“Don Chatarrín de los Tubitos Caros”. Javier Milei se refirió a él así, por primera vez, el 27 de enero, con un tuit. Le provocó desconcierto. Después, cada vez que el Presidente repitió el apodo burlón -a fines de febrero, de nuevo en X; en marzo, nada menos que durante su discurso en el Congreso-, Paolo Rocca lo sintió como un latigazo lacerante. Hiriente, humillante. Pese a que él, más allá de alguna carta que se hizo pública, buscó evitar la confrontación, desescalar el conflicto. Incluso, cuando Milei -ahora sí- lo vapuleó con nombre y apellido frente a empresarios e inversores en la Argentina Week realizada en la sede de JP Morgan, en Nueva York.
En cambio, Rocca -quien históricamente cultivó relaciones tan cercanas como tensas con muchos gobiernos, no sólo de la Argentina- mantuvo el silenzio stampa. En la CERAWeek de Houston -cumbre mundial de la industria energética que se realizó a fines de marzo-, un par de semanas después del último rugido del León, ni siquiera sugirió el tema. Un mes antes, durante la presentación de los resultados 2025 de Tenaris, apenas se refirió y fue para responder la pregunta puntual de un inversor. Casi, que minimizó la licitación perdida a manos de la india Welspun para proveer los caños del gasoducto para exportar GNL de Southern Energy: “Perdimos el tender porque tuvimos un precio más alto que otro postor. Cosas como esas pasan, obviamente”. Refirio que analizaba si ameritaba alguna presentación antidumping y -contra la confusión que habían provocado algunos voceros del Gobierno- recalcó el carácter privado de la licitación. No más que eso. Paolo Rocca, el industrial más poderoso e influyente de la Argentina, ya tenía (tiene) otras cosas en la cabeza.
Paolo Rocca nació el 14 de octubre de 1952 en Milán. Ese mismo año, Techint participó en su primera gran obra de infraestructura en la Argentina: el gasoducto Presidente Perón, de 1600 kilómetros entre Comodoro Rivadavia y Buenos Aires.
Su abuelo, Agostino, un industrial lombardo cuya familia tenía raíces navieras, había sido protagonista del aparato siderúrgico italiano durante el régimen de Benito Mussolini. Tras la Segunda Guerra, fundó el grupo cuyo nombre debe a la abreviatura para télex de “Compañía Técnica Internacional”. La fecha oficial del nacimiento es 15 de febrero de 1946, día de San Faustino. Por eso, la sociedad a través de la cual los Rocca canalizan hasta sus acciones en el holding -originalmente, radicada en Curazao; hoy, en Luxemburgo- se llama San Faustin.
Agostino tuvo gemelos: Roberto y Anna. Paolo es el menor de los tres hijos del varón. Su madre, Andreína Bassetti, también pertenecía a una dinastía industrial; en este caso, una que invirtió su apellido en una de las más históricas marcas lombardas de productos textiles para el hogar.
“Pablo” -como llaman los lugartenientes más estrechos al líder de Techint- recién pisó la Argentina, por primera vez, a los 25 años. Fue para participar del funeral de su abuelo, incluso hoy, recordado como uno de los eventos públicos más multitudinarios y emotivos de Campana, con cientos de obreros, operarios y vecinos acompañando -en respetuoso silencio- el cortejo.
Ese febrero de 1978 resultó histórico. “Ahí, entendí algo y dije: ‘Yo quiero construir a partir de lo que estoy viendo’”, contó el año pasado, cuando el Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF) le dio un premio.
Su hermano mayor, Agostino, había estudiado Administración de Empresas en la Universidad Luigi Bocconi, prestigiosa academia económica de Milán. Se especializó luego en Finanzas. El del medio, Gianfelice, se graduó en Física en la pública Universidad de Milán e hizo posgrados de management en Harvard. Paolo eligió Ciencias Políticas, también en la universidad estatal milanesa, en una época en la que el marxismo y la izquierda crítica eran las ideologías hegemónicas en esas aulas y buena parte de Italia, en especial, el norte industrial.
Su formación teórica en esa carrera moldeó muchas de las ideas económicas que Rocca pulió después, con décadas de práctica empresaria. También, le permitió entender mejor algunos fenómenos y amenazas, y le dio una visión del mundo y capacidades de análisis político y de articulación con el sector público inusuales entre los hombres de negocios.
