Precios e inflación: condenados por ignorantes

Cada vez que el monstruo de la inflación asoma su cabeza, con mayor o menor fuerza, pareciera que se iniciara un concurso para determinar quién presenta el argumento más disparatado. En este sentido, dentro de los disparates más frecuentes encontramos argumentos en los cuales se acusa a los grupos concentrados, a los abusos en la cadena de valor y a la puja distributiva.
Respecto al argumento basado sobre el poder hegemónico de los grupos concentrados, el argumento en cuestión tiene de base un problema conceptual grave y es el hecho de que, si el monopolio fuera un problema, lo que ello implicaría es que el nivel de precios sería más elevado, pero ello nada tiene que ver con la tasa de inflación. De hecho, en la década del 90 estaban los mismos grupos y sin embargo la tasa de inflación era de las más bajas del mundo. Por otra parte, si se enfocara la cuestión del nivel de precios, en ese caso se debería ser muy cuidadoso al definirse monopolio, ya que si el mismo no surge de un artilugio legal y es el emergente de un competidor que se ha impuesto sobre los demás sirviendo a los consumidores con una mejor relación calidad-pecio, el empresario en cuestión sería un benefactor social.
Por otra parte, los argumentos basados en la determinación de los precios en función de lo que ocurre a lo largo de la cadena de valor, es un argumento que implica retroceder a la época de las cavernas en materia de análisis económico, donde se creía que eran los costos los que determinaban los precios (teoría objetiva del valor de los marxistas y keynesianos). Sin embargo, como fuera demostrado por Carl Menger en sus Principios de Economía Política de 1871, no son los costos los que determinan los precios sino que es justamente al revés (ley de imputación). Los consumidores fijan no sólo los precios de los bienes de consumo, sino también el de todos los factores de producción. Esto es, los consumidores establecen los ingresos de cuantos operan en el ámbito de la economía de mercado.
Menger separaba a los bienes en dos categorías. Por un lado, están los bienes de orden inferior (bienes de consumo), los cuales están vinculados a la satisfacción inmediata de las necesidades humanas, cuyo nivel de consumo determina nuestro bienestar. Por otro lado, están los bienes de orden superior (insumos), los cuales, si bien carecen de toda capacidad para satisfacer las necesidades humanas inmediatas, pueden hacerlo de modo indirecto interviniendo en la producción de bienes de orden inferior. A su vez, el valor de los bienes de orden inferior derivan su valor de la relación conjunta entre el valor que aportan para la satisfacción de necesidades humanas (preferencias) y la existencia física de dichos bienes (escasez). Por otra parte, las necesidades de bienes de orden superior, las mismas están determinadas por nuestras necesidades de bienes de orden inferior.
Por lo tanto, el valor de los bienes de orden superior viene explicado por el valor de los bienes de orden inferior a los que concurren en su producción. De nada valen los insumos que hacen a la producción del mejor de los vinos en un mundo de abstemios. Esto es, los precios no vienen explicados por los costos incorporados. Son los consumidores, y no los empresarios ni los sindicalistas (y mucho menos un político), quienes con sus preferencias en relación a la escasez determinan los precios y, en definitiva, pagan por cada insumo y a cada trabajador su salario. Por lo tanto, si uno quisiera determinar las causas de por qué suben todos los precios monetarios de la economía, las causas no están en los costos, sino en el continuo aumento de la emisión monetaria.
Finalmente, aparece el disparate de la puja distributiva. La idea es que cuando surge la puja por la distribución del ingreso, ello eleva los salarios y con ello los precios y en caso de no caer la demanda de dinero sería necesario una mayor emisión de dinero para evitar que el PIB nominal caiga. Sin embargo, esto no sólo viola la Ley de Imputación, sino que además, necesita de la convalidación monetaria para que el proceso de suba de precios se confirme.
En definitiva, como sostuviera Milton Friedman "la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario", donde la evidencia empírica de cerca de 5000 años avala la idea de que nunca se logró domar al monstruo de la inflación si no se dejó de emitir dinero. Por lo tanto, si uno quiere entender lo que pasa con la inflación hay que poner los ojos en el Banco Central y no en el sector privado.
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