

La sal es uno de los condimentos de cocina más utilizados para realzar el sabor de una amplia variedad de platos. La agregamos a todo lo que comemos: carne, salsas, sopas, pastas, hasta la pastelería. Sin embargo, es sabido que el consumo de sal en exceso es perjudicial para la salud, ya que aumenta la presión arterial y contribuye a las enfermedades del corazón.
En ese sentido, el profesor de la Universidad de Stanford, Andrew Huberman, explicó que el consumo excesivo también podría traer efectos negativos para la función cerebral y el equilibrio de líquidos en el organismo.
El neurocientífico explicó que la ingesta de sodio juega un rol clave en las neuronas, ya que permite la comunicación celular y regula el volumen hídrico mediante mecanismos hormonales en el cerebro y los riñones.
“La sal cumple múltiples funciones muy importantes en el cerebro y el organismo. Por ejemplo, regula el equilibrio de los líquidos, cuánta cantidad de líquidos deseamos ingerir y cuánta cantidad excretamos”, detalló Huberman.
Por eso, el especialista sostuvo que tanto el exceso como la deficiencia de este mineral pueden provocar riesgos significativos, condicionados según factores como la dieta, la actividad física y la salud cardiovascular de cada individuo.

El rol de la sal como regulador clave de la sed y el equilibrio de líquidos
Para ilustrar cómo la sal regula la sed y los líquidos, el especialista describió el rol del “órgano vasculoso de la lámina terminal”, una zona cerebral que no tiene la barrera hematoencefálica típica.
Esta zona detecta variaciones en los niveles de sodio y en la presión arterial para activar señales de sed y así liberar hormonas que mantienen el equilibrio hídrico.
Según el neurocientífico, existen dos tipos de sed:
- la sed osmótica, generada por una alta concentración de sal en la sangre;
- y la sed hipovolémica, que surge ante una caída de la presión arterial.
Ambas llevan al cuerpo a buscar agua y sal. “El sodio y el agua trabajan juntos, ya sea para retener líquido en el cuerpo o para eliminarlo”, precisó Huberman.
También describió el papel de la vasopresina, la hormona antidiurética, que hace que los riñones retengan agua cuando el sodio es alto o faciliten su eliminación si el sodio es bajo.
Riesgos de la ingesta inadecuada y límites recomendados
La evidencia científica señala que una dieta crónicamente alta en sal perjudica diversos órganos. Si el sodio intracelular es excesivo, las células cerebrales pueden inflamarse y sufrir daños. No obstante, la deficiencia de este mineral también compromete el rendimiento neuronal.
Aunque la recomendación general para reducir riesgos cardiovasculares se sitúa en no superar los 2,3 gramos diarios de sal, Huberman enfatiza que no existe una norma universal.
Factores como la presión arterial baja o el ejercicio intenso pueden elevar estos requerimientos. En casos específicos de trastornos ortostáticos, y bajo estricta supervisión médica, las necesidades pueden alcanzar hasta los 10 gramos diarios.
El funcionamiento renal depende del equilibrio entre el sodio y el potasio. El especialista advierte que quienes siguen dietas bajas en carbohidratos tienden a perder estos electrolitos con mayor rapidez, lo que requiere ajustes personalizados. Asimismo, mencionó la importancia de evaluar la presencia de magnesio según el contexto dietético de cada persona.