Paolo también tuvo un paso por la escuela de Negocios de Harvard. Trabajó en Washington como asistente del director ejecutivo del Banco Mundial. Ingresó al holding familiar en 1985. Fue asistente del presidente de uno de los brazos del grupo, la Corporación Financiera Techint. Dos años después, volvió a la Argentina, el país que ya había elegido “para crecer y vivir”, como aseguró en esa premiación del IAEF: a fines de los ’70, luego de esa epifanía en Campana, se radicó en una estancia perdida en los ásperos rigores patagónicos de Chubut, donde se dedicó a la cría de ovejas.
“Decidí hacer de la Argentina mi hogar y construir desde acá la visión del grupo”, dijo él, sobre su vuelta al país, ya definitiva, en 1987. En ese sentido, su biografía tiene un punto de inflexión: 28 de abril de 2001. La muerte de su hermano Agostino, víctima de un accidente aéreo. Paolo, a la cabeza del negocio de tubos desde 1990, asumió la conducción del grupo, que en esa década se había expandido, fuerte, hacia la producción de aceros planos, sobre todo, con la privatización de Somisa, en 1992.
Al gigante nicoleño, rebautizado Siderar, Techint sumó cinco años más tarde la venezolana Sidor. Junto con la mexicana Hylsamex, comprada en 2005 por u$s 2200 millones, gestaron el embrión de Ternium, holding de acereras nacido ese año a imagen y semejanza de Tenaris, la firma que agrupó en 2001 a las productoras de tubos y que, en el cuarto de siglo siguiente, se expandió por el mundo con compras estratégicas por cerca de u$s 7000 millones.
Si, hasta entonces, Techint -cuya gestión Roberto, fallecido en 2023, ya había dejado a sus hijos a fines de los ’90- se había internacionalizado, fue bajo el liderazgo de Paolo -y de Tenaris- que el grupo se convirtió en el player global que es hoy. Un gigante con presencia industrial en más de 20 países, 89.000 empleados (18.000 en la Argentina) y más de u$s 33.000 millones de facturación el año pasado, entre sus negocios siderúrgicos, la energía (Tecpetrol), las ingeniería y construcción de grandes obras de infraestructuras. Actividades a las que, incipientemente, se suman el litio y las energías renovables.
“Mantengo mi legado con Italia. Tengo una hija que vive y trabaja allá; mi hermano también. Pero esta es mi base”, dijo, acerca de ese arraigo. Razón por la cual siempre procuró buscar un involucramiento con el destino del país, una intención por moldear su desarrollo, mucho mayor a la mera ocupación en sus propios negocios.
“Los valores de la emigración, la relación con la comunidad es importantísima para una compañía como la nuestra, que tienen actividades que dejan una huella”, explicó durante una charla con alumnos de la Facultad de Ingeniería de la UBA, también el año pasado.
Esa, dijo, es la causa de “la línea de defensa de nuestra cadena de valor, nuestro proveedor, nuestro cliente, la relación con las comunidades, la vocación de encarar racionalmente los problemas, de calcular lo que hacemos y equivocarnos o no; pero haciéndolo atrás de un plan, de una visión racional del tema”.
Con el kirchnerismo, pasó de una cooperación inicial a un enfrentamiento final. Sobre todo, después de, por la expropiación de las AFJP, durmió con el enemigo en los directorios de las filiales argentina de Ternium y Tenaris. Una de esas sillas fue para Axel Kicillof, entonces viceministro de Economía que proclamó que “habría que bajar el precio de la chapa y fundir al señor Rocca pero no lo vamos hacer”.
Rocca ya había interpretado como señal de alerta la estatización de YPF. En abril de 2012, días después del despojo a Repsol, comparó ser empresario en la Argentina con la novela “Alicia en el País de las Maravillas”.
“Uno va caminando. Cada tanto, ve que saltan unos conejos… ¡Y hay que evitar que la Reina de Corazones le corte la cabeza!”, despertó risas en La Mansión del Four Seasons, tras recibir un premio.
Volvió a hacer gala de ese humor corrosivo -que, dicen quienes lo tratan a diario, es parte de su personalidad- en diciembre de 2023.
