Aunque el último dato de actividad económica (EMAE) fue positivo, al mostrar un crecimiento de 4,4% en el segundo año de gestión de Javier Milei, las cifras oficiales del INDEC han confirmado el “ruido” que sobrevuela en los principales cordones industriales donde el nivel de retracción se asocia al rojo que marcó la pandemia.
Detrás del número general se observa un desequilibrio profundo: mientras la Agricultura voló con un crecimiento del 32,2% —impulsados por la cosecha de soja y trigo— y la Intermediación Financiera subió un 14,1%, las fábricas y los comercios cerraron en rojo.
En coincidencia con el panorama de crisis que describen los sectores productivos, la industria manufacturera cayó un 3,9% interanual y el comercio retrocedió un 1,3%. Juntos, ambos sectores le restaron casi un punto entero al crecimiento general del país.
Esta “economía de dos velocidades” es el escenario que lamentan las fábricas de Córdoba, Santa Fe y el conurbano bonaerense, donde el sonido de las máquinas empieza a ser reemplazado por silencio.

Es que, mientras los tableros financieros muestran una estabilidad envidiable, los dueños de las plantas enfrentan una realidad “caótica”.
Fabricar es cada vez más difícil y con la mayor competencia de bienes importados, apostar a la tasa en pesos, hacer carry trade, fue el refugio para no perder capital.
Sin embargo, este fenómeno que está dejando de ser una maniobra financiera para convertirse en una salida de emergencia para las pymes dio señales de enfriamiento en las últimas jornadas.
Apoyo con cautela
Desde la Cámara de Industriales Metalúrgicos y de Componentes de Córdoba (CIMCC) advierten que resulta “urgente” avanzar en modificaciones de la normativa tributaria que “asfixia e impide la sana competitividad de la producción nacional”.
Sin una reforma fiscal que reduzca costos, el riesgo es que el capital se quede atrapado en la especulación financiera en lugar de volcarse al crecimiento del trabajo.
Desde la Comisión Directiva de CIMCC celebran que el Gobierno nacional avance en reformas estructurales, como la reciente Ley de Modernización Laboral pero con cautela.
En Santa Fe, el diagnóstico de la Federación de Industriales (FISFE) alerta sobre una “grave crisis” que ya se traduce en números alarmantes: una caída de la actividad del 9,8% interanual en la provincia y la pérdida de casi 300 industrias y más de 7700 puestos de trabajo en menos de dos años.
Mariano Ferrazzini, titular de la entidad, confió a El Cronista que estas son cifras que “no se veían desde la pandemia”. Para el dirigente, el problema es una crisis que afecta tanto la demanda como la oferta. Hay una caída del poder adquisitivo que debilita el mercado interno para quienes fabrican consumo final, y una ola de importaciones de bienes finales que rompe las cadenas productivas locales.
El escenario de competitividad es, para muchos, insostenible. Argentina es hoy un país “muy barato para importar y muy caro para producir”. Un fabricante de bienes transables en el rubro de químicos y pinturas paga hoy el doble de salario en dólares a sus empleados que en Brasil, lo que dificulta la competencia, y “ni hablar” con la escala de China.
Esta distorsión ha llevado a que, en 2025, los pedidos de quiebra y concursos preventivos en los tribunales de Rosario crecieran un 150% respecto al año anterior. Incluso en polos que supieron tener desempleo cero, como Armstrong o Las Parejas, dan cuenta de esta realidad.
Carry trade forzado
En este contexto, el “carry trade” que ofreció una rentabilidad del 8% al 10% mensual a principios de año se volvió un competidor imbatible para la inversión real.
Según Ferrazzini, el vuelco a lo financiero no es una estrategia de reconversión, sino de “supervivencia”, dado que el 70% de los rubros industriales santafesinos están en declive.
La combinación de altas tasas de interés, que encarecen el financiamiento, y una apreciación cambiaria que abarata lo importado, genera una ecuación de alta complejidad que pone en riesgo la subsistencia del entramado local.

En la Provincia de Buenos Aires, la Unión Industrial (UIPBA) explicaron que la industria nacional demanda cada vez menos insumos porque produce menos, golpeada por la competencia desleal de países que hacen dumping y se benefician de la quita de aranceles.
Además del frente externo, la presión interna no da tregua: Ingresos Brutos actúa como un impuesto distorsivo que se multiplica en la cadena, sumado a las tasas municipales que, en promedio, obligan a cada empresa a pagar 7,4 tributos diferentes.
El clima que se respira no es solo de preocupación, sino de frustración. Los industriales se quejan de que el alivio fiscal ha beneficiado principalmente al sector agropecuario, mientras que gran parte del volumen de la exportación industrial todavía paga impuestos que, según dicen, “no le mueven el amperímetro a la recaudación”, pero sí a la competitividad de las plantas.
Un analista que recorre los pasillos de las centrales industriales dimensiona: “Las importaciones ganan una recuperación relevante, con sospechas de subfacturación que plantean las cámaras empresariales; la producción cae un 10% y la importación sube un 20%”.
Esta realidad empuja a los empresarios a una confesión incómoda sobre el uso de instrumentos financieros. “Hoy tenemos una tasa de interés real en dólares que te aniquila. Es altísima y es el origen de gran parte de los problemas".
Para una empresa, la financiación diaria para inversiones se vuelve un problema a estos valores. Con un tipo de cambio tan estable, el escenario se vuelve “tramposo”.

Aquí es donde el espíritu industrial choca con la necesidad: “Hacer carry trade no es parte de nuestro ADN, pero es una medida de subsistencia. Es mucho más tentador entrar al mercado financiero que apostar a la producción cuando no hay demanda. La trampa es que cuando el ciclo se termina, el riesgo es enorme. Si sacás una diferencia del 3% mensual en dólares, es un montón; es difícil decirle que no a eso”.
Sin embargo, el riesgo del descalce es la sombra que persigue a esta estrategia. Si el dólar salta de un día para el otro y la empresa está posicionada en pesos, la recuperación es casi imposible.
Es una maniobra que requiere saber exactamente cuándo salir, algo que no cualquier Pyme puede gestionar. Por eso, para la micropyme que llega con lo justo para pagar sueldos, el carry trade es “un lujo inalcanzable”.
Para el resto, termina siendo un “manotazo de ahogado” ante la falta de ventas; una salida transitoria, pero extremadamente compleja.
El riesgo final es la consolidación de una industria “financierizada” y, frente a esto que para cuando el consumo reaccione, los mercados locales ya hayan sido capturados por productos extranjeros y las fabricas demanteladas.






