La sustentabilidad dejó de ser una agenda exclusivamente ambiental para convertirse en una dimensión cada vez más integrada a la estrategia de negocios. En industrias como la vitivinícola, la alimenticia y la de bebidas, las empresas comenzaron a trabajar no solo sobre sus propias operaciones, sino también sobre los distintos eslabones que intervienen en la producción, desde la obtención de materias primas hasta el consumo y el reciclado.
El cambio implica una transformación de largo plazo y, en muchos casos, requiere inversiones, trazabilidad y coordinación entre actores que tienen diferentes capacidades y tiempos. En un panel sobre sustentabilidad y cadena de valor, representantes de Grupo Peñaflor, CCU y Nestlé coincidieron en que ninguna compañía puede avanzar por sí sola.
“Cuando hablamos de una cadena de valor sustentable hablamos de gestionar de manera responsable: desde cómo obtenemos las materias primas, cómo producimos, cómo diseñamos hasta cómo distribuimos”, explicó María Ayanz, jefa de Asuntos Corporativos y Sustentabilidad de CCU Argentina. Para la ejecutiva, la sustentabilidad debe estar integrada desde el inicio a la cadena de valor porque “ya no es meramente ambiental” y puede contribuir también a mejorar la competitividad.
En la misma línea, María Emilia Berardozzi, gerente de Sustentabilidad de T&M de Nestlé Argentina, Uruguay y Paraguay, señaló que en los últimos cinco años se produjo una transformación en la manera de abordar estos temas. “Muchas empresas trabajamos en la sustentabilidad, pero hubo una transformación en los últimos cinco años: empezamos a trabajar en toda la cadena de valor, ya con una mirada de triple impacto”, sostuvo.
Ese enfoque contempla no solo el impacto ambiental, sino también las dimensiones económica y social. Para Berardozzi, el desafío es doble: por un lado, ningún actor de la cadena puede alcanzar los objetivos de manera individual; por otro, muchas de las medidas requieren varios años para mostrar resultados.
“Necesitamos invertir y asignar recursos a largo plazo y dar seguimiento a esos proyectos”, remarcó.
El desafío de transformar una cadena completa
En el caso de la industria vitivinícola, la cuestión adquiere una dimensión particular por su dependencia de los recursos naturales y de las condiciones climáticas. Marcelo Belmonte, director de Viticultura & Enología de Grupo Peñaflor, destacó que la sustentabilidad en el sector comenzó a tomar mayor fuerza en la Argentina hace poco más de una década, aunque las compañías llevan alrededor de 20 años trabajando sobre estas cuestiones.
La disponibilidad de agua, el clima y las condiciones de producción son variables centrales para una actividad que exporta alrededor del 20% de su producción. “Es una actividad anclada en las condiciones climáticas que definen calidades y productividades”, señaló Belmonte.
La adaptación al cambio climático ya forma parte de las decisiones productivas. Grupo Peñaflor trabaja, entre otras variables, con viñedos en altura en Neuquén, nuevos sistemas de conducción, exploración de nuevas zonas y selección varietal.
“Buscamos la altitud como fuente de mitigación del calentamiento global”, explicó Belmonte, quien señaló que la compañía lleva dos décadas trabajando sobre este tipo de variables.
Pero el desafío no termina en el productor. Para Belmonte, la transformación requiere involucrar a todos los participantes de la cadena. “Trabajamos desde el productor primario hasta nuestros clientes. Hay que hacerlos parte de las toma de decisiones”, afirmó.
La perspectiva de largo plazo resulta especialmente relevante para una industria en la que las decisiones productivas pueden tener efectos durante décadas. A esto se suman cambios en los hábitos de consumo y en las nuevas generaciones, que están modificando la relación con el vino y con otras categorías de bebidas y alimentos.
“La industria está sufriendo cambios estructurales a nivel mundial. Estamos atravesando un momento de transformación profunda”, sostuvo Belmonte. Y planteó una condición adicional para que el proceso sea sostenible: “Tiene que también ser rentable económicamente”.
Productores, envases y recursos naturales
Para CCU, uno de los principales desafíos pasa por trabajar sobre los proveedores y las materias primas. La compañía produce cervezas como Heineken, Miller y Schneider a partir de cebada proveniente de productores locales, con el objetivo de asegurar calidad y trazabilidad.
Actualmente, el 38% de la malta utilizada por la compañía cuenta con certificación sustentable, mientras que la meta es llevar ese porcentaje al 50% para 2030.
Los envases también forman parte de la estrategia. Según Ayanz, las latas que utiliza actualmente la compañía contienen 78% de material reciclado, un indicador que muestra cómo la sustentabilidad comienza a atravesar distintas etapas de la cadena, más allá del proceso industrial.
El agua ocupa otro lugar central. “El agua es el producto esencial para elaborar nuestros productos. Si no cuidamos la fuente, nuestro negocio se deteriora”, explicó la ejecutiva. En esa línea, CCU cuenta con una reserva en Mendoza vinculada a Villavicencio, donde protege más de 60.000 hectáreas de biodiversidad.
En Nestlé, uno de los objetivos centrales es alcanzar cero emisiones netas de carbono para 2050. La compañía articula distintas iniciativas a lo largo de la cadena de valor bajo el concepto de “creación de valor compartido”, que busca que las políticas implementadas generen beneficios tanto para el negocio como para la sociedad.
Según Berardozzi, la empresa cuenta actualmente con más de 200 proyectos en la región vinculados con este objetivo. En materia energética, todas sus fábricas se abastecen con 100% de energía eléctrica renovable a través de un acuerdo con YPF Luz. La estrategia, explicó, consiste en identificar proyectos en diferentes etapas de la cadena de valor y lograr que esas iniciativas se complementen entre sí.
El consumidor también ocupa un lugar cada vez más importante. Nestlé cuenta con tres programas propios de reciclaje asociados a Nespresso, Dolce Gusto y Purina, mediante los cuales los consumidores pueden llevar los envases posconsumo a puntos de recolección para que sean recuperados y reincorporados a circuitos de economía circular.
La participación del consumidor es, sin embargo, otro de los desafíos para las compañías. En el caso del vino, Belmonte señaló que existe mayor reconocimiento de conceptos como el de los vinos orgánicos, mientras que todavía cuesta más comprender qué implica que un producto sea sustentable.
Por eso, consideró clave comunicar las medidas implementadas y el significado de las certificaciones. “Para hacer negocios a nivel global tenemos que tener determinados sellos y certificaciones”, sostuvo.
En particular, señaló que Grupo Peñaflor trabaja con las regulaciones del mercado europeo, uno de los más exigentes en materia de sustentabilidad y que demanda cada vez mayor cantidad de información a las empresas.