En ProPymes -evento que Techint organiza todos los años para su cadena de proveedores-, despidió a Guillermo Francos, en ese momento, flamante Jefe de Gabinete, con quien había compartido el diálogo anual que Rocca tiene sobre ese estrado con el funcionario más relevante posible del gobierno de turno.
“El año pasado, para agradecerle que se tomó el tiempo para venirse, pedí un aplauso para Sergio: no me fue tan bien…”, sonrió y detonó aplausos en el auditorio del Centro de Exposiciones Buenos Aires (CEC). La ironía -obvia- fue por Massa, ministro de Economía en 2022, candidato derrotado en el balotaje presidencial del año siguiente.

“Veo la posibilidad de un reset de la Argentina, que abra el camino del desarrollo de las oportunidades que tiene el país”, dijo en esa ocasión sobre la esperanza que le despertaba la experiencia libertaria.
“Encuentro en todos los aspectos que menciona el presidente Milei una visión que debería ser positiva para el desarrollo del sector privado: limitar la intervención del Estado y recuperar espacio para la iniciativa privada”, ponderó. Agregó que “nuestra voluntad, la del sector privado”, es “comprometernos para que ese reset de la economía y de la sociedad tenga éxito porque nuestro éxito será el de este proyecto”.
En el Círculo Rojo, existió siempre un convencimiento del respaldo de Techint a Milei. Especulación basada en la cantidad de funcionarios de su gobierno surgidos de la prolífica cantera ejecutiva del grupo. El más relevante: Horacio Marín, quien se rodeó en YPF de gente proveniente de Tecpetrol y Techint Ingeniería y Construcción. Pero, también, Horacio Cordero, actual Secretario de Trabajo, y Miguel Ponte, histórico ex jefe de Recursos Humanos del holding, asesor de la cartera laboral cuya impronta se vio en la modernización legislativa que el Congreso aprobó este año.
Para Rocca, Milei tuvo un mandato popular proveniente de un “hartazgo con una situación absolutamente insostenible desde todos los puntos de vista de la sociedad civil, y de un deseo de cambio”. Fundamentalmente, por las “distorsiones acumuladas, por decisiones de cortísimo plazo”, en especial, durante el último año del mandato de Alberto Fernández. Aludió también a “degrado institucional” y graves problemas de inseguridad por la presencia del “crimen organizado” (sic) en zonas donde operan “muchas de nuestras pymes”.
Ya en ese momento, auguró un período “muy duro, muy difícil” que “requerirá mucho sacrificio, mucho esfuerzo, mucha capacidad de contención social”. Aun así, aseguró: “El cambio me da un optimismo terrible”.
Mantuvo esas palabras de apoyo al Gobierno en sus apariciones públicas de los meses siguientes. “Tenemos esperanza en el presidente Milei; tal vez, estemos frente al inicio de un nuevo ciclo para el país”, dijo en el escenario principal de la CERAWeek de ese año. No dudó en calificar al programa económico como “lo que la Argentina necesita, como la reducción del déficit fiscal y del gasto público, del 40% al 25%; y una liberalización del mercado”.
Pero, para la segunda mitad de ese año, ese entusiasmo se había apagado. “El nuevo gobierno lleva seis meses. La situación es muy difícil de poner bajo control”, advirtió. “La Argentina recuperará credibilidad para volver a los mercados pero tomará un poco más de tiempo. Fuimos todos, quizás, demasiado optimistas en creer que ocurriría rápido. Pero ocurrirá”, aclaró, en una declaración que los medios argentinos simplificaron en un título: “Fuimos demasiado optimistas con Milei”. Con el efecto que, para conocedores de la sensibilidad leonina, eso tuvo en la Casa Rosada.
Contribuyeron a ese disgusto presidencial sus declaraciones siguientes. A fines de octubre, Rocca fue orador destacado de la convención anual de Alacero, la asociación latinoamericana de productoras de acero, realizada en Buenos Aires. Se tomó la licencia de salirse de lo que tenía escrito en el papel y volvió a elogiar a Milei. “Está haciendo lo que dijo que iba a hacer”, reconoció. Pero, también, advirtió la necesidad de abrir el cepo, “un tipo de cambio que refleje la productividad de los factores y no flujos de capital de corto plazo” y “un compromiso con las actividades industriales” por parte del Gobierno.
