Hay una pregunta que subyace a todo proceso electoral, y que es el interrogante central que cada elector intenta responder con su voto: si quiere que quienes gobiernan sigan gobernando, o si quiere cambiarlos. Por eso podría decirse que es acertada la descripción que Javier Milei hace de su propio desafío reeleccionario, cuando afirma que compite contra sí mismo.
Todo gobierno que aspira a reelegir enfrenta primero a un adversario incómodo: su propia versión anterior, la que gobierna al momento de votar. Y si bien ese adversario es para el Presidente el propio Milei, conviene precisar que se trata de lo que su figura representa en la mente de los votantes a la luz de los resultados ofrecidos por su Gobierno. En definitiva, Milei compite contra la evaluación que la gente haga de lo que su gestión entregó.
Claro que no todos los votantes harán esa evaluación: muchos ya están definidos. La identidad política preorganiza la competencia, y buena parte del electorado ya tiene decidido su voto de antemano. Pero cuando esa base identitaria no alcanza para definir el resultado (como sucede en esta coyuntura), empieza a pesar la evaluación que los demás hacen de lo actuado. Y allí estamos ante un proceso electoral que se define por quienes deban hacer esa evaluación.
La evaluación de los resultados se hace siempre en base a la percepción del presente y del pasado: se puede estar mejor o peor en relación al comienzo. Pero depende también de cómo se la juzgue frente a las expectativas previas: se está mejor o peor de lo que se esperaba estar a esta altura. Y, finalmente, de las expectativas hacia adelante, de la creencia sobre si el rumbo es el correcto: si se cree que se estará mejor o peor en el futuro.

Más allá del análisis que cada votante haga de esas métricas, el gobierno enfrenta varios desafíos para que la evaluación resulte positiva y produzca el efecto deseado de que la gente se incline por la continuidad de Milei. Y esos desafíos tienen que ver con los múltiples sesgos que operan sobre los juicios de los votantes a la hora de definir su voto.
Uno de los sesgos más directos que opera sobre el juicio de los votantes es el llamado efecto “the grass is greener”: la idealización de la alternativa no elegida. Como suele pasar en el fútbol, el suplente que no juega -y que por lo tanto no acumula errores observables-, siempre parece mejor que el titular que juega mal. El titular, al jugar, genera un registro concreto de aciertos y fallos; el suplente permanece como una hipótesis sin refutar: su potencial se mantiene intacto porque nunca se pone a prueba.
Este sesgo favorece siempre a las oposiciones. Se conecta con la asimetría entre lo actual y lo potencial: evaluamos lo real (el titular, con sus defectos visibles) contra una versión idealizada de lo posible (el suplente, proyectado sin fricción). Opera aquí la lógica del razonamiento contrafáctico: es fácil imaginar el escenario alternativo “mejorado” porque la imaginación no incluye los costos que sí aparecen en la práctica.
También puede operar el sesgo de negatividad sobre el jugador titular: sus errores pesan más que sus aciertos, sobre todo cuando el equipo pierde o rinde por debajo de lo esperado. El suplente se vuelve el chivo de la solución porque no tiene errores en su hoja de servicio reciente. Aunque en este caso, si el suplente de Milei es el peronismo, ese jugador debe lidiar con el recuerdo reciente de su frustrada titularidad.
Hay otros sesgos que complican al incumbente cuando sus resultados no son concluyentes, cuando subsiste cierta frustración por una expectativa no cubierta. La ciencia política conoce bien la paradoja: el ejercicio del poder erosiona a quien lo ejerce, con independencia de sus méritos.
Un gobierno recibe expectativas fijadas en el terreno de lo posible (soluciones económicas, en este caso) y debe responder en el plano de lo real, donde toda decisión tiene un costo y todo logro recalibra la vara hacia arriba. Así, la brecha entre lo esperado y lo entregado tiende a leerse como fracaso, aunque el desempeño sea razonable. El que decide se desgasta; el que solo promete conserva su aura.
Ese desgaste tiene hoy el agravante de que Milei no abraza la idea de acompañar con formas más inteligentes su ejercicio del poder. Un problema que, para su propio interés electoral, ni siquiera entra en el orden ético (aunque lo es), sino en el estratégico. Como dice el viejo proverbio, el error más costoso no es el que se comete, sino el que se comete sin sospechar siquiera que es un error.

Ahora bien, no todos los sesgos son negativos para el oficialismo. Quizá el más importante lo aporta la teoría de las perspectivas de Daniel Kahneman: las personas emitimos juicios de valor tomando la experiencia inmediata anterior como parámetro de comparación del presente. Y aquí el oficialismo encuentra dos razones para el optimismo de cara a 2027.
Primero, Milei tuvo un punto de partida inconveniente en lo económico (mala herencia) pero conveniente en lo político, porque lo ayuda mucho en la comparación. Contra ese pasado (el del Frente de Todos), todo parece lucir: es ahí donde el oficialismo pone el foco, en ganar más por el espanto del pasado que por el encanto del presente.
Segundo, si la trayectoria hacia el momento de votar muestra una incrementalidad positiva, aun casi imperceptible, puede ayudar a construir la idea de “rumbo correcto”. Si hay un poco menos de inflación, un poco más de ingreso, más consumo, más crecimiento y menos pobreza, el juicio del electorado podría terminar siendo favorable.
Lo que sí queda claro es que, en un contexto de insatisfacción, toda elección se definirá más por el enojo. Y el enojo suele potenciar los sesgos negativos hacia los oficialismos. Por eso, la prioridad para Milei es mejorar los resultados y revertir ese clima si es que pretende que la pelea de Milei contra Milei termine siendo favorable a su continuidad y, a la vez, favorable al cambio demandado en 2023.








