Fines de agosto de 2012. Hacía apenas cuatro meses que el gobierno de Cristina Elisabet Fernández, viuda de Kirchner, había expropiado YPF y poco más de tres desde la asunción de Miguel Galuccio, ejecutivo estrella de Schlumberger que decidió dejar atrás décadas de carrera en esa empresa para volver de Londres a Buenos Aires y saldar una antigua deuda profesional y personal.

El flamante CEO de la petrolera nacionalizada cerraba el Council of Americas, cumbre empresaria que ya entonces era un must en el calendario anual de citas del Círculo Rojo. Esa mañana, en los salones del Alvear Palace, también desfiló una persona clave para el futuro que imaginaba el Mago, apodo que Galuccio mereció por su talento técnico en la recuperación de yacimientos maduros: Ali Moshiri, entonces jefe de Exploración y Producción en África y América latina de Chevron.

Estamos abiertos a un acuerdo estratégico con YPF. Esperamos trabajar con el Gobierno”, dijo el ejecutivo, al término de su presentación. Eran momentos en los que tratar con YPF era jugar a la mancha venenosa en el mundo energético: además de, todavía, muy fresca la herida para los españoles, la batalla legal con Repsol por el despojo seguía abierto y cualquier empresa que se acercara a hacer negocios con la petrolera argentina en ese momento no sólo quedaba bajo el escrutinio de la comunidad financiera internacional. También estaba expuesta a eventuales penalizaciones o castigos, incluso, más extremos.

Era una jugada de alto, altísimo, riesgo. Sin embargo, poco más de medio año después, en mayo de 2013, Moshiri y Galuccio compartían la foto en el piso 32 de la torre de YPF en Puerto Madero, tras la firma de un acuerdo, por u$s 1500 millones de inversión en un proyecto piloto. Ese convenio, en el que los beneficios que consiguió Chevron le valieron su nombre al decreto que los concedió, fue el primero de YPF para el desarrollo de Vaca Muerta. La piedra fundamental sobre la que se construyó la formación que, hoy, ya es una de las principales “máquinas de dólares” de la Argentina y que, más temprano que tarde, promete ser la principal.

En estas horas, Moshiri -que dejó Chevron en abril de 2017- volvió a ser noticia. Así como, hace más de una década, vio antes que nadie el potencial de Vaca Muerta, ahora, picó en punta para capitalizar la puerta que Venezuela abriría para la vuelta de las petroleras internacionales. Al frente de su propia empresa, Amos Global Energy, desde 2019, el iraní -ingeniero en petróleo que se radicó en los Estados Unidos en 1978, poco antes de la Revolución de los Ayatolas- develó al Financial Times que está buscando u$s 2000 millones para proyectos en ese país, tras la captura de Nicolás Maduro.

Según Moshiri, el derrocamiento del dictador y el llamado de Donald Trump a las empresas estadounidenses a invertir en el petróleo venezolano son “una oportunidad repentina” para los inversores.

Amos -acrónimo de su nombre y su apellido- quiere comprar entre 20.000 y 50.000 barriles diarios de producción de crudo y 500.000 barriles de reservas de la estatal PdVSA, con un horizonte de salida de cinco a siete años y una expectativa de retorno de inversión de 2,5x, según un memorando interno de la empresa fechado en diciembre, al que accedió FT.

En las últimas 24 horas, recibí una docena de llamadas de inversores potenciales. El interés en Venezuela pasó de cero a 99%”, describió al diario británico. Agregó que su firma -que, en realidad, se trata de un fondo de inversión focalizado en energía- está listo para lanzarse a captar capital y que su equipo, que monitoreó el proceso político venezolano, anticipó un desenlace como el del sábado.

Moshiri también conoce, y mucho, a la República Bolivariana y sus sinuosidades. Durante años, fue la mayor operación de Chevron bajo su responsabilidad en América latina. Él mismo fue clave en el diálogo con Hugo Chávez para evitar que la estadounidense huyera del país sudamericano, como lo hicieron muchas otras empresas que vieron sus activos deteriorados -o expropiados- por las políticas económicas del régimen. De hecho, Chevron permanece en Venezuela hasta el día de hoy. Incluso, pese a haber mudado recientemente su jefatura regional de Caracas a Buenos Aires por el contraste de presentes entre la ruinosa industria petrolera venezolana y la pujante y venturosa Vaca Muerta.

El iraní, que algunos años atrás buscó sumarse con su empresa al boom del shale argentino, de hecho, nunca le sacó el ojo a Venezuela. En 2022, se asoció con el fondo Grammercy para invertir en la zona marina del Golfo de Paria y, después, Amos negoció por activos de la china Sinopec. Dos deals que, dijo Moshiri a FT, fracasaron por la imposibilidad de obtener la licencia necesaria de la administración de Joe Biden.

Ahora, con la administración de Trump, que es más favorable al comercio y orientada a la economía, estamos comenzando un nuevo fondo y confiamos plenamente”, aseguró el “Padrino de Vaca Muerta”, como se lo bautizó en algunos ámbitos.

Si algo demostró Moshiri, es que él ve oportunidades donde, para otros, hay dudas. Sea una formación inexplorada, de un país en default, con un gobierno hostil a la inversión extranjera y para la cual debía asociarse con un paria, como lo era YPF a inicios de la década pasada. O ese océano de preguntas en el que se convirtió Venezuela. Una inversión de riesgo. Altísimo. Algo para lo cual Moshiri está fogueado como pocos. Audaz en una industria de audaces, él sabe lo que hace. Incluso, al costo de compartir una mesa con gobernantes de todo tipo, lugar, ideología y color.