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La escena se repite. Puede ser en Argentina, en Brasil o en Tailandia. Cambian las costas, los idiomas y los paisajes. El comportamiento humano, no.

Lo que se vio en Mar del Plata no fue solo un fenómeno climático. Fue una reacción colectiva frente a una señal evidente: el agua avanzaba de manera inusual y, aun así, la mayoría eligió quedarse quieta.

Personas mirando. Algunas grabando. Otras comentando. Pocas actuando.

Eso no es ignorancia. Es inconsciencia.

La información está, pero no se convierte en decisión.

Cuando la señal es clara, pero no incómoda lo suficiente

El problema no es no ver el riesgo. El problema es subestimarlo mientras todavía parece manejable.

En la playa, el agua sube “un poco” y la prioridad pasa a ser grabar, no resguardarse. O incluso, cuidar más el celular antes que la propia vida.

En los negocios pasa algo muy parecido. Se cuida lo visible antes que lo esencial. La estética antes que la estructura. La comodidad antes que la viabilidad.

Se prioriza sostener la imagen de que “todo está bien”, como quien intenta sujetar la sombrilla con la mano mientras la ola ya lo está arrastrando.

En el negocio, esto se ve claro cuando se prioriza publicar contenido, en lugar de ocuparse de lo que de verdad importa: revisar los márgenes, ajustar la estrategia y cuidar la energía que sostiene el negocio.

Y esto no es la falta de información. Es la elección de convertir la señal de alerta en contenido, y no en una decisión que nos saque a tiempo de la zona de riesgo.

Sifu Shun, exitoso emprendedor chino en España: “Elijo emprender y dormir en la calle que trabajar para alguien”.
Sifu Shun, exitoso emprendedor chino en España: “Elijo emprender y dormir en la calle que trabajar para alguien”.

Pareciera que mientras el impacto no es extremo, la incomodidad se evita. Se prefiere la sensación de calma antes que la tensión que implica revisar, corregir o cerrar una etapa.

La incomodidad es necesaria

Ponerse en acción para hacer lo que nadie quiere hacer puede molestar. Pero es necesario. Sentarse a mirar los números sin excusas, aceptar que los márgenes ya no cierran, ajustar precios, recortar gastos, cerrar etapas que ya no son viables y asumir que la estrategia que funcionó ayer hoy necesita cambiar es lo que puede salvar tu negocio aun cuando todos los demás cierren.

Y acá aparece la confusión más común: creer que, porque los demás están tranquilos, no hay crisis.

La calma colectiva muchas veces no indica estabilidad, sino estancamiento. Esperar a ver qué hacen los demás no siempre es prudencia. Muchas veces es parálisis.

Seguir a la “manada” no es sinónimo de control. Por el contrario, muchas veces te puede poner en riesgo. Un riesgo que podrías estar dispuesto a asumir, pero que te expone a una situación que ni siquiera elegiste conscientemente.

Hacer lo que hacen todos puede resultar tranquilizador. Incluso motivante. Da sensación de pertenencia y de validación. Si nadie se mueve, parece lógico quedarse. Si todos siguen grabando, grabar también se siente seguro.

El problema es que la manada se equivoca.

Y ahí es donde la intuición cumple un rol clave. No como algo místico, sino como lectura fina del contexto: esa percepción interna que registra antes que el promedio que algo no está bien.

Dato mata relato

Frente a señales claras, ignorarlas no es estrategia.

Lo vimos en múltiples situaciones extremas: incendios, accidentes, tragedias recientes donde decenas de personas eligieron filmar antes que buscar una salida.

En los negocios, el costo no siempre es inmediato ni visible, pero existe. Se paga en rentabilidad, en desgaste, en oportunidades perdidas y en proyectos que se sostienen más por inercia que por su viabilidad.

Ponerse a salvo, en el mar o en un negocio, casi nunca implica hacer lo que hacen todos. Implica animarse a moverse antes, aun cuando alrededor “reine la calma.”

El crecimiento no se frena cuando el agua tapa todo. Se frena mucho antes, cuando la señal es clara pero todavía “tolerable”. Cuando se elige observar en lugar de intervenir.

Porque emprender no exige reaccionar solo frente al peligro evidente. Exige algo más incómodo: actuar cuando todavía parece que no hace falta.

Ahí es donde se separan quienes conducen su negocio de quienes solo esperan que aguante un poco más.