La guerra contra Irán está poniendo a prueba los cimientos del sistema del petrodólar, que desde 1974 ha sido la base de un pacto petróleo-por-seguridad entre Estados Unidos y los países del Golfo.
La creciente independencia energética de EE.UU. ya había reducido la importancia del país como comprador de petróleo del Golfo. Ahora, la decisión de la administración Trump de agitar el avispero en Medio Oriente dejó en claro que, lejos de ser un garante de seguridad, EE.UU. puede ser una fuente de inestabilidad y conflicto. El pacto empieza a verse inviable.
Estados Unidos tiene mucho que perder con su desaparición. A través del acuerdo —negociado por el ex secretario de Estado Henry Kissinger tras el colapso de Bretton Woods en 1971 y el shock petrolero de 1973—, Arabia Saudita vendía petróleo al mundo exclusivamente en dólares y canalizaba las ganancias hacia activos denominados en esa moneda. A cambio, Riad recibía armamento y garantías de seguridad de Washington.
El acuerdo fue un golpe diplomático. Trajo al reino árabe y, con el tiempo, a otros países del Golfo al círculo de aliados de Washington. Más importante aún, generó una enorme reserva de demanda de armamento estadounidense y activos en dólares, lo que mantuvo los costos de endeudamiento de EE.UU. más bajos de lo que habrían sido de otro modo y preservó el “privilegio exorbitante” de América en la era del dinero fiduciario.
“No es exagerado decir que el sistema del petrodólar fue el corazón del modelo económico de EE.UU.: financiando innovación y crecimiento a un costo de capital artificialmente bajo”, señala Kallum Pickering, economista jefe de Peel Hunt.
El acuerdo funcionó durante varias décadas. Pero incluso antes de que estallara la guerra con Irán, algunas de sus premisas ya habían empezado a debilitarse.
En los años 70, EE.UU. era, por lejos, el mayor comprador de petróleo crudo del mundo. Pero a comienzos de la década de 2010, la revolución del shale expandió dramáticamente la producción doméstica y la demanda de importaciones energéticas comenzó a caer. En 2017, China reemplazó a EE.UU. como principal importador de crudo. Y en 2020, EE.UU. se convirtió por primera vez en exportador neto de combustibles líquidos.
Con la política de “dominación energética” de la administración Trump, el repliegue de EE.UU. de los mercados energéticos internacionales está destinado a profundizarse. El presidente amplió el acceso a tierras federales y permisos de perforación para incentivar el desarrollo de yacimientos domésticos. Y tras la caída de Nicolás Maduro a comienzos de este año, las grandes petroleras estadounidenses están a punto de tomar el control de los recursos energéticos de Venezuela.
Las intenciones de Washington son claras: apunta a reducir aún más la dependencia energética de fuentes fuera de su control directo. Para los países del Golfo, esto significa que ya no pueden dar por sentada la demanda estadounidense.
La guerra también asestó un golpe a la pata de seguridad del acuerdo.
El paraguas defensivo de EE.UU. no alcanzó para proteger a sus aliados del Golfo de los ataques iraníes. Decenas de personas en la región perdieron la vida y la infraestructura civil crítica resultó dañada. Irán también atacó instalaciones de producción energética del Golfo con consecuencias estremecedoras: su ataque al hub de gas natural licuado (GNL) de Ras Laffan, en Qatar, eliminó casi un quinto de la capacidad gasífera del país, con daños que podrían extenderse hasta cinco años.

Pero más allá del fracaso de las capacidades defensivas de EE.UU., la guerra reveló un problema mucho más serio y estructural con el esquema del petrodólar en la era de Donald Trump.
La administración estadounidense, junto con Israel, fue la parte agresora en el conflicto. Actuó sin advertir a sus aliados regionales y sin considerar sus intereses. Mucho después de que termine la guerra, estos seguirán contando los daños. Y quizás peor que los costos directos de los ataques será el impacto sobre el modelo económico de la región. Los países del Golfo tenían ambiciosos planes para diversificarse más allá de las exportaciones energéticas y convertirse en prósperos centros de finanzas internacionales, comercio y tecnología. Con cada ataque, esas perspectivas se achican.
“Con los activos económicos centrales del Golfo bajo ataque permanente, es difícil imaginar que la credibilidad de los compromisos de seguridad de larga data de EE.UU. no se esté erosionando”, afirma Navin Girishankar, presidente del Departamento de Seguridad Económica y Tecnología del Center for Strategic and International Studies.
Un acuerdo de seguridad que depende de EE.UU. empieza a verse como un pasivo. Mallika Sachdeva, de Deutsche Bank, señala que los “países del Golfo podrían replantear su relación de seguridad con EE.UU. Podrían diversificar y localizar sus acuerdos de defensa —y redirigir sus cuantiosos ahorros en dólares a ese fin”.
Las economías de la región quizás no tienen el peso de Japón o China en el mercado de bonos del Tesoro estadounidense, pero siguen siendo significativas. A fines de enero, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos tenían en conjunto alrededor de u$s 250.000 millones en títulos de deuda estadounidense, según datos del Tesoro de EE.UU. Esta cifra excluye las tenencias de otros países del Golfo y las inversiones de la región en otros activos estadounidenses, que también están en riesgo de liquidación.
El sistema del petrodólar se fundó sobre la premisa de que EE.UU. compraría petróleo del Golfo a cambio de seguridad. Bajo Trump, EE.UU. importa menos y parece poco interesado en brindar seguridad a sus aliados. Es más: parece dispuesto a socavar la seguridad global en pos de sus intereses más estrechos.
El petrodólar está en serios problemas —y con él, el mecanismo de reciclaje de dólares que mantuvo bajos los costos de endeudamiento de EE.UU. durante los últimos 50 años. Otro pilar de la supremacía económica estadounidense se está desmoronando.
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