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Sábado 20.12.2014 | 21:24
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Opinion
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Observando los desbordes sociales violentos (de todo tipo) a los que hemos asistido este fin de año, la crispación de nuestra sociedad, y la asombrosa falta de reacción de nuestras autoridades nacionales, parece fácil concluir que los argentinos hemos extraviado la virtud del civismo. Ella se edifica no sólo sobre la idea de que -para una sociedad con grupos e intereses distintos- es ciertamente posible procurar -todos juntos- el bien común, sino también sobre una convicción compartida acerca de la legitimidad de las instituciones encargadas de establecer las reglas y resolver los conflictos.
El civismo es un dique tanto al ejercicio abusivo del poder por parte de quienes lo detentan, como a la obstrucción, desmanes y violencia de quienes no lo tienen, pero lo procuran.
Entonces -como actitud- modera las pasiones con las que algunos creen que deben defender sus intereses o ideales. Es todo lo contrario del fascismo y la antítesis del rufianismo o patoterismo. Por ello el civismo es incompatible con el populismo, que con frecuencia enciende irresponsablemente el fanatismo y los resentimientos, para provecho propio.
El civismo es una actitud, un estilo y una forma de conducta. Supone aceptar el pluralismo y la diversidad. Y respetar la dignidad de todos por igual. Es esa actitud que, en definitiva, regula las conductas sociales entre los individuos y las de éstos con el Estado. Es más, el civismo es también una manera de entender la política que parte del supuesto que -pese a los antagonismos propios de los fenómenos sociales, que nunca se detienen- todos somos parte de una misma sociedad, y compartimos un destino común. Por ello, ausente el civismo, los conflictos suelen ser intensos, sino violentos o desmadrados.
La noción de sociedad civil es distinta. Supone la existencia y el respeto de algunas instituciones, tales como: gobiernos representativos; pluralidad de partidos políticos; elecciones libres y regulares; sufragio universal; libertad de prensa y de opinión; libertad de asociación; justicia imparcial e independiente; respeto por el derecho de propiedad y por la santidad de los contratos. Sin ellas, simplemente, no hay sociedad civil. Puede, no obstante, haber movimientos sociales, incluyendo los por todos conocidos que pueden caracterizarse como “no-espontáneos” por estar sumisos a intereses y ser funcionales a ellos. Y los -también de esta última categoría- que son violentos. Una sociedad totalitaria es la antítesis de una sociedad civil, porque esta última tiene vida propia, más allá del Estado. Por todo esto, el marxismo leninismo rechaza la existencia de la sociedad civil y -en rigor- la combate.
Pero la mera presencia de las instituciones no es, en sí misma, garantía para la existencia de paz en una sociedad civil, un mínimo de civismo en los actores es también condición indispensable. Sin él, no hay respeto. Ni tolerancia. Todo es autoritarismo o corrupción. La animosidad se afinca en la sociedad y, de pronto, no reconoce límites, ni en su vulgaridad, ni en su recurrencia a la violencia.
Por todo esto, sin civismo no hay tranquilidad en el orden. De allí el peligro de haberlo extraviado. Algunos deberán asumir la responsabilidad histórica de haber sido los causantes de lo que sucede, producto de una siembra -tan perversa como constante- de divisiones, enfrentamientos y odios en nuestra sociedad y -peor- de la negativa al juramento sagrado que obliga a las autoridades elegidas por el pueblo a “cumplir y hacer cumplir la ley”. Esto es, a gobernar. Nada menos.
El psicólogo Michael Bader sostiene que la paranoia social es sólo respuesta natural al nivel de sufrimiento impuesto por las crisis económicas de magnitud. Lo que con frecuencia deriva en “echarle la culpa” a otros o “crear enemigos” a quienes perseguir. En este ambiente no es imposible que una administración termine en el desprestigio, más por su propio suicidio, que por muerte natural.
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