Luego de dos años de recesión y tres de un régimen de alta inflación, el 2025 nos dejó un PIB que aumentó hasta superar su valor de 2022 mientras la suba de precios bajó y regresamos a un régimen de inflación moderada.

Si nos guiásemos sólo por esas dos variables, podríamos decir que volvimos a foja cero. Sin embargo, el camino que nos trajo hasta acá dejó secuelas, algunas más nuevas y otras ya de antaño. El gobierno tiene el desafío de resolverlas y seguir cumpliendo los objetivos que se propuso, pero ahora frente a un mundo más conflictivo e impredecible. La dificultad aumentó.

Los últimos datos para nuestra economía no son optimistas. Para comenzar, en febrero la recaudación volvió a caer, -9,7% respecto a un año atrás. En particular, cayó 3,4% el IVA-DGI, un buen indicador para medir el pulso del mercado interno.

Cuando analizamos la recaudación siempre hay que considerar cantidad de días hábiles, cambios normativos y adhesión a planes de pagos, entre otros. Sin embargo, la tendencia no acepta matices: desde agosto caen los recursos tributarios.

La inflación se mantiene en niveles similares, sin mostrar una baja significativa.
La inflación se mantiene en niveles similares, sin mostrar una baja significativa.

Al mismo tiempo, la inflación se mantiene estable pero no desacelera de forma marcada. Es más, el promedio del primer bimestre fue levemente superior al del 2025. Para ejemplificar, desde Analytica en febrero relevamos una suba de 2,7% en los precios de alimentos y bebidas en el Gran Buenos Aires, con la carne cerca del 5%.

El escenario de una demanda débil e inflación poco flexible a la baja se complejiza con la escalada en la conflictividad global. El ingreso de capitales desde el exterior era una puerta que debía intentar abrir el gobierno para revertir esa situación y hoy parece cerrarse más.

Es más difícil proyectar que las tasas de interés en el resto del mundo bajen en el corto plazo y al mismo tiempo volverá el “fly to quality”. Ese movimiento global hacia activos seguros presiona sobre las monedas emergentes y limita el margen de maniobra local, el Real brasilero sube 3% desde el viernes y el peso mexicano 2,7%.

El lado positivo podría ser el aumento en nuestras exportaciones de energía gracias a la suba del precio del petróleo, por caso el barril del Brent oscila los 80 dólares, una suba de 9,5% respecto al viernes. Pero de todas formas no compensa el impacto negativo en el mercado de crédito. Y pone presión en nuestros precios internos.

Las consecuencias de la guerra son malas para la inflación. Si el conflicto se prolonga, impactará sobre el precio de los combustibles al igual que en el de las tarifas de servicios públicos. En el segundo caso, es lógico que ante la caída en la recaudación el gobierno retome la reducción de los subsidios económicos luego de haberlos incrementado en el primer bimestre del año.

Por otro lado, el conflicto bélico marca un límite concreto al proceso de apreciación cambiaria que retomó el gobierno desde octubre y profundizó en febrero con una caída del 3,2% en el tipo de cambio real multilateral. Desde el lunes las monedas de la región se deprecian y el peso argentino sentirá también el impacto. Consecuencia del previamente mencionado, vuelo hacia la calidad.

La disyuntiva que atraviesa el equipo económico es evidente, soportar los costos a la espera de que el conflicto armado cese pronto o adaptar rápidamente el esquema ante el shock externo. La segunda opción es también la oportunidad de modificar el actual régimen macroeconómico pensando en potenciar el mercado interno.

Principalmente con un juego a dos bandas, ya que un tipo de cambio más alto habilita la posibilidad de contar con tasas de interés más bajas y contiene la demanda de dólares en un escenario de mayor incertidumbre. Lógicamente, el impacto también es poner más presión sobre los precios en el corto plazo. Como siempre, la clave está en definir dónde hay mayores costos y una secuencia eficiente de acción.

Las señales que emanan los indicadores en la producción tanto de bienes como de servicios son elocuentes, muy pocos sectores logran aumentar su producción bajo el actual diagrama de la política económica.

Un problema que también se encuentra dentro de los sectores a los que el gobierno apuntala como locomotoras de su modelo. Por caso, mientras el sector agropecuario atraviesa una gran campaña, la producción de maquinaria agrícola cae.

El contraste, como se observa en otros bienes, es el aumento de máquinas importadas. Es posible que bienes de capitales del exterior, por precio y/o tecnología permitan en algunos casos mejorar la productividad. Sin embargo, es una mala señal que proveedores locales dentro de los sectores ganadores como agro, minería e hidrocarburos estén quedando relegados. Así se avizora un problema para nuestras capacidades productivas y el nivel de empleo.

Este nuevo shock externo vuelve a poner en evidencia que el régimen macroeconómico aún es frágil. Pero quizás más importante sea la mirada estructural. Atravesamos un cambio de paradigma en las relaciones políticas y económicas entre países.

Si la consecuencia son conflictos más frecuentes y mayor volatilidad global, necesitamos herramientas que reduzcan el impacto sobre nuestro sistema económico. No se trata de vivir con lo nuestro, sino de potenciar las capacidades del sector privado y fortalecer la flexibilidad de nuestras instituciones para adaptarnos a un mundo más incierto.