Es tentador atribuir la mayor crisis diplomática de la historia entre Brasil y Argentina a la agresiva incontinencia verbal de Milei o a la ambición de Lula de convertirse en el cacique de América Latina. Las profundas diferencias personales entre los dos presidentes y sus considerables egos son un factor insoslayable. Pero detrás de ellos asoman razones mucho más profundas, que exceden tanto a Lula como a Milei y permiten entender el porqué de un distanciamiento cada vez mayor entre Brasil y Argentina.
Cuando hablamos, casi con romanticismo, de la relación bilateral, lo hacemos esencialmente con nostalgia. Los números son contundentes. La creación del Mercosur le dio un tremendo impulso al intercambio comercial: el comercio bilateral saltó de u$s 2.200 millones en 1990 a u$s 13.400 millones en 2000. En ese lapso, Brasil pasó de ser el destino del 12,3% de las exportaciones argentinas a recibir más del 26%.
Pero entonces comenzó un estancamiento con efectos desiguales. En la década siguiente, el comercio bilateral, que antes se había sextuplicado, apenas se duplicó y llegó a u$s 32.000 millones en 2010. Brasil perdió peso como destino de las exportaciones argentinas: pasó a concentrar el 21%. Pero ganó importancia como origen de las importaciones. De representar el 25% en 2000, pasó al 31,6% en 2010.
Los últimos datos disponibles muestran que hoy sigue siendo nuestro principal socio comercial, pero ya solo es mercado para el 14% de las exportaciones y origen del 24% de las importaciones. Desde la perspectiva brasileña, Argentina cayó del segundo al tercer lugar entre sus principales socios comerciales. A comienzos de siglo era destino del 11% de sus exportaciones. Hoy representa apenas el 5%. La misma caída se registró entre las importaciones.
Lo que cambió, fundamentalmente, fue la gran irrupción de China, que se convirtió en el principal socio comercial de Brasil. El año pasado, le vendió bienes por u$s 100.000 millones, equivalentes a casi el 30% de las exportaciones brasileñas.
La crisis del Mercosur
La evolución de la balanza comercial confirma que la relación se volvió cada vez más dispar. Un superávit de u$s 500 millones para Argentina en 2000 se convirtió ahora en un déficit de u$s 5.600 millones. El dato es notable porque el país cerró el año con un superávit comercial global de u$s 11.320 millones, a pesar del rojo con Brasil.
La primera conclusión, obvia, es que el diseño actual del Mercosur es un buen negocio para Brasil, que logró ampliar su mercado interno protegido, y uno cada vez peor para la Argentina, que compra caro lo que Chile, del otro lado de la cordillera, consigue mucho más barato. Al mismo tiempo, Argentina se ve obligada a competir en el mercado mundial con los sobrecostos derivados del corset al que la somete el bloque comercial.

El ejemplo más gráfico de estas distorsiones es la industria automotriz: Brasil encuentra en Argentina un mercado cautivo; los consumidores argentinos, autos más caros para proteger a la industria brasileña.
El desencuentro es también consecuencia de una diferencia creciente de poder relativo entre dos países que podían verse casi como iguales hace poco más de medio siglo, pero que hoy juegan en ligas completamente distintas. En 1960, la economía brasileña era apenas 25% mayor que la argentina. Hoy es tres veces y media más grande.
Argentina ni siquiera se encuentra entre las 20 mayores economías del mundo. Brasil pelea por ingresar entre las diez primeras y, según cómo se la mida, puede llegar a ocupar el octavo lugar. Son muchos números, pero de ellos se derivan intereses cada vez más contrapuestos. Y eso excede ya el terreno económico y comercial para ingresar de lleno en el campo de la geopolítica.
Estrategias globales enfrentadas
Brasil, que pelea por ocupar un lugar entre las grandes potencias del mundo, necesita encolumnar a toda Sudamérica detrás de su liderazgo para ganar músculo en esa mesa exclusiva. Por afinidades comerciales y convergencias estratégicas, tiene sentido integrarse cada vez más con China y el sur global, incluso al precio de confrontar con Estados Unidos.
Por eso los BRICS son un bloque visto con creciente interés desde Brasilia, que logró ubicar a Dilma Rousseff al frente de su banco de desarrollo. Como parte de esa jugada, Lula quería incorporar a Argentina al club. Para encolumnar a la región, necesitaba sumar al segundo país más importante.
¿Qué incentivos tiene Argentina para ingresar a un club en el que tendría que ser socia de Irán? La pregunta es todavía más fácil de responder en un contexto geopolítico en el que Estados Unidos decidió regresar al continente americano, que durante décadas había dejado de ser una prioridad, como parte de su estrategia de contención de China. Ser parte de los BRICS implica ponerse en contra de Washington, pero sin la espalda que tiene Brasil.

Al mismo tiempo, convertirse en un socio estratégico de Estados Unidos ofrece beneficios potenciales mucho más tangibles que seguir siendo ladero de Brasil. Sobre todo porque, con el gigante de la región alineado con China, Argentina puede cotizar mucho mejor su papel como principal interlocutor regional de Washington.
Milei, independientemente de sus formas y singularidades, es una respuesta a estos cambios estructurales. La señal más clara del desacople entre los vecinos es que, en simultáneo, Lula esté cerca de batir todos los récords con un cuarto mandato, convirtiéndose en el único sobreviviente de la izquierda en una región que gira hacia la derecha y hacia el norte.
Esta crisis diplomática pasará. Argentina y Brasil no dejarán de ser socios importantes y terminarán por restablecer sus relaciones. Pero difícilmente vuelva a existir una sinergia como la que los alineó entre 1990 y la primera década de los 2000. Ahora los separa algo mucho más profundo que los insultos de un presidente al otro.



