Hay una regla no escrita en la política argentina reciente: los presidentes enfrentan su momento más crítico en el tercer año de gobierno. No es una casualidad ni una fatalidad mística. Es, más bien, el resultado de un mecanismo recurrente: el desfase entre el calendario electoral y la consistencia económica.

En los años impares, atravesados por elecciones legislativas, los oficialismos suelen priorizar el rendimiento electoral por sobre la estabilidad macroeconómica. Se postergan decisiones impopulares, se relajan anclas fiscales o cambiarias y se busca sostener el clima social. El problema no es esa decisión en sí misma, sino su consecuencia: el costo diferido. La factura llega meses después, ya sin elecciones en el horizonte, y suele impactar de lleno en el tercer año de gestión.

La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes. En 2013, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner optó por atrasar el tipo de cambio para amortiguar el desafío electoral en la provincia de Buenos Aires. La corrección que no se hizo entonces se materializó a comienzos de 2014, con una devaluación que deterioró rápidamente el clima de opinión pública.

Algo similar ocurrió con Mauricio Macri. Tras el triunfo legislativo de 2017, el gobierno de Cambiemos se sintió habilitado para avanzar con una agenda reformista ambiciosa. Sin embargo, en abril de 2018, el cierre del financiamiento externo obligó a recurrir al Fondo Monetario Internacional. A partir de ese momento, el capital político del oficialismo comenzó a erosionarse de manera sostenida.

Tras su victoria en las legislativas de 2017, el gobierno de Cambiemos avanzó con una agenda de reformas ambiciosas.
Tras su victoria en las legislativas de 2017, el gobierno de Cambiemos avanzó con una agenda de reformas ambiciosas.

El tercer caso es el de Alberto Fernández. En 2021, todavía bajo el impacto de la pandemia, el Frente de Todos evitó cualquier corrección fiscal relevante en plena contienda legislativa. Pero en 2022 la dinámica inflacionaria se aceleró y las tensiones internas se profundizaron, debilitando aún más una gestión que ya llegaba golpeada.

En todos estos casos, el patrón es similar: el ajuste se posterga para ganar elecciones, pero esa decisión termina sembrando las condiciones de una crisis política posterior. El tercer año no castiga a los gobiernos por ajustar, sino por haber diferido el momento del ajuste.

A comienzos de 2026, existía un consenso bastante extendido respecto a que Javier Milei podría romper esta lógica. A diferencia de sus antecesores, el gobierno libertario no había evitado el ajuste: lo había ejecutado de manera temprana y contundente. Con un programa de estabilización agresivo y un respaldo electoral reciente —la victoria de La Libertad Avanza en 2025—, el oficialismo parecía haber alineado, por primera vez en mucho tiempo, el timing económico con el político.

Sin embargo, la política argentina rara vez concede excepciones.

En los primeros meses de 2026, la inflación dejó de desacelerarse y comenzó a mostrar signos de reactivación. La actividad económica se resintió: el consumo cayó, el poder adquisitivo se deterioró y sectores intensivos en mano de obra, como la industria y la construcción, profundizaron su retracción. A este cuadro se sumaron escándalos de corrupción que impactaron de lleno en la agenda pública.

El resultado es visible en los indicadores de opinión pública. La aprobación presidencial, que rondaba el 49% en diciembre de 2025, descendió al 35% en apenas cuatro meses. Se trata de una caída significativa que ubica a Milei en una zona intermedia entre los niveles que registraban Macri y Alberto Fernández en el mismo tramo de sus mandatos. Ninguno de ellos logró la reelección.

Pero el caso Milei introduce una diferencia relevante. Si en los gobiernos anteriores la crisis del tercer año era el resultado de haber postergado el ajuste, en este caso parece ser la consecuencia de haberlo adelantado. Milei no evitó el costo político: lo reconfiguró en el tiempo.

Esto plantea una pregunta más profunda sobre la dinámica política argentina. Tal vez el problema no sea cuándo se ajusta, sino la capacidad de sostener políticamente sus efectos. Dicho de otro modo, ningún programa económico, por consistente que sea en términos técnicos, logra sobrevivir si pierde anclaje social antes de que sus resultados se vuelvan tangibles.

El futuro, como siempre, es incierto. El Gobierno cuenta con recursos y limitaciones para enfrentar el siempre temido tercer año de mandato. Entre los activos, el oficialismo dispone de expectativas financieras relativamente alineadas que se traducen en paz cambiaria: el dólar bajo es un activo electoral estratégico. Además, el tablero político le ofrece más luces que sombras. Por un lado, sigue hegemonizando el electorado no peronista. Por el otro, la oposición peronista se encuentra atravesada por su propia crisis, atrapada entre internas y la falta de un horizonte alternativo.

Las limitaciones son evidentes: la paciencia social que caracterizó los dos primeros años de gobierno frente al ajuste fiscal hoy se está agotando; el rebrote inflacionario y el desempleo debilitan el humor social; y los escándalos de corrupción lastiman las credenciales de una fuerza política que ascendió al poder con el mandato de terminar con los vicios y mañas de la política tradicional.

Nada está dicho. Hasta la temporada electoral del 2027 falta una eternidad. En la Argentina, los gobiernos no caen cuando ajustan. Caen cuando la sociedad deja de creer que ese esfuerzo tiene sentido. Y si hay algo que enseña la maldición del tercer año es precisamente eso: que el problema no es el ajuste en sí mismo, sino el momento en que se rompe el vínculo entre la política y la sociedad. El gran desafío de Milei es reconciliar la estabilidad económica con el bienestar social. El bienestar sin estabilidad es económicamente insostenible; la estabilidad sin bienestar es políticamente inviable.