

Cubierto por el oro de los Andes, el altar de la iglesia de San Francisco, en Quito, hace gala del caprichoso barroco impuesto por la estética colonizadora. Inevitablemente, los ojos se pierden en centenares de detalles, frisos, adornos y columnas que brillan con fastuosa imponencia. Al admirarlos, súbitamente resulta muy sencillo comprender cómo, a lo largo de la historia, la capital ecuatoriana ha oscilado entre el esplendor y la dominación.
Allá por el siglo XIII, la ciudad era el próspero centro del Reino de los Quitus, que más tarde fueron dominados por los Incas, estableciendo allí la floreciente capital norte de su imperio. En esa época nacieron monumentales construcciones, que durante los siglos XVI y XVII los españoles se encargaron de destruir para levantar en su lugar fabulosos templos que multiplicaban la magnificencia de los anteriores. Como demostración de poder, utilizaron los mismos cimientos de piedra incaica, y cubrieron los interiores de los santuarios con la resplandeciente riqueza americana.
Al bajar las escalinatas de San Francisco, Quito devuelve la imagen paradojal de una urbe que fue llamada "la Florencia de Sudamérica" por su importancia artística y arquitectónica, y que hoy deja ver claras muestras de empobrecimiento. Pero esto no debería extrañar a nadie, puesto que Ecuador es un lugar de contrastes, un rompecabezas en mil colores en el que se mezclan desde playas bordadas de palmeras, nieves eternas situadas en la mitad del mundo, fértiles colinas repletas de rosas, selvas indómitas e islas que parecen salidas de la prehistoria.
Quito es, después de Guayaquil, la segunda ciudad más poblada del país con algo más de 2,3 millón de habitantes (censo de 2010), y está situada en la cordillera de los Andes, a 2800 metros sobre el nivel del mar, en una meseta de 12.000 kilómetros cuadrados. La ciudad cuenta con el segundo centro histórico más grande de América (el primero está en La Habana, Cuba), y el más importante de Sudamérica, además de uno de los primeros en ser declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Por eso, si el trajín laboral permite un tiempo libre, en la ciudad valdrá la pena llegar hasta la loma de El Panecillo, donde descansa la estatua de la Virgen de Quito de gran belleza. Otra chance es tomar el Telefériqo (así se le dice; con q de Quito) que llega a Cruz Loma, a 4200 metros y con un muy singular ecosistema.
Monumento Equinoccial
Si se desea salir de su núcleo urbano hay, a unos 25 kilómetros al norte, una línea amarilla que juega a dividir al mundo. La marca corresponde a la línea del Ecuador, y permite a los visitantes una lúdica pose: pararse con un pie en cada hemisferio. Aunque divertida, la cuestión tiene sus fallas, puesto que se encontró un error en los resultados de la Misión Geodésica francesa de 1744, determinando que la latitud 0º, en realidad, debería pasar a unos metros de donde se encuentra señalada hoy.
Evidentemente era demasiado complicado mudar todo unos metros hacia el costado, así que los turistas continúan tomándose fotos frente al antiguo y mal ubicado Monumento Equinoccial que, por cierto, alberga un interesante museo en el que están representadas todas las etnias y culturas del país. Allí, en la llamada Ciudad Mitad del Mundo, la gente y el comercio fluye con lo genuino del territorio andino. z we