Reclamar -y en público-, de parte de alguien que creían incondicional, es un pecado imperdonable para quienes conocen la psicología de Milei. Rocca -voluntaria o involuntariamente- volvió a caer en él dos meses más tarde.
“Es importante tener una interlocución dentro del Gobierno. Que nos escuche, quedé espacios de diálogo, para alinear los tiempos de la transformación y que le permita a toda nuestra cadena de valor se protagonista y no sentirse acorralada por una amenaza”, le dijo al Secretario coordinador de Producción, Pablo Lavigne, en el escenario de ProPymes.
A través del funcionario, le pidió al Gobierno “empatía” con “miles de empresas, trabajadores, familias”, a las que “no se las puede tratar con palabras despectivas, como una empresa de alto precio y elevada dependencia del Estado cuando, en realidad, han construido a lo largo de generaciones algo muy valioso”.
“Debemos entrar en este proceso de transformación de la Argentina queriendo ser protagonistas y no víctimas”, definió. Agregó que “en algún caso, llega a ser líder del mundo y, en otro, a tener una proyección importante”, como si hubiera dudas sobre a quién se refería.
“El grupo cree en esta transformación. La va a apoyar y, al mismo tiempo, va a hablar con el Gobierno. Siempre va a explicar dónde estamos y cuáles son nuestros problemas”, cerró ese pedido de diálogo, en el cual, dijo, es necesario que “podamos ser escuchados”.
La respuesta de la Casa Rosada fue materializar algo que el Ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, había adelantado dos meses antes: abrir, a partir del 1º de enero de 2025, la exportación de chatarra, insumo clave de la industria siderúrgica nacional y cuya venta al exterior estaba cerrada desde 2009.
La tensión se acumuló durante el año electoral. Estalló durante el período altamente inflamable entre la derrota bonaerense de septiembre y el atronador rugido libertario de octubre. Milei vio una mano negra, y de acero, en el calvario que vivió esos días. Llegó, incluso, a repostear en redes alguna publicación que acusó a Rocca de “jugar all in” para que el Gobierno terminara “post” elecciones de septiembre. Luego, la Casa Rosada acusó al grupo de presiones para que influyera en la licitación del gasoducto, deslizando que cerraría la planta de Siat en Valentín Alsina -con los consecuentes despidos- si Tenaris no ganaba la adjudicación. Techint desmiente todas esas teorías conspirativas. Después, pasó lo que pasó.
“Planificó esta transición durante los últimos tres años”. Fue la primera aclaración que hizo Gabriel Podskubka: 7 de mayo, su primer call como CEO global de Tenaris. Un día antes, la empresa había anunciado que Rocca dejaba el cargo que había ejercido desde el nacimiento del holding y durante más de 35 años, en la estructura interna del grupo Techint.
Voceros del grupo desvincularon la decisión a la pelea con Milei. De hecho, fue el último movimiento de una renovación generacional que hicieron todas las unidades de negocios del grupo en la última década. Hoy, al frente de todas, hay ejecutivos profesionales, forjados internamente. La cuarta generación de la familia, todavía, está en formación.
Rocca, de 73 años y dos hijos, sigue estando al frente del grupo Techint. Sin la carga del día a día de Tenaris, que implica recorrer el mundo viendo clientes e inversores, o para identificar y negociar potenciales activos de adquisición, cuentan en su entorno, dispone de más tiempo para enfocarse en otras pasiones.
Si hay empresarios a los que les interesa -cada vez más- el país, él tiene preocupaciones. Quienes lo conocen aseguran que las expuso más nítidamente en Brasil, durante la conferencia anual 2024 de la asociación siderúrgica de ese país, donde Techint es dueño de Usiminas, una de las mayores productoras de acero.
“El consumo de acero no crece porque nuestras economías crecen muy lentamente, en un modelo que privilegia los productos primarios y los sectores financieros y de servicios”, advirtió. Hace 15 años, precisó, el Mercosur era el 4,1% del PBI mundial; en 2023, el 3.
“En términos de PBI per cápita, crecimos menos del 10% en los últimos 15 años. Mientras tanto, los países desarrollados crecieron entre un 25% en los Estados Unidos y 15% en Europa. Los países en desarrollo en su conjunto crecieron mucho más: India y la China estuvieron cerca de duplicar su PBI per cápita en el mismo período”, avanzó.
