

Cada año, Europa descarta millones de prendas que recorren miles de kilómetros hasta terminar en el lugar más inesperado: el desierto de Atacama, en el norte de Chile. Allí, junto a la ciudad de Alto Hospicio, se acumula una montaña textil de más de 60.000 toneladas, tan grande que puede verse desde el espacio mediante imágenes satelitales.
El colosal vertedero expone con crudeza los impactos ambientales y sociales de la moda rápida sobre una de las zonas más vulnerables del planeta. La ONU ha llegado a calificar la situación de “emergencia ambiental y social para el planeta”.

Cómo llega la ropa europea hasta el desierto de Atacama
El circuito del descarte comienza en el puerto de Iquique, punto de entrada aduanero donde desembarcan masivos cargamentos textiles procedentes de Europa, Asia y América del Norte. La Unión Europea es el principal exportador de ropa desechada a escala global, con el 30 % del total, por delante del Reino Unido y Estados Unidos, según un informe de la ONU de 2024.
Esa ciudad forma parte de las zonas francas chilenas, donde las mercancías no tributan mientras están en tránsito. El mecanismo, pensado para dinamizar el comercio, funciona como una trampa: los importadores envían la ropa con la intención de revenderla en América Latina, pero cuando las prendas no encuentran comprador, nadie asume el coste de retirarlas y quedan abandonadas.
Según el Parlamento Europeo, cada uno de los casi 450 millones de habitantes de la UE compra 26 kilos de textiles al año y descarta 11.
Por qué la quema de ropa agrava la crisis ambiental
Una parte de esa ropa no se limita a acumularse: arde. Para gestionar el volumen, operadores informales entierran o queman las prendas, con consecuencias directas sobre el agua subterránea y el aire.
“Parece petróleo solidificado, pero en realidad son los restos de ropa que se ha fundido con el fuego”, describió Bastian Barria, cofundador de Desierto Vestido, sobre el suelo que queda tras los incendios.
La combustión de tejidos sintéticos, en su mayoría poliéster derivado del petróleo, libera compuestos tóxicos que se propagan hasta los barrios vecinos. Los residentes de Alto Hospicio se ven obligados a permanecer en casa con las ventanas cerradas durante los episodios de quema.
“Tenemos la sensación de que nuestra tierra ha sido sacrificada. Somos la basura del mundo y aún no hay conciencia para resolver este problema”, denunció el alcalde del municipio, Patricio Ferreira.
Qué ha resuelto la Justicia sobre el vertedero
El conflicto escaló hasta el Primer Tribunal Ambiental de Antofagasta, que falló responsabilizando al Estado chileno por omisión, al no prevenir ni fiscalizar la disposición ilegal de residuos textiles, y le ordenó implementar un plan de reparación ambiental con un horizonte de diez años.
La resolución fue apelada por el Consejo de Defensa del Estado ante la Corte Suprema, por lo que el fallo definitivo sigue pendiente.
Mientras las disputas judiciales continúan, por el puerto de Iquique ingresan cada año entre 120.000 y 180.000 toneladas de ropa usada, lo que convierte a Chile en el cuarto importador mundial de indumentaria de segunda mano y alimenta sin pausa el crecimiento del vertedero.
Los expertos recuerdan que la industria textil es una de las más contaminantes del planeta, y calculan que duplicar la vida útil de cada prenda reduciría un 44 % las emisiones de gases de efecto invernadero.




