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“Un impuesto lamentable”, “el más bruto de los impuestos”, “la consecuencia de Estados desesperados por dinero”, esas son algunas de las maneras en las que se denomina a uno de los instrumentos tributarios argentinos más criticados que, en la práctica, nadie puede eliminar.
Ingresos Brutos es, por definición, un impuesto de origen provincial que grava cada etapa de la producción y la comercialización de un producto y que tiene un efecto escalonado que, según los especialistas, le puede agregar hasta el 20% al precio final que llega a la góndola.
Sin embargo, se trata de la caja de recaudación más importante de las provincias, aquella que pueden definir sin intervención del poder federal. La eliminación de ganancias generaría un agujero fiscal inmensurable a los estados sub-nacionales.
“Dependiendo el caso, recauda entre el 60 y 80% de lo que perciben las provincias. Es una fuente gigante, que además te anticipan (la recaudación) y te hacen pagar más de lo que tenés que pagar”, explicó a El Cronista el tributarista Mariano Ghirardotti.
Pero, mientras que para los consumidores suele estar oculto en el precio que pagan, desde el punto de vista productivo su efecto es perceptible en las cuentas cotidianas.
Si una empresa facturó 100 y gastó 1000, está quebrada, pero debe ingresos brutos por esos 100 que facturó.
La distorsión oculta
Mientras que el Impuesto a las Ganancias gravan una renta neta, IIBB lo hace sobre la facturación y allí reside una diferencia radical.
“Una empresa factura $100 millones, paga 5 millones de IIBB. Pero supongamos que obtiene un margen neto del 5%. Su rentabilidad es, por lo tanto, de $5 millones. Esa ganancia se la lleva Ingresos Brutos, el efecto erosivo es tremendo”, señaló el tributarista Marcelo Rodríguez.
“Si su margen de ganancia neta era del 5%, Ingresos Brutos se le lleva el 100% de la rentabilidad, y encima sobre esa ganancia debe tributar Ganancias”, explicó Rodríguez.
Pero esa no es su única distorsión. A diferencia de otros tributos, IIBB puede acumularse a medida que un producto pasa de una empresa a otra hasta llegar al consumidor.
Y, según Rodríguez, dependiendo de la cadena y las alícuotas involucradas, su incidencia final puede rondar entre 15% y 20% del precio de venta.
Es el denominado efecto cascada o “piramidación”, una de las razones por las cuales existe un consenso bastante extendido entre especialistas sobre la necesidad de reducir el peso del impuesto.
El efecto cascada: un impuesto que se acumula
Un productor vende a otra empresa. Esa empresa procesa el bien y se lo vende a un distribuidor. El distribuidor se lo vende al comercio y finalmente el comercio al consumidor.
Ingresos Brutos puede aparecer sucesivamente en esas operaciones, incrementando imperceptiblemente el precio, “piramidándolo”.
“Al incorporarse a la economía, pega en todas las fases —producción, mayorista, minorista— acumulando costos. Cada eslabón le carga su margen sobre ese impuesto acumulado”, explica Ghirardotti.
Rodríguez calcula que, según las características de la cadena, la incidencia final de IIBB en el precio de venta puede ubicarse entre 15% y 20%, aun cuando la discriminación en el último ticket sea de 5%.
Por qué IIBB puede castigar más a una pyme
El tributarista Sebastián Domínguez agrega una consecuencia menos evidente del efecto cascada y es que puede generar una desventaja para empresas pequeñas frente a compañías capaces de integrar distintas etapas del negocio.
El especialista utiliza como ejemplo una cadena vinculada a los alimentos: “Antes compraba, estaba el productor de animales, que le vendía al frigorífico, que le vendía al supermercado y se vendría. Pagan tres etapas. Hoy el supermercado tiene fondos, compra vacas, lo faena en sus propios frigoríficos y lo vende, pagando una sola vez”.