Para Rocca, “esa es la imagen de un fracaso colectivo, que ha tenido consecuencias muy graves para la calidad institucional y la gobernabilidad de la región”. Advirtió que “seguirá haciéndolo si no somos capaces de revertir ese escenario”. En ese discurso, afirmó:
- “Durante muchos años, los gobiernos democráticos de la región aplicaron políticas económicas que, sistemáticamente, no lograron alcanzar la tasa de crecimiento y de diferenciación que requieren nuestras matrices productivas”.
- “El avance sistemático del peso del Estado, la reducción del espacio disponible para el sector privado, la alta y distorsionada presión impositiva, además de la multiplicación de subsidios en busca de estabilidad y gobernabilidad a corto plazo, son factores que, en su conjunto, crearon distorsiones sectoriales, desalentaron las inversiones y promovieron el avance de la informalidad en la economía, generando inseguridad para la sociedad en su conjunto”.
- “Estas políticas no han logrado el objetivo fundamental para nuestra sociedad: el crecimiento sustentable, el desarrollo económico y social, la creación de oportunidades para las personas y las empresas, y la defensa de los derechos básicos de la población”.
- “El estancamiento de la economía latinoamericanas deriva de la convicción de gobiernos de diferentes orientaciones políticas de que la gobernabilidad y el consenso se construyen ampliando el papel del Estado. Hoy, el impacto del Estado en el PBI de América latina ha superado al de los países desarrollados, aunque la calidad de los servicios que reciben las personas dista mucho de estar en línea con la de los países desarrollados”.
- “Las empresas privadas, sobreexpuestas a una carga impositiva sustancialmente mayor que la que soportan las empresas de los Estados Unidos, Europa o Japón, tienen que competir por recursos financieros con Estados que, en la mayoría de los casos, generan grandes pérdidas. Al mismo tiempo, deben asumir roles que, entre otros países, son eficientemente apoyados por sus Estados. La hipertrofia del Estado llevó a resultados adversos y el caos de impuestos distorsionados logró frenar la inversión y la iniciativa privada”.
En ese retroceso, la causa de los desvelos de Rocca tiene nombre: China. “Un gorila de 500 pounds que entra al salón”, definió alguna vez.
La considera una potencia industrial dominante “con ambiciones geopolíticas sustanciales, no sólo comerciales”.
“Tiene voluntad de expandir su capacidad productiva y su área de influencia comercial, política y militar. Eso contribuyó a la primarización de nuestras economías. Las inundó de productos importados y absorbió materias primas”. Algo que, asegura, sólo es posible gracias a que no es una democracia, sino que tiene “un gobierno autoritario, capaz de capturar recursos y el excedente de los aumentos de productividad de gran parte de su población”. Un régimen “con capacidad de asignar recursos con una extraordinaria eficiencia para lograr objetivos concretos”.
Por eso, la Argentina debe tener una inserción internacional “que aliente el posicionamiento de la cadena de valor hacia Occidente, con quienes compartimos valores, beneficios y nos sentimos en condiciones de competir”.
En tal sentido, si hace dos años pedía nivelar la cancha, ahora, “hay que contrarrestar fuertemente a China, como demostró Trump”, cuya lucha en ese aspecto considera “emblemática”.
Lo dijo así en diciembre último, durante ProPymes 2025. Con él, sobre el escenario, ya no hubo funcionarios. Sí Patricia Bullrich, en ese momento, flamante jefa de La Libertad Avanza en el Senado y uno de los políticos con los que tiene contactos.
En realidad, son muchos. Por caso, Mauricio Macri, con quien hubo alguna aspereza -ya limada- a raíz de la causa Cuadernos, en la que fueron imputados dos altos ejecutivos de Techint, uno de ellos, Luis Betnaza, histórico director de Relaciones Institucionales del grupo.
Rocca y Macri se vieron en abril. Viven a pocas cuadras, en Martínez, adonde el ex presidente se mudó hace poco y el industrial volvió, luego de anidar con frecuencia en un despojado refugio palermitano, donde algún vecino se sorprendió viéndolo salir al volante de un auto japonés de gama media.
