

El 2025 no fue un año lineal para el mercado argentino. Puede leerse, más bien, como la superposición de tres períodos bien diferenciados, cada uno con implicancias concretas sobre el crédito, la asignación de capital y la toma de decisiones empresariales. Comprender esa secuencia no es solo un ejercicio de balance, sino una condición necesaria para pensar estratégicamente el 2026.
Los primeros seis meses mostraron una economía relativamente estable. Hubo crecimiento, cierto ordenamiento macroeconómico y señales de convergencia que permitieron recomponer expectativas. Sin tratarse de un ciclo expansivo pleno, fue una etapa en la que hubo previsibilidad y las decisiones comenzaron a alinearse bajo reglas más claras.
A partir de junio, el mercado entró en un segundo período sensiblemente más exigente. La incertidumbre política derivó en una restricción más marcada de la oferta monetaria, que se tradujo rápidamente en tasas de interés más altas. Ese tramo del año impactó de lleno en el costo del financiamiento y en la dinámica del crédito, con efectos especialmente visibles en las empresas medianas y pequeñas, de menor capitalización y mayor dependencia del sistema financiero. El crecimiento se frenó, el financiamiento se encareció y la mora comenzó a aumentar. No fue una recesión tradicional, pero sí una economía que perdió impulso.

El tercer período se abrió después de las elecciones legislativas. El respaldo político obtenido por el gobierno impactó de manera directa en las expectativas y en el comportamiento de los agentes económicos. Adicionalmente, la relajación gradual de la restricción monetaria y la baja de tasas devolvieron algo de oxígeno al sistema y ordenaron el punto de partida desde el cual pensar decisiones que trascienden el corto plazo en un contexto donde persisten temas estructurales que el gobierno está abocado a resolver.
Este recorrido aporta claves para entender por qué 2026 se proyecta como un año de transición y, al mismo tiempo, de transformación estructural. Todo indica que el mercado argentino empieza a moverse hacia una lógica más propia de un mercado de capitales tradicional: menos dominado por la urgencia y los negocios transaccionales; y más orientado a la asignación eficiente de recursos, la planificación y la construcción de valor en el tiempo.
Para las empresas, esto implica un rol más activo de la gestión financiera. La liquidez deja de ser solo una posición defensiva de cobertura de tipo de cambio y pasa a integrarse de manera más explícita en la estrategia: administrar plazos, optimizar excedentes y sostener capital de trabajo mientras se evalúan oportunidades de inversión productiva. En un contexto de mayor previsibilidad, la calidad de estas decisiones empieza a marcar diferencias.
Del lado de los individuos, el desafío es similar y, en gran medida, cultural. Durante años, la estrategia predominante fue preservar valor en dólares, muchas veces sin una evaluación integral del desempeño de la cartera. El nuevo ciclo obliga a ampliar esa mirada, no solo por el cambio de coyuntura local, sino también por el internacional. Los inversores deben empezar a pensar en términos de retorno total para sus carteras evaluando no solo el allocation ideal en términos de clases de activos, sino también términos de monedas. Métricas básicas de finanzas como retornos ajustados por riesgo volverán a tener un papel central.
Nada de esto ocurre en aislamiento. El contexto global seguirá siendo un factor determinante: no solo la evolución del crédito internacional, el financiamiento de la innovación tecnológica y los movimientos en el mercado energético pueden acelerar o tensionar este proceso, sino también el marco político internacional y los conflictos bélicos existentes, En economías emergentes como la argentina, una correcta interpretación de las implicancias de estas variables es tan relevante como leer adecuadamente la coyuntura local.
El balance de 2025 deja una señal clara. El mercado argentino empieza a dejar atrás una lógica dominada por la reactividad a los cambios coyunturales para avanzar, de manera todavía incipiente, hacia una lógica de decisiones estratégicas de largo plazo en la asignación de inversiones. En ese tránsito, la ventaja competitiva ya no pasa por prever el próximo sobresalto, sino por tomar decisiones que resistan el paso del tiempo. Cuando la emergencia deja de ser el centro, lo que distingue a los actores es la calidad de sus decisiones.


