

México lleva años confundiendo escolarización con educación. La diferencia es brutal. Escolarizar significa sentar niños en un salón; educar significa formar personas capaces de comprender, razonar, crear y competir en el siglo XXI. Y hoy, los datos muestran que el país está fracasando en ambos rubros.
La narrativa oficial insiste en hablar de “transformación”, “humanismo” y “justicia social”. Sin embargo, la realidad educativa bajo los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación cuenta otra historia: la cobertura cayó y el aprendizaje se desplomó. Durante casi un siglo, de 1921 a 2018, México mantuvo una tendencia promedio de crecimiento anual cercana al 16% en cobertura de primaria. Era imperfecto, lento y desigual, pero avanzaba. Esa tendencia se rompió.
Desde que gobierna MORENA, la cobertura educativa retrocedió en prácticamente todos los niveles. De acuerdo a datos oficiales, en preescolar cayó de 72% a 64%; en primaria pasó de cobertura prácticamente universal, cercana al 99%, a 94%; secundaria bajó de 97% a 93%; y el golpe más fuerte ocurrió en bachillerato, donde la cobertura descendió de 85% a 74%. Son cifras devastadoras porque representan millones de niñas, niños y jóvenes que simplemente desaparecieron del sistema educativo.
Pero el problema no termina en quienes abandonaron la escuela. También están quienes permanecen en ella sin aprender. Ahí aparece el dato más incómodo: en la prueba PISA 2022. México se ubicó en el lugar 35 de 37 países de la OCDE, con apenas 407 puntos promedio frente a 478 del promedio de la organización. En matemáticas, el golpe es todavía más brutal: México obtuvo 395 puntos contra 472 del promedio OCDE y dos de cada tres estudiantes no alcanzaron el nivel básico de competencia matemática.
Eso debería provocar una discusión nacional seria. Pero no ocurrió. Porque mientras el mundo debate inteligencia artificial, automatización, semiconductores, ciencia de datos y transición energética, México sigue atrapado en una visión ideologizada de la educación donde la exigencia académica parece convertirse en un pecado político.
La ideología asesina la mente de los niños cuando sustituye el conocimiento por propaganda. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando se relativiza el aprendizaje de matemáticas bajo el argumento de que son “difíciles”, “estresantes” o “elitistas”. Reducir, diluir o esconder las matemáticas detrás de proyectos ambiguos es condenar a una generación entera a competir desarmada en la economía del conocimiento.
Las matemáticas no son un lujo intelectual. Son el lenguaje de la ingeniería, de la inteligencia artificial, de la robótica, de las finanzas, de la logística, de la programación y de la manufactura avanzada. Ningún estudiante llega a una ingeniería seria sin aritmética sólida, álgebra, geometría y pensamiento lógico. Y aquí aparece otra contradicción brutal: las carreras mejor pagadas en México están precisamente vinculadas a tecnología e ingeniería. Según IMCO, tecnologías de la información ocupa el primer lugar salarial, mientras construcción e ingeniería civil, electrónica y automatización aparecen entre las mejores remuneradas. El país necesita ingenieros, científicos de datos y especialistas tecnológicos; pero el sistema educativo está debilitando la principal herramienta para formarlos.
El resultado será una sociedad partida en dos. Por un lado, estudiantes de escuelas privadas con inglés, internet, laboratorios, robótica, programación y acompañamiento académico. Por el otro, millones de alumnos de escuelas públicas atrapados en planteles deteriorados, sin conectividad y sin habilidades fundamentales. La brecha educativa ya no solo es económica; se está convirtiendo en una brecha cognitiva.
Los datos son indignantes. En educación básica, apenas 35.5% de las escuelas cuenta con conexión a internet y solo 38.6% tiene computadoras. La infraestructura adaptada para discapacidad apenas alcanza 21.3%. Todavía existen planteles sin agua suficiente, sin baños dignos y sin condiciones mínimas para aprender. Mientras algunos estudiantes trabajan con inteligencia artificial y programación, otros siguen estudiando entre techos dañados y pizarrones rotos.
Y entonces aparece otro dato demoledor. El Banco Mundial reveló que casi la mitad de las niñas y niños mexicanos termina la primaria sin comprensión lectora mínima. Es decir, pasaron años dentro del sistema educativo sin adquirir la herramienta básica para entender el mundo. Esa cifra desnuda la simulación nacional. México puede presumir libros gratuitos, ceremonias oficiales y discursos ideológicos; pero si un niño no comprende lo que lee, la escuela se convierte en escenografía.
La pobreza de aprendizaje es silenciosa. No rompe ventanas ni genera titulares diarios. Pero destruye futuros enteros. Un niño que no lee ni razona matemáticamente difícilmente accederá a empleos formales bien pagados, difícilmente innovará y difícilmente competirá en un entorno global. Lo que hoy parece un problema pedagógico mañana será un problema económico, laboral y de seguridad.
Por eso la solución no puede limitarse a cambiar planes de estudio o repartir becas. México necesita una verdadera escuela comunitaria con infraestructura: agua, luz, baños dignos, internet, bibliotecas, laboratorios, tutorías de matemáticas y lectura, atención socioemocional y espacios deportivos. La escuela debe volver a ser el centro de desarrollo de la comunidad.
Porque si México no reconstruye la escuela pública desde el aprendizaje y la infraestructura, especialmente en matemáticas y comprensión lectora, no está formando ciudadanos para la economía del conocimiento. Está empujando a millones de niños hacia la informalidad. Y una niñez condenada a la informalidad no es un accidente educativo: es una decisión política.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.






