Al promediar el gobierno de Javier Milei, la cuestión social ha pasado a ocupar el centro. Los dos primeros años la agenda giró alrededor de la economía y la política exterior, y ambas variables convergían en un mismo ámbito: la relación con los Estados Unidos.

Milei centró en este punto su accionar y, aunque no hubo resultados espectaculares, logró una baja del riesgo país y una mejora en los títulos de Argentina que le permitieron mostrar un éxito, aunque todavía la Argentina no está en condiciones de salir al mercado.

En ese contexto, el tema social quedó relegado, lejos de un lugar central. El Gobierno, a su vez, logró que el conflicto social no derivara a situaciones que se fueran de control, evitando desbordes.

Pero en los últimos meses la situación empezó a cambiar. Esta modificación no es sólo cuantitativa, también tiene que ver con factores sociales y psicológicos. Es que la mejora producida inicialmente por la estabilización alrededor de la inflación fue perdiendo significación a medida que pasaban los meses.

El creciente desempleo ha pasado a ser el problema central.
El creciente desempleo ha pasado a ser el problema central.Dominic Kurniawan/Unsplash

El creciente desempleo ha pasado a ser el problema central. Esta era una variable que aparecía en forma aislada y sin manifestaciones colectivas. Esto ha dejado de ser así ahora, en especial en el Gran Buenos Aires, y quizás sea el desafío social más importante que enfrenta la Administración Milei para la segunda parte del mandato. Es que no resulta fácil dar una respuesta a este problema en el corto o incluso en el mediano plazo.

Pero el aumento del desempleo va de la mano de otro problema central: la caída en el poder adquisitivo, es decir, la disminución de la capacidad de compra del salario de los trabajadores. En este caso, tampoco será fácil revertir el cuadro en el plazo que queda hasta el próximo año y medio, que es cuando comenzará a jugarse la definición de la elección presidencial.

Tanto el desempleo como la caída del ingreso afectarán la situación social el próximo año y medio. Y aunque no va a ser una situación generalizada, sí impactará en algunos promedios.

Los indicadores de consumo muestran una caída permanente, más por goteo que de forma abrupta. Este descenso gradual del poder adquisitivo impacta de forma diferente dependiendo de cada sector, pero se está dando una tendencia generalizada. Es decir, que al desempleo se suma la caída del poder adquisitivo de los salarios.

Pero a esta situación de aumento del desempleo con caída del poder adquisitivo estaría sumándose el incremento del trabajo informal o en negro. Se trata de un fenómeno creciente en los últimos dos años. El trabajo informal es el que ha compensado o amortiguado la caída del empleo en blanco, pero el trabajador en estas condiciones tiene un ingreso que, en promedio, es entre un 25% y un 50% más bajo que el trabajador formal. Esta es la clave que está deteriorando fuertemente el poder adquisitivo de los salarios.

Se constituye así una tríada (aumento del desempleo, caída del poder adquisitivo e incremento del trabajo informal) que, sin embargo, no parece ser hasta el momento un problema central para el Gobierno. Esto se debe, en parte, a que las últimas movilizaciones por el Día del Trabajo (el acto realizado por la CGT, el que hicieron los sectores combativos del peronismo y el materializado por el Partido Obrero) no llegaron a ejercer la presión esperada y se limitaron a ser expresiones de carácter más político que social.

Es así como el desempleo, la caída de salarios y el trabajo informal están creando una situación social difícil que no tiene una manifestación correspondiente en el plano social. No hay una conducción sindical unificada. El nuevo triunvirato elegido para conducir la CGT está integrado por dirigentes sin experiencia que todavía no han logrado hacer pie en la conducción sindical. La histórica relación del sindicalismo con el peronismo está flexibilizada y carece de la unidad y cohesión que tuvo en épocas anteriores.

La cuestión es que el trío desempleo, caída del poder adquisitivo y aumento del trabajo informal tiene por delante un frente sindical más bien desarticulado. Pero esto puede cambiar. Es más, al promediar 2026, hay señales que muestran una tensión social creciente. Quizás ella se muestre más en ámbitos informales que formales, pero de igual manera no debe desatenderse. Es que, junto a los reclamos sociales por la disminución de las prestaciones del Estado, aparecen diversos reclamos que generan situaciones, agrandadas o no, en la educación y la salud.

En definitiva, la Argentina no se encuentra frente a un estallido social ni mucho menos, pero sí frente a un problema creciente que probablemente necesita mayor atención. Aunque el Gobierno en los últimos días ha comenzado a percibir ciertos datos positivos en materia económica, la cuestión clave de cara al futuro es si llegarán a percibirse plenamente a mediados del año que viene, cuando comience la contienda electoral.