Una gran compañía podría integrar verticalmente diferentes actividades: adquirir la producción, procesarla y comercializar el producto dentro de una misma estructura empresarial. Una pyme, en cambio, puede necesitar comprarle a un proveedor, contratar servicios de otra compañía, vender a un distribuidor y finalmente llegar al comercio.
Por eso, sostiene Domínguez, una estructura productiva fragmentada puede acumular más IIBB que otra donde diferentes etapas están integradas.
El especialista agrega una perspectiva histórica: mientras en los años 90 la alícuota general era cercana al 3%, actualmente en varias jurisdicciones puede alcanzar el 5% sobre las ventas.
El crédito tampoco queda afuera de IIBB
El impacto no se limita a los bienes que llegan al consumidor. Ghirardotti pone el foco particularmente en el sistema financiero, donde las alícuotas aplicadas sobre los intereses pueden incrementar el costo de los préstamos.
“Las tasas de Ingresos Brutos sobre los intereses bancarios son enormes y encarecen brutalmente el financiamiento”, sostiene.
En este caso, la consecuencia del impuesto aparece incorporada en el costo que enfrenta quien busca financiar consumo, capital de trabajo o una inversión.
“El préstamo en Argentina es caro, claro. Hay inflación, hay poco dinero prestable, hay incobrabilidad, pero sobre cada interés, las tasas de Ingresos Brutos son enormes. Solo pueden comprar los ricos o los herederos”, señaló el tributarista.
Si bajara Ingresos Brutos, ¿bajarían los precios?

Es justamente ahí donde desaparece el consenso entre los especialistas.
Ghirardotti considera que las condiciones actuales de mayor competencia y consumidores más reticentes a convalidar aumentos hacen probable que una reducción tributaria se traduzca en menores precios.
“Estamos en un momento en el que comenzó a pesar la eficiencia del empresario. La ineficiencia se pasaba a precios porque en la inflación todo pasaba. Hoy la gente no paga cualquier precio y las empresas compiten. Si le bajás un 1% o 2% a la empresa para que sea más competitiva, lo va a trasladar para bajar el precio. En este contexto, definitivamente sí”, afirma.
Rodríguez coincide en que, en condiciones normales, un impuesto indirecto tiende a “trasladarse hacia el consumidor final”.
“Pero, con una economía tan recesiva como la que tenemos, hoy este impuesto está pegando en la rentabilidad porque no lo pueden trasladar, el mercado no lo permite”, señaló.
Por lo tanto, una baja de IIBB podría producir distintas combinaciones, menores precios o recuperación de rentabilidad o ambas cosas.
Domínguez es todavía más cauteloso.
“No se puede asegurar que baje el precio final; depende de lo que el consumidor esté dispuesto a validar”, sostiene.
Como antecedentes recordó que, “en el gobierno de Eduardo Duhalde, se bajó el IVA del 21 al 19 por ciento para que bajen los precios y no bajaron. En el de Macri se eliminaron los impuestos a la canasta básica y no bajó”.
“Puede que quede en mayor rentabilidad para alguien de la cadena. Sin embargo, hay que eliminarlo, después es el consumidor el que valida los precios”, agregó.
Ingresos Brutos, desconocido para muchos y más odiado, pero no por todos
El impuesto es prácticamente desconocido para los consumidores que suelen poner su acento -con suerte- en el peso del IVA.
Mientras tanto, puede cobrarse aun cuando una empresa no obtenga ganancias, acumularse en diferentes etapas de una cadena, generar saldos a favor mediante regímenes de recaudación anticipada, encarecer el financiamiento y afectar de manera diferente a una pyme y a una compañía integrada.
Pero su eliminación no asegura que los precios bajen y los gobernadores sólo podrían tocarlos si se asegura financiamiento de otra manera.
Por eso, una alícuota que mirada aisladamente puede parecer de pocos puntos termina teniendo un efecto potencialmente mucho mayor cuando atraviesa toda la cadena.