La cumbre entre Macri y Rocca fue un encuentro como tantos otros que tienen periódicamente pero cuya difusión pública, en plena tensión con Milei, se atribuye a cierta sagacidad felina. En ese momento -en el que Rocca, además, compartió foto con Lula durante un evento de Techint agendado con meses de anticipación-, también trascendieron contactos con Bullrich y hasta con Maximiliano Pullaro, gobernador santafesino que esboza su proyección nacional.
“Habla con mucha gente”, minimizan en el entorno de Rocca. Hombre de intereses intelectuales diversos, suele compartir mesas con economistas, sociólogos, eminencias de otras áreas de las ciencias sociales e, incluso, algún periodista. Paradójico en la cabeza de un grupo empresario que, desde hace décadas, hace del incentivo a la formación en ingeniería y carreras técnicas un leitmotiv.
Aficionado al arte -es socio fundador de Fundación PROA con la curadora Adriana Rosenberg, su pareja desde hace años-, también es una suerte de mecenas de técnicos y pensadores. Tanto los que desfilan con frecuencia por la torre de Catalinas, como los que asisten -locales y del exterior- al seminario anual del Boletín Informativo Techint, cuya edición 2026 se realizará el 27 de este mes.
Pero, hombre de teoría, también lo es de práctica. Una vez a la semana, se lo ve en su oficina del complejo de Tenaris de Campana, donde “El Doctor” -como se lo identifica allí, con respeto- almuerza en el comedor, con los demás operarios. Siente un arraigo fuerte con esa localidad, donde descansan los restos de su abuelo y de su hermano. En cambio, los de sus padres -Andreína, su madre, falleció en noviembre de 2024, a los 99 años- reposan en Milán.
Así como encabeza todas las celebraciones y eventos sociales de la empresa, le gusta recorrer las instalaciones, viendo el funcionamiento de los fierros y pensando en qué innovación tecnológica sumar. “Hay que saber hacer las cosas para imaginar cómo se podrían hacer distinto. Hay que ver un horno eléctrico a 1600 grados y entender qué pasa ahí adentro. O ver un tubo que va a 4000 metros bajo el mar, en una planta de desalinización, que mueve 9000 litros por segundo. Hay que verlo. Hay que pensarlo. Hay que sentirlo. Y, recién ahí, uno empieza a razonar cómo las cosas se pueden hacer distintas”, compartió con emprendedores de Endeavor, un año atrás.
La Inteligencia Artificial es, hoy, una obsesión. Otra, una de sus pasiones de siempre: la educación. “Sin industria, no hay país. La transformación industrial es un componente esencial de un país, del progreso social, económico y educativo de una sociedad. En el corazón de eso, está la educación”, está convencido.
Ve que la Argentina sufre una “debilidad estructural, que afecta a la capacidad de crecimiento y transformación”. Lo comprobó. Por ejemplo, cuando la constructora del grupo hizo la planta de Pluspetrol en La Calera, Neuquén, entrevistó a 10.800 personas para quedarse con 3800 obreros. “Los candidatos fallan en preguntas simples como: ‘Si con dos litros de aceite puedo sostener cuatro motores, ¿cuántos litros de aceite necesito para sostener 10 motores?’”, se alertó.
Sobre todo, porque, para transformar un sistema industrial, se necesita un nivel educativo capaz de alimentar estructuras y tecnología de avanzada, IA y digitalización. “También los valores de la cultura industrial son esenciales en la educación: el mérito, la disciplina, una visión de mediano y largo plazo, la racionalidad en encarar los problemas y no la casualidad. Este es el fondo de la cultura industrial, distinto de la cultura artesanal”, es su credo.
En tal sentido, sigue en la búsqueda de su mesías. Aunque ya no necesariamente sea en las Fuerzas del Cielo. Cerca suyo, dicen que, después de diciembre de 2027, habrá que consolidar los avances pero no sólo como logros de una gestión, sino como la construcción de un consenso extendido en todo el sistema político y, fundamentalmente, entre la mayoría de los argentinos.
Hablan, en Techint, de una nueva etapa compleja, a la que habrá que interpretar. “Lo que viene es distinto. Implica coordinar múltiples dimensiones al mismo tiempo”, aseguran. Algo para lo que, sugieren, no serán tan necesarios el grito y la motosierra, sino el diálogo y un herramental más amplio.




