. Chile, que conservó el suyo, tiene hoy AFP que gestionan alrededor de u$s 220.000 millones, cerca del 70% de su PBI, y por eso puede financiar al sector privado a tasas bajas y plazos largos. No es casualidad que su crédito supere el 100% del producto y el nuestro no llegue al 13%. Decidimos consumir el ahorro de largo plazo y después nos sorprendimos de que no hubiera crédito de largo plazo.

Falta todavía una pieza, y es la que menos se discute. El ahorro no llega solo al que lo necesita: hace falta un canal que lo conecte, y ese canal es el mercado de capitales. Del lado del ahorrista, porque ofrece alternativas para colocar dinero a plazo en lugar de renovar un depósito cada treinta días. Del lado de quien busca fondos, porque el banco no es la única puerta: una empresa puede financiarse emitiendo deuda —obligaciones negociables, fideicomisos financieros, cheques de pago diferido en el caso de las pymes — o directamente incorporando socios a través del capital. Endeudarse no siempre es la mejor opción, y una compañía que sale a la bolsa consigue fondos para crecer sin comprometer un flujo de pagos futuro.

En materia de vivienda esa pieza es directamente decisiva. Ningún banco puede sostener a escala una cartera de préstamos a veinte años financiada con depósitos a treinta días. La salida conocida en el mundo es la securitización: el banco origina la hipoteca, cede la cartera a un fideicomiso que emite títulos en el mercado, recupera liquidez y vuelve a prestar. Quien queda con el riesgo de largo plazo es el inversor institucional, que es precisamente quien debe tenerlo. La CNV ya creó un régimen especial para estos fideicomisos hipotecarios, y a comienzos de este año un banco colocó obligaciones negociables en UVA por casi 100.000 millones de pesos con el objetivo explícito de fondear hipotecas. Es poco, pero es el camino correcto. Fannie Mae no inventó nada distinto, y gracias a eso un estadounidense promedio puede tomar una hipoteca a treinta años de tasa fija.

En ese contexto, palabras como “crédito” o “deuda” generan rechazo, y se entiende. Nuestra historia dejó demasiadas malas experiencias. Pero una cosa es el mal uso del crédito y otra muy distinta el instrumento en sí.

El crédito bien utilizado es una de las herramientas más potentes de movilidad social. Quien nace en una familia con patrimonio puede financiar estudios, abrir un negocio o comprar herramientas con recursos propios. Quien no tiene ese respaldo necesita otra vía para acceder a las mismas oportunidades. El crédito no crea riqueza por sí solo, pero permite adelantar en el tiempo proyectos que, de otro modo, tal vez nunca ocurran.

Conviene desterrar también otra idea equivocada: que el crédito es un tema de quienes tienen menos. Hoy un profesional con su primer empleo difícilmente pueda comprar una vivienda solo con su salario. Progresar depende de tres factores que tienen que convivir: mejores ingresos, capacidad de ahorro y acceso a crédito de largo plazo. Cuando el financiamiento queda reservado a quienes ya tienen patrimonio, las oportunidades dejan de depender del esfuerzo y pasan a depender del lugar donde uno nació.

No todo crédito es igual, claro. Está el que construye patrimonio —educación, vivienda, herramientas de trabajo, una inversión que genera ingresos futuros— y está el que adelanta consumo a tasas altas para comprar bienes que desaparecen rápido. La diferencia no está en el monto sino en el destino. De hecho, buena parte del crédito funciona como un mecanismo de ahorro: cada cuota de una hipoteca aumenta el patrimonio del propietario, y algo parecido ocurre con el préstamo que financia el vehículo con el que se trabaja. Endeudarse, en esos casos, no es lo contrario de ahorrar. Es otra manera de construir patrimonio.

Ahora bien, ampliar el crédito sin ampliar el conocimiento tiene consecuencias medibles, y ya las estamos viendo. La morosidad del sector privado pasó del 2% en marzo de 2025 al 7% un año después. Más de un cuarto de quienes habían tomado préstamos dejaron de ser sujetos de crédito por haber entrado en mora. Es decir: la expansión más rápida en años se está chocando contra un límite que no es de oferta ni de tasa, sino de capacidad de las familias para evaluar qué estaban firmando.

Y ahí aparece el dato incómodo. Según la encuesta global de alfabetización financiera de S&P, solo el 28% de los adultos argentinos maneja los conceptos financieros básicos, contra un 33% del promedio mundial. La medición del Banco Central junto con CAF ubicó al país en el puesto 36 de 39 en comportamiento financiero. Somos, eso sí, de los que mejor entienden qué es la inflación: aprendimos a fuerza de padecerla. Lo que no aprendimos es todo lo demás.

No es un problema de inteligencia. Es el resultado de crecer en un país donde la economía fue impredecible durante décadas. Aprendimos a sobrevivir en el corto plazo, a desconfiar del sistema financiero y a improvisar. Pocas veces entendimos las reglas detrás de esas decisiones.

Terminamos el colegio sabiendo historia, geografía y ciencias, pero sin entender cómo funciona una tasa de interés, qué implica financiar una compra con la tarjeta o por qué el costo financiero total no es lo mismo que la tasa nominal. Son conocimientos que usamos toda la vida y que casi nadie nos enseñó. Entender qué tasa se paga, comparar alternativas, calcular el costo total y asumir cuotas sostenibles no es intuitivo. Se aprende.

Ahí está la verdadera deuda pendiente: incorporar educación financiera desde los primeros años de escuela. No hace falta formar especialistas en mercados. Alcanza con enseñar a administrar dinero, a ahorrar para un objetivo, a comparar antes de comprar y a distinguir una deuda sana de una que puede terminar mal.

Y hay mejores herramientas que un manual. Los chicos aprenden jugando; lo sabemos hace décadas y sin embargo seguimos insistiendo con la teoría. Un buen simulador, videojuego o experiencia interactiva enseña en pocas horas por qué el ahorro tiene valor, cómo funciona el interés compuesto y qué separa una buena deuda de una mala. Administrar un presupuesto con consecuencias concretas deja marcas más profundas que memorizar definiciones.

Aprender a manejar dinero no debería ser más aburrido que aprender a andar en bicicleta.

Porque de eso se trata la igualdad que vale la pena: no de bajar a quienes están arriba, sino de darle a más gente la posibilidad de subir. El crédito sigue siendo una de las herramientas más efectivas para lograrlo, pero el orden importa y no es opcional. Primero una moneda que preserve valor. Después ahorro de largo plazo y un mercado de capitales que lo canalice, por deuda o por capital. Recién entonces crédito. Y en paralelo, gente formada para usarlo.

Las tres primeras condiciones dependen de decisiones de política que llevamos décadas equivocando y recién ahora empezamos a corregir. La cuarta es mucho más barata: se enseña en la escuela. Sería una pena terminar de construir el ascensor y descubrir que nadie sabe dónde está el botón.