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En el mundo del asado, se dice que el conocimiento se hereda. Todo asador sabe que hay que usar sal gruesa o frotar la parrilla con cebolla antes de empezar. Pero existe un truco mucho menos conocido que puede sacarte de un apuro en plena cocción: arrojar cáscaras de papa directamente sobre las brasas.

Lo que normalmente se descarta puede tener un papel determinante en la parrilla. Solo hay que saber cuándo usarlo.

Por qué funcionan las cáscaras de papa en las brasas

La combinación de humedad y almidón que tienen las cáscaras es lo que hace la diferencia. A diferencia de un papel o una ramita seca, no se consumen de golpe al caer sobre el fuego: se queman despacio, de manera controlada. Eso genera tres efectos concretos:

  • Sofocan las llamaradas que aparecen cuando cae grasa sobre las brasas.
  • Producen un humo más suave, menos invasivo que el de otros materiales.
  • Ayudan a emparejar la combustión sin provocar cambios bruscos de temperatura.
Un truco que puede salvar la parrillada del día.
Un truco que puede salvar la parrillada del día.

Por eso varios asadores las usan como recurso casero para mantener el fuego bajo control sin tener que apagarlo.

El momento exacto para usar las cáscaras de papa

Pero es clave saber que no sirve tirarlas en cualquier momento. El truco funciona cuando el asado ya está en marcha:

  • Las brasas están bien formadas
  • El calor de la parrilla es parejo
  • Empiezan a aparecer llamas por la grasa que cae

Ahí es cuando conviene arrojar unas pocas cáscaras sobre las brasas. Si se usan al principio, con el fuego todavía alto, se queman rápido y no hacen nada.

El problema que resuelven

Las llamaradas repentinas son uno de los dolores de cabeza más comunes al asar. Cuando la grasa cae sobre el carbón y prende, puede quemar la carne por fuera, darle un gusto amargo y arruinar lo que venía saliendo bien.

Las cáscaras funcionan como un amortiguador natural: bajan la intensidad del fuego sin enfriarlo del todo. Y como se consumen lentamente, el humo que generan es más tenue y no altera el sabor de la carne como podría pasar con otros materiales improvisados.

El otro punto a favor es el aprovechamiento: en vez de descartarlas, se pueden guardar antes del asado y tenerlas a mano por si hacen falta. No reemplazan una buena técnica ni corrigen un manejo descuidado del fuego, pero en el momento justo pueden ser la diferencia entre controlar una llamarada o dejar que arruine la cocción.