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Durante gran parte de las últimas dos décadas, América Latina se ha encontrado atrapada en una doble trampa estructural.

Tras los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos redirigió su atención estratégica hacia Medio Oriente, relegando al hemisferio occidental a un segundo plano dentro de su agenda geopolítica.

Simultáneamente, una prolongada etapa de predominio político de izquierda en varios países de la región, consolidó Estados sobredimensionados, déficits fiscales persistentes, inflación crónica y una narrativa de confrontación con el capital privado.

El caso extremo fue Venezuela, cuyo colapso económico e institucional funcionó como advertencia regional.

El resultado de todo lo anterior fue previsible y trajo como consecuencias:

  • Crecimiento débil
  • Crisis económicas y políticas recurrentes
  • Alta inflación —con Argentina y Venezuela como ejemplos paradigmáticos
  • Una región que, pese a su abundancia de recursos naturales, perdió relevancia relativa en el escenario global.

Hoy ese ciclo comienza a revertirse, no por inercia, sino por el reacomodamiento geopolítico de Estados Unidos.

Como señaló Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, “el mundo cambió”, y en ese nuevo escenario América Latina vuelve al tablero internacional posicionándose como un jugador clave.

Bajo esta hipótesis se está configurando una convergencia poco frecuente de tres factores estructurales:

  1. Un giro geopolítico explícito de Estados Unidos hacia el hemisferio occidental
  2. Una nueva ola política liberal pro mercado
  3. El inicio de un súper ciclo de commodities, impulsado tanto por la debilidad del dólar como por la reorganización productiva y estratégica de Occidente

Al alinearse estos tres factores, no estamos frente a un rebote coyuntural, sino que nos encontramos ante un cambio de era.

Doctrina Monroe 2.0: “América para los americanos”

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca implicó mucho más que un cambio político interno. Supuso una redefinición explícita del interés estratégico de Estados Unidos en su propio hemisferio. La nueva doctrina —una suerte de Monroe 2.0— no es retórica ni nostalgia histórica: es la formalización de una prioridad geopolítica renovada.

En un mundo fragmentado, con competencia abierta con China y cadenas de suministro bajo revisión permanente, Washington necesita asegurar que los insumos críticos —energía, minerales, infraestructura— provengan de aliados confiables y previsibles. La seguridad económica pasó a ser parte de la seguridad nacional.

El mensaje es directo: América Latina no puede ser terreno abierto para la expansión estratégica china en infraestructura e industrias sensibles. No se trata de un capricho, se trata de un completo reseteo geopolítico. Y en esa lógica, la región recupera una relevancia que no tenía desde la Guerra Fría.

Venezuela: el símbolo del fin de una era

Dentro de este cambio de época hay un hecho que funciona como ícono regional: la caída del régimen chavista en Venezuela.

Durante más de dos décadas, el modelo bolivariano fue presentado como alternativa al capitalismo liberal. Terminó dejando hiperinflación, colapso productivo, migración masiva y deterioro institucional devenido en una sangrienta narco-dictadura. Su declive no es solamente la crisis de un país petrolero mal administrado; es el agotamiento simbólico de un ciclo ideológico que marcó a buena parte del continente.

Que Venezuela inicie un proceso de normalización institucional y reapertura energética tiene un doble impacto. Económico, por el peso de sus reservas de petróleo y cultural, al confirmar que el experimento estatista radical no logró sostener prosperidad ni estabilidad, sino todo lo contrario.

En términos regionales, la implosión del chavismo, funciona como señal de cierre de una etapa dejando un mensaje claro: Estados Unidos está dispuesto a alinear la región, ya sea mediante la fuerza —como quedó expuesto con la extracción de Maduro en enero de 2026— o mediante el comercio y respaldo financiero estratégico, como ocurrió con el acuerdo comercial y el swap otorgado a Argentina en el contexto preelectoral de 2025.

La debilidad del dólar y el nuevo súper-ciclo de commodities

A este giro geopolítico se suma un catalizador económico clave: la debilidad estructural del dólar.

Durante más de una década, la expansión monetaria y los déficits fiscales crecientes de Estados Unidos fueron absorbidos por el resto del mundo sin mayores consecuencias visibles. Hoy esa dinámica comienza a mostrar límites.

Históricamente, los ciclos de debilidad del dólar coinciden con ciclos alcistas de commodities. No es casualidad: cuando la moneda de referencia pierde valor, los activos reales tienden a apreciarse.

Esta vez el impulso no es únicamente monetario, sino que también es industrial y estratégico.

La transición energética, la carrera por la inteligencia artificial, el rearme global y el “nearshoring” (repatriación de cadenas de suministro) requieren cobre, litio, plata, hierro, energía y alimentos.

Chile y Perú explican cerca de un tercio de la producción mundial de cobre. Argentina, Bolivia y Chile concentran aproximadamente la mitad de los recursos globales de litio. Brasil es potencia en hierro. Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo del planeta y el agro argentino-brasileño son clave para la seguridad alimentaria.

Con todo esto, Latinoamérica no es reemplazable en el nuevo esquema productivo occidental.

Cambio político regional: orden y estabilización

En paralelo, el mapa político regional se está reconfigurando. Las últimas elecciones muestran una tendencia clara: los votantes están premiando orden, disciplina fiscal y políticas promercado. Ecuador, Bolivia, Paraguay, Chile, Argentina y El Salvador reflejan, con matices, esa tendencia.

Resta observar el resultado electoral en Brasil y Colombia este año, procesos que serán determinantes para consolidar —o redefinir— el rumbo de la región. A ello se suma el caso de Perú, que también celebrará elecciones tras la moción de censura que recientemente desplazó al presidente Jerí.

En Argentina, el giro fue particularmente profundo. Javier Milei instaló una agenda explícita y rigurosa de orden fiscal, desregulación y defensa de la libertad económica.

Argentina como test y faro

La llegada de Javier Milei al poder no fue simplemente un recambio de administración.

Fue un giro de 180 grados. Por primera vez en décadas, un presidente argentino asumió con un mandato popular explícito de reducir el tamaño del Estado, ordenar las cuentas públicas, bajar la inflación y reinstalar la libertad económica como eje cultural, no sólo económico.

No se trató de un ajuste silencioso, sino de uno de los recortes de gasto público más grandes de la historia en tiempos de paz.

El presidente Milei lidera una batalla cultural abierta en defensa de la propiedad privada, del equilibrio fiscal y del límite al Estado. Lo hizo con legitimidad democrática. Lejos de lo que marca el manual de Maquiavelo, tras semejante ajuste, Milei redobló su apoyo en las elecciones de medio término.

En un país históricamente asociado al desorden macroeconómico, el orden fiscal pasó a ser política de Estado y no es negociable.

Desde Washington, el acompañamiento fue explícito. Donald Trump se deshizo en elogios en reiteradas ocasiones para con el rumbo argentino y figuras clave como Marco Rubio y Scott Bessent subrayaron la importancia de contar con aliados que compartan los valores de la libertad económica y la defensa de la propiedad privada. En tal sentido, el respaldo financiero previo a las elecciones de medio término de 2025 no fue casual: fue estratégico.

El desafío está planteado. Si el proceso logra consolidar estabilidad y expansión, el país no sólo habrá corregido su propio rumbo, sino que se posicionará como referencia para América Latina y Occidente.

El impacto en los mercados

Los cambios geopolíticos y políticos no tardan en reflejarse en los precios.

América Latina ya muestra señales claras de revalorización. La región entra en 2026, con un combo difícil de ignorar: mejora en utilidades corporativas, compresión del riesgo político y valuaciones que todavía no capturan completamente el cambio estructural en marcha.

En renta variable, el impulso proviene del crecimiento de ganancias, no sólo de expansión de múltiplos. Bancos, energía y materiales —sectores centrales en la región— son precisamente los que más se benefician de un súper-ciclo de commodities.

En renta fija, el atractivo es doble: tasas reales positivas que funcionan como ancla cambiaria y potencial de compresión de spreads si se consolida el orden fiscal (Argentina, Bolivia, Ecuador).

El mercado cambiario es otra pieza clave. Las monedas latinoamericanas mostraron desempeño sólido, apoyadas en alto carry y sólidos fundamentals.

En un contexto de dólar más débil, la ecuación se potencia: activos reales más monedas con rendimientos reales positivos generan perfiles de retorno difíciles de replicar en economías desarrolladas.

Una prueba de esto es un factor silencioso pero determinante: los flujos. Desde el segundo semestre de 2025 se observa una aceleración en ingresos de capital hacia acciones y bonos de la región. No es un trade táctico de corto plazo. Es un reposicionamiento estratégico en un proceso gradual de desdolarización de portafolios globales.

Si 2025 fue el año de la recuperación, 2026 puede ser el año de la consolidación.

Conclusión

En resumen, el cambio de tendencia en los mercados latinoamericanos no responde a un entusiasmo pasajero, sino que empieza a apoyarse en tres fundamentos claves:

Primero, un cambio geopolítico explícito: Estados Unidos vuelve a considerar a la región como estratégica en energía, infraestructura y cadenas de suministro. Eso reduce el riesgo sistémico que históricamente pesó sobre los activos latinoamericanos.

Segundo, un súperciclo de commodities impulsado por la debilidad estructural del dólar y por la reorganización industrial de Occidente.

Tercero, un giro político en varios países hacia una mayor disciplina fiscal, menor intervención estatal y reglas previsibles

La combinación de estos tres factores cambia la ecuación de riesgo-retorno regional.

Si estos fundamentos se sostienen, América Latina dejará de ser un trade cíclico atado al precio de la soja o del petróleo y pasará a ser una pieza estructural dentro de la asignación global de capital.