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Con un emotivo vuelo en formación sobre la costa de Uruguay y una ceremonia cargada de simbolismo en la Brigada Aérea Nº 2, en Santa Bernardina, la Fuerza Aérea Uruguaya (FAU) cerró el lunes un capítulo histórico: el retiro definitivo del Cessna A-37B Dragonfly, el avión de combate que durante casi cinco décadas fue el corazón del Escuadrón Aéreo Nº 2 (Caza).
En lugar del viejo Dragonfly, un nuevo guerrero toma el relevo: el Embraer A-29 Super Tucano, un turbohélice brasileño que ya es considerado uno de los aviones de ataque ligero más modernos y versátiles del mundo.
Un guerrero con casi 50 años en el aire
Los primeros Cessna A-37B Dragonfly llegaron a Uruguay el 31 de octubre de 1976, directamente desde las fábricas de Cessna Aircraft Company en Estados Unidos. Eran ocho unidades flamantes, diseñadas originalmente para misiones de ataque al suelo, reconocimiento y caza ligero, y rápidamente se convirtieron en el nervio de combate de la aviación militar uruguaya. Con los años, la flota se amplió hasta alcanzar doce unidades operativas.
Durante casi cinco décadas, el Dragonfly cumplió con creces su misión: patrullaje territorial, entrenamiento de tripulaciones y maniobras de defensa aérea. Era un avión de guerra de la Guerra Fría —nacido para enfrentar escenarios de otro tiempo— pero que supo adaptarse a las necesidades cambiantes de un país pequeño con un presupuesto de defensa austero.

Su conjunto motriz doble –dos turbinas General Electric J85-17A– le permitía alcanzar velocidades de hasta 770 kilómetros por hora, y sus ocho soportes subalares podían cargar bombas, cohetes o tanques de combustible adicionales, complementados por un cañón fijo de 7,62 mm en la nariz.
Pero el tiempo pasa factura. En los últimos años, los Dragonfly comenzaron a mostrar sus limitaciones de manera cada vez más evidente. Una de las situaciones más representativas ocurrió en 2022, cuando la FAU debió cancelar su participación en el Ejercicio Salitre, realizado en Chile, por problemas en los motores de la flota.
La despedida fue el 11 de mayo de 2026, en el marco del 75º aniversario del Escuadrón Aéreo Nº 2. Fue una jornada con vuelo especial: dos A-37B y dos Super Tucano sobrevolaron juntos la costa uruguaya, desde Rocha hasta Montevideo, antes de aterrizar en la Brigada Aérea Nº 1 en Carrasco. Desde allí, el comandante de la Fuerza Aérea, general Fernando Colina, subió a uno de los históricos Dragonfly para el tramo final hasta Durazno, donde las cuatro aeronaves aterrizaron ante la emoción de los presentes.
Con este retiro, Uruguay no solo cerró una página propia: era el último operador del A-37B en toda América del Sur.

Nuevo “tanque volador”: el Embraer A-29 Super Tucano
Si el Dragonfly fue un guerrero forjado en la Guerra Fría, el Super Tucano es una bestia del siglo XXI. Desarrollado por la empresa brasileña Embraer y conocido también como EMB-314, el A-29 es considerado el producto de defensa más exitoso en la historia de la compañía sudamericana. Hoy lo operan más de 22 países en todo el mundo, desde Brasil y Colombia hasta Afganistán, Nigeria y, recientemente, Portugal. Sus más de 60.000 horas de combate acumuladas, muchas de ellas en Afganistán, lo convierten en un avión probado en condiciones reales, no solo en ejercicios.
Uruguay adquirió en 2024 un lote inicial de seis unidades por un monto de 100 millones de dólares, con una opción de compra de cinco aeronaves adicionales incluida en el contrato. Los dos primeros ejemplares –con matrículas FAU 250 y FAU 251– llegaron al país en febrero de 2026, escoltados simbólicamente por dos Dragonfly en su último gran protagonismo. El total de seis unidades completará el reemplazo en el Escuadrón Aéreo Nº 2.

Cómo es el A-29B Super Tucano uruguayo
Los aviones adquiridos por Uruguay pertenecen a la generación más moderna de la familia Super Tucano, prácticamente al mismo nivel tecnológico que los A-29N recientemente adquiridos por Portugal, primer país europeo en operar el modelo.
Se trata de un biplaza turbohélice monomotor, equipado con un motor Pratt & Whitney Canada PT6A-68C de 1.600 caballos de fuerza que mueve una hélice Hartzell de cinco palas. Su velocidad máxima ronda los 590 km/h, y puede operar hasta un techo de servicio de 35.000 pies (unos 10.600 metros). El alcance máximo, con los tres tanques auxiliares de combustible instalados, supera las 1.550 millas náuticas.
La cabina es otro salto generacional tecnológico radical. Presurizada y blindada, cuenta con tres pantallas digitales multiuso, un presentador frontal con cámara de video en colores, sistema “anti-G” y capacidad HOTAS (Hands On Throttle And Stick), lo que permite al piloto operar los sistemas sin soltar los controles de vuelo. También incorpora data-link y compatibilidad con visores nocturnos (NVG), además del avanzado sistema ISR Wescam MX-15, una torreta electroóptica e infrarroja que amplía enormemente las capacidades de vigilancia e inteligencia.

En cuanto al armamento, el Super Tucano puede cargar hasta 1.500 kg en sus cinco puntos de anclaje: dos ametralladoras calibre .50 integradas en las alas, cohetes de 70 mm (Hydra 70 o SBAT-70), bombas guiadas por láser o GPS, y misiles aire-aire como el Python 3 o Python 4. También es compatible con el sistema de armas de precisión APKWS de BAE Systems, un kit de guiado láser para cohetes Hydra 70 que resulta especialmente eficaz –y económico– para neutralizar drones.
El concepto operativo de Embraer lo define como un sistema “3 en 1”: entrenamiento avanzado de pilotos, ataque ligero y reconocimiento armado. Esa versatilidad, combinada con costos de operación relativamente bajos frente a un avión a reacción, fue un argumento decisivo para Uruguay.
Un salto estratégico, no solo tecnológico
La incorporación del Super Tucano no es solo un cambio de avión: es una redefinición de la doctrina aérea uruguaya. Los nuevos aparatos reemplazarán al Dragonfly en el rol de caza ligero, pero también cubrirán el vacío dejado por los IA-58 Pucará –retirados en 2016– en las misiones de ataque a tierra y patrullaje.
El paquete de compra incluyó equipos de misión, servicios logísticos integrados y un simulador de vuelo, lo que garantiza continuidad operativa y formación de nuevos pilotos en tierra.